Calle Rioja

Abanicos para hacer la revolución o para minorías

  • El microclima más sutil y doméstico no pierde vigencia ni con la nueva tecnología.

EL nombre de Croacia viene de corbata. ¿A qué país daría nombre el abanico, el sistema de acondicionar el aire más delicado que ha inventado el hombre para gloria de la mujer, el más excelso microclima? Lo usan las aborígenes, lo buscan y reclaman las foráneas. En tiempos de poca paridad, casi ninguna -siete diputadas en el centenar largo de diputados autonómicos en la asamblea constituyente de junio de 1982-, José Rodríguez de la Borbolla hizo uso del abanico en la tórrida sesión plenaria del Alcázar que ratificaba el triunfo electoral de su amigo y correligionario Rafael Escuredo, poco dado a esos artilugios de la ventilación autosuficiente.

Planeta Agostini anuncia una colección de abanicos y a más de uno le parecerá una frivolidad. Todo lo contrario, cuenta con una densa bibliografía que en tiempos mereció el interés de féminas como Carmen Otero, Pilar del Río o Amparo Rubiales. La generación del 27 se dividía en dos grupos: los partidarios del abanico y sus detractores. Y, curiosamente, los que abanderan una y otra posición son los dos poetas nacidos en Sevilla, los dos que faltan en la histórica foto del Ateneo: Vicente Aleixandre y Luis Cernuda.

Un siglo largo después de sus respectivas infancias (uno nació en 1898, en 1902 el otro), Sevilla sigue siendo ciudad de abanicos. La prenda le da nombre a una tienda monográfica en la plaza de San Francisco. Dos establecimientos, Díaz y Dizal, separados por Bolsos Casal, los ofrecen de muy variados tipos en la calle Sierpes, junto al Círculo Mercantil. Es el objeto un semicírculo infantil cuyo ruido, cuando decenas de manos femeninas los mueven en misa de doce, es mucho más agradable que el de los aparatos de aire acondicionado. Más económicos los busca el turista en los vendedores ambulantes: surtido de ejemplares pintados a mano en la iglesia de San Lorenzo (tan útil como un breviario), o los que ofrece un vendedor africano en Tetuán esquina con Jovellanos.

"La revolución, abanico en la mano", se lee en un verso de Luis Cernuda correspondiente a su poema Duerme, muchacho incluido en su libro Un río, un amor. Imaginen Novecento, ese cuadro de Giuseppe Pellizza da Volpedo que inmortalizó la película de Bertolucci que remakean los figurantes de Sánchez Gordillo, pero esgrimiendo abanicos contra los abusos del terrateniente.

Frente al abanico como icono de la revolución, Aleixandre lo considera una prueba de refinamiento propia de poetas de minorías. En esos términos lo dijo en una fecha, 12 de diciembre de 1977, y una ciudad, Estocolmo, muy poco propicias para el uso del abanico, en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura. "¡Qué delicados y profundos poemas hizo Mallarmé a los abanicos!", le dijo al atónito auditorio escandinavo; una dedicación poética que contrasta con los poetas que se dirigen "a lo permanente del hombre. No a lo que refinadamente diferencia, sino a lo que esencialmente une".

En una tienda de Sierpes hay abaniqueros de distinto tamaño. Revolución o fruslería. Obra de arte o souvenir, como el que ofrecen algunas tiendas junto a sombreros de ala ancha, trajes de gitana, castañuelas y camisetas con mensajes de dudoso gusto.

Cernudianamente al día, Borbolla introdujo el uso del abanico como prenda masculina cuando llevó la presidencia de la Junta al palacio de Monsalves, calle ayer solitaria, a la que llegaban lejanos ecos del zoco artístico de la pinacoteca alternativa del Museo, en la plaza de los pintores.

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