Adela Cortina y Aurelio Arteta, premios Kent y Giner de los Ríos

El Cedis entregó en su segunda edición los galardones a dos referentes de la Ética y la Filosofía.

Adela Cortina y Aurelio Arteta, premios Kent y Giner de los Ríos
Francisco Correal

27 de noviembre 2015 - 07:06

A la altura de los patronos del premio. Aurelio Arteta (Sangüesa, Navarra, 1945) y Adela Cortina (Valencia, 1947) dieron sendas lecciones de ética, de "realismo moral" en palabras de quien enumeró sus méritos, Ramón Vargas-Machuca, cuando recogieron los premios Giner de los Ríos y Victoria Kent, respectivamente, que les entregó el Cedis (Centro de Estudios, Documentación e Información Social de Andalucía) en un acto que tuvo lugar en la Fundación Cajasol.

Dos personas habituadas a pasar "del intelecto a la acción", en palabras del presidente de la entidad, José Rodríguez de la Borbolla. No vinieron a recoger el premio y cubrir el expediente. Hasta en el protocolo de los méritos, de la gracia concedida por quienes los admiran y les reconocen, sacaron a relucir la fuerza de sus convicciones. Hicieron suya la frase de Giner de los Ríos que Vargas-Machuca recordó en la presentación: es mejor "dar en voz baja el alma entera" que la postura cómoda, acomodaticia, de pedir "una revolución, un gobierno, un hombre".

Les llaman a las cosas por su nombre. "Se lo decía a mis alumnos", dijo el catedrático de Filosofía Aurelio Arteta, "déjenme una provocación: yo no soy demócrata, no lo soy si serlo es repetir campanudamente obviedades, creerse demócrata por nacimiento y de toda la vida". Con la metáfora del viejo topo de Marx, Arteta nunca se resignó. En Navarra, su tierra, sintió los embates de la violencia terrorista y un elemento que él estudió. "Está el mal o daño cometido por los terroristas, el mal padecido por las víctimas, pero existe el mal consentido por buena parte de los ciudadanos comunes. Está el verdugo, la víctima y el espectador".

Adela Cortina, paisana y defensora del Tribunal de las Aguas de Valencia, tampoco nada en aguas a favor de corriente. "Echarle la culpa de lo que pasa a la Transición es una dejación de responsabilidades". Dice que no hay transición política sin una transición ética. Al viejo topo del Marx de Arteta le añade el "marxismo grouchista de que si no les gustan estos principios tengo otros". "La democracia no se conquista por asalto", dice esta catedrática y académica, "se conquista día a día".

En esa conquista hay que vencer la molicie de los tópicos. Logran dos objetivos, dice Arteta: "Nos ahorran el ejercicio de pensar por nosotros mismos; sirven para escondernos dentro de los demás, a ser de los nuestros...". Una lista de tópicos "que sería inacabable, algunos nada sospechosos: es una persona muy normal; no tengo madera de héroe; la política es para los políticos; todas las opiniones son respetables; es su cultura; somos mayoría y punto; condenamos la violencia venga de donde venga".

Ante un auditorio en el que se encontraban tres sobrinos-nietos de Victoria Kent (José María, Victoria, Francisco), Adela Cortina desdeñó la moral del dinosaurio, quien se aferra a unas convicciones hasta que las glaciaciones se las llevan; la del camaleón. "No convicciones sino convenciones es peligroso". Defiende el imperativo kantiano de que "el ser humano es un valor absoluto, un fin en sí mismo". Dos premiados de postín, dos tipos singulares "en una época" (Arteta), "que consagra a la persona normal, del montón, como modelo universal de conducta, con esa estupidez de que nadie es más que nadie".

Ética y política. Adela Cortina le ofrece a los políticos el cuadro de prioridades: el paro, el trabajo precario, los refugiados, la pobreza y dos esdrújulas superlativas, el Estado Islámico y el Cambio Climático. En este pregón de otoño, Arteta y Cortina, ni Groucho ni Harpo, porque no se callan, coincidieron en una palabra: Compasión.

En un tiempo "sin referentes" (Borbolla), Cortina y Arteta cogen el testigo del filósofo rondeño del que se ha cumplido el centenario de su nacimiento y la jurista malagueña que regresó del exilio para morir en Nueva York.

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