Enrique Cerdá Olmedo: la ciencia al desnudo
Obituario
Se ha ido un gigante de la ciencia, al que despedimos en la intimidad, como él quería, rodeado de familiares y amigos, académicos y discípulos, mientras nos acompañaba la serena melodía de un violonchelo cercano
Muere Enrique Cerdá Olmedo, "el genetista de Sevilla"
El 27 de diciembre, casi vencido el año, nos dejó Enrique Cerdá Olmedo, genético –como a él le gustaba llamarse, más que genetista– de prestigio y reconocimiento internacional. Ingeniero agrónomo y biólogo, fue pionero de la genética moderna, liderando la transición desde la genética clásica de los guisantes de Mendel a la genética molecular basada en la doble hélice del ADN de Watson y Crick. Recibió numerosas distinciones, como el Premio Jaime I, el Premio Nacional de Investigación, la Medalla de Andalucía, o el Premio Fama de la Universidad de Sevilla, entre otras.
A finales de los años sesenta, el profesor Manuel Losada Villasante lo reclutó para la aún incipiente Facultad de Biología de la universidad hispalense. Llegó cuando apenas daba sus primeros pasos como docente con impronta californiana y las formas aperturistas de la Universidad de Stanford, donde se había doctorado, y del afamado instituto CalTech, donde había trabajado con el premio Nobel Max Delbrück. Su claridad expositiva y verbo fluido se unían a la profundidad de su análisis y a la solidez de su argumentación, lo que le permitió revolucionar en poco tiempo los métodos docentes y los planes de estudio. Impulsó asimismo la investigación científica, dando origen a una amplia y reputada escuela de biología molecular que pronto se extendió por distintos puntos del país.
Además de disfrutar como alumno de las enseñanzas del profesor Cerdá en sus inicios, tuve la fortuna, muchos años después, de compartir con él –en su condición ya de profesor emérito– la docencia de una asignatura del grado en bioquímica cuyo objetivo era “integrar humana, intelectual y profesionalmente al futuro titulado en la sociedad”. Una de las actividades centrales consistía en la indagación y el debate sobre temas discutibles o conflictivos relativos a la incidencia social de la biología y la biotecnología. A diario, a primera hora, durante varios cursos, acudíamos a clase a debatir y razonar con los alumnos. Su agilidad mental desarmaba en segundos cualquier argumento contrario, por bien construido que estuviera. Podía no tener razón, pero siempre tenía razones, que exponía con voz potente y una lógica imbatible.
Con posicionamientos radicalmente contrarios a lo establecido –era negacionista del cambio climático antropogénico, enemigo de las vacunas de ARN, defensor del cultivo agrícola de organismos transgénicos, etc.– siempre tenía a disposición una explicación contundente, basada en datos experimentales contrastados, para sustentar y defender ideas propias. Su armazón intelectual y lógica crítica le hacían revelar la ciencia al desnudo, sin matizar por conveniencias diplomáticas del momento ni por enfoques conciliadores de moda.
Su carácter, en apariencia arrollador, no podía ocultar su innata timidez, ni tan siquiera su infinita bondad y generosidad, como bien pude comprobar cuando respondió a mi discurso de ingreso en la Real Academia Sevillana de Ciencias. Partidario de los abordajes interdisciplinares y contrario a la clásica compartimentalización cartesiana, defendía que “la ciencia debe organizarse alrededor de los problemas que se desee resolver y no de los instrumentos que vayan siendo necesarios”.
Creación y desarrollo de la Real Academia Sevillana de Ciencias
No le importaba declarar firme y públicamente su ateísmo, al que llegó en sus años de juventud tras devorar con denuedo innumerables libros de teología buscando incansable la existencia de Dios. Su firme convicción le llevó a cuestionar la célebre frase de Albert Einstein “Dios no juega a los dados”, afirmando que el Nobel se equivocaba: “la naturaleza juega a los dados continuamente”.
Entre sus grandes logros Cerdá se cuenta su contribución, como académico fundador, a la creación y desarrollo de la Real Academia Sevillana de Ciencias, cuyo cuadragésimo aniversario celebramos hace algunos meses en el Real Alcázar. La Academia es una institución joven, en comparación con otras, pero muy rica en capital humano, con un acervo impresionante de experiencia y de capacidad. Una riqueza al servicio del conocimiento, del progreso y de la sociedad sevillana, entre la que resaltaba la cultura enciclopédica del profesor Cerdá. Por iniciativa del profesor Losada, miembro del consejo editorial de Diario de Sevilla, formó parte del equipo de doce expertos –junto a muchos otros miembros de la Academia– responsables de la sección de ciencia y técnica del suplemento Cultura, que tuve el placer de coordinar en los primeros años de andadura del periódico.
Convencido de que el esfuerzo individual es la clave del progreso colectivo, le gustaba citar a Cervantes en el Quijote: "Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro". Al cumplir los ochenta, poco después de la pandemia, el profesor Cerdá decidió invitarnos en grupos pequeños a los más allegados. De esta forma, decía, podía charlar y disfrutar de la compañía de todos y cada uno de nosotros, lo que no sería posible en una celebración única y numerosa.
Se ha ido un gigante de la ciencia, al que despedimos en la intimidad, como él quería, rodeado de familiares y amigos, académicos y discípulos, mientras nos acompañaba la serena melodía de un violonchelo cercano.
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