Los textiles: Cuando la ciencia se aplica hilo por hilo a la conservación

El Aprendiz

Gema Pérez es una de las pioneras en Andalucía en la restauración de tejidos de las cofradías

Cada pieza requiere de un proceso distinto para detener su deterioro y garantizar su uso

El dorador: un saber enciclopédico para sacar luz y brillo

El aprendiz. Gema Pérez Morales, conservadora de textiles / Ismael Rubio, Diego J. Geniz

Hay artesanías cofradieras que tienen más de ciencia que de arte, pues exigen un meticuloso procedimiento. Especialmente cuando se trata de conservar piezas que cuentan con siglos de historia. Es lo que sucede con el mantenimiento de los textiles, de la que Gema Pérez Morales es una de las pioneras en Andalucía. No en vano, se trata de una especialidad en la que hace 25 años existían pocos expertos, pues dicha labor quedaba limitada a los talleres de bordados, sin que hubiera un conocimiento específico para tratar tejidos delicados en los que debe garantizarse su uso por mucho tiempo.

La sala de trabajo de Gema Pérez se asimila más a un laboratorio que a un taller. Sobre las mesas están extendidos, entre otros ajuares, el conjunto de dalmáticas y la capa pluvial que atesora la Virgen de Mar, patrona de Almería, compuesto por un valioso brocado; dos casullas de la parroquia de San Sebastián, en el Porvenir; un vestido del Niño de la Virgen de Gracia (patrona de Carmona), confeccionado con hojilla de plata; y las mallas bordadas del paso del Cristo de la Vera-Cruz, de Sevilla capital.

En su estudio predomina el blanco, visible hasta en la bata con la que se reviste cada día esta malagueña, que se vino en plena juventud a Sevilla a estudiar en la Facultad de Bellas Artes. Corría el año 1994 cuando cursaba Restauración y Conservación. "Entonces no había nada dedicado al mundo del textil", recuerda. La oportunidad de profundizar en tal especialidad le llegó mediante un contrato de prácticas en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH), donde conoció a sus "grandes maestras" en este saber. Allí la escogieron por contar con uno de los mejores expedientes de la institución académica. "Fueron nueve meses en los que pasaba 12 horas al día aprendiendo a base de aciertos y errores, haciendo y deshaciendo", explica.

Su pasión por los textiles no sólo le llega por la vía universitaria. En su familia también ha tenido dos referentes claros: su madre y su tía, costureras que realizaban todo tipo de labores relacionadas con la aguja y los tejidos.

Gema Pérez prepara los hilos de seda que empleará en la restauración de una antigua capa pluvial.
Gema Pérez prepara los hilos de seda que empleará en la restauración de una antigua capa pluvial. / Ismael Rubio

A partir de 2003 comenzó el despegue profesional. El hecho de que Gema Pérez fuera una de las pocas especialistas en este tipo de conservación en aquella época le abrió muchas puertas. Le llegaron encargos de la Catedral hispalense y de varios museos. Su nombre se consolidó en poco tiempo. Luego vendrían las hermandades, que en los últimos años se han concienciado de la importancia del mantenimiento de las piezas textiles.

Estos enseres, a la hora de ser tratados, requieren de procedimientos distintos según el tipo de soporte, aunque en general constan de fases similares. "Cualquier pieza que llegue debe documentarse fotográficamente, para que luego quede constancia de cómo se nos entregó y cómo la devolvemos". Una vez en el taller, se somete a un microaspirado para despojarla de ácaros, es el paso previo a la intervención que requieren. En esta fase se ejercen varias labores. Una es el análisis mediante cámaras microscópicas que, en el caso de los bordados, permite conocer el estado de los hilos y el efecto que han provocado sobre ellos trabajos anteriores, especialmente si estos fueron abrasivos. También aquí se eliminan los elementos metálicos adheridos (como alfileres) y zurcidos que provoquen tensiones en el conjunto.

Otra de las labores importantes antes de la restauración propiamente dicha es "rehidratar" el soporte si se comprueba que está seco, lo que puede dificultar el trabajo posterior. Para ello, se emplea, con sumo cuidado, un humidificador frío, que evitará que el tejido se quiebre al intervenirlo.

Cámara microscópica para analizar el estado de los bordados.
Cámara microscópica para analizar el estado de los bordados. / Ismael Rubio

La principal labor en la conservación textil es detener la erosión y garantizar que pueda seguir cumpliendo su función, es decir, que sea utilizable por mucho más tiempo. Por tal motivo, una vez seleccionado el tratamiento a aplicar, lo más habitual es que se empleen tejidos que sirvan para consolidar y fijar los soportes. Se trata, la mayoría de las veces, de sedas, tules o linos que deben teñirse para lograr una tonalidad idéntica al conjunto a restaurar. "Esos colores no se encuentran en el mercado, de ahí que haya que optar por este procedimiento", refiere Gema Pérez, quien prepara la mayoría de estos tintes.

A la hora de fijar los tejidos se usan hilos de seda que han de trenzarse y también teñirse para que su inserción quede lo más disimulada posible. "Muchas veces nos cuesta distinguirlo del soporte mientras lo cosemos". Si es para una pieza de museo, se emplearán de grosor fino. Si se trata de un enser para una procesión, el volumen es mayor para conferirle más resistencia. "Soy partidaria de que este patrimonio siga cumpliendo la función para la que fue creado", defiende la conservadora.

La conservadora supervisa el traje del Niño de la Virgen de Gracia.
La conservadora supervisa el traje del Niño de la Virgen de Gracia. / Ismael Rubio

En este oficio se cumplen a rajatabla los principios de conservación. Gema Pérez pone un ejemplo en una de las mallas del paso del Cristo de la Vera Cruz. En varias faltan hilos. Los que ha de reponer son distintos a los originales, pero no pueden desentonar con el conjunto. Los que se conserven quedarán como testigos. "Se trata de un criterio diferente al que siguen los talleres de bordado, que en casos así emplean un hilo idéntico al primitivo", incide. La experta, no obstante, asegura que los bordadores cada vez más requieren de sus servicios a la hora de tratar dichas piezas. Terminada esta fase, queda reparar el forro o colocar uno nuevo si se estima necesario.

La labor de conservación no acaba aquí. Continúa en la hermandad, donde Gema pone el dedo en la llaga. "El lugar donde se guarde una pieza textil ha de estar adaptado a ella y no al revés, para impedir que estos objetos sufran". Especial atención debe prestarse a los mantos de salida. "La mejor forma de mantenerlos es sobre un soporte de madera inclinado, pero si no hay espacio suficiente en las dependencias, se colocará el eje vertical sobre un tubo de PVC (aislados con guata y tejidos de algodón), del que colgarán las dos mitades, a partes iguales", abunda.

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