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Simbólico. Ana Pastor, presidenta del Congreso de los Diputados, recibió el premio de la Fundación Alberto Jiménez-Becerril que en su quinta edición se entregó a la Constitución

Ana Pastor, entre Juan Espadas, alcalde de Sevilla, y Teresa Jiménez-Becerril, presidenta de la Fundación.
Ana Pastor, entre Juan Espadas, alcalde de Sevilla, y Teresa Jiménez-Becerril, presidenta de la Fundación. / José Ángel García

ALBERTO Jiménez-Becerril tenía 18 años cuando se aprobó la Constitución Española. La Fundación contra la Violencia y el Terrorismo que lleva el nombre del edil asesinado en Don Remondo junto a su esposa el 30 de enero de 1998 entregó ayer el premio en quinta edición a Ana Pastor, presidenta del Congreso.

Con la analogía de los goyas que mañana se entregan en Sevilla, la ex ministra y parlamentaria recibió el galardón en representación de los siete guionistas de la película más hermosa de la democracia española. Teresa Jiménez-Becerril, presidenta de la Fundación, hermana del concejal, quiso personalizarlo en uno de los ponentes que redactaron el texto: Gabriel Cisneros, que murió por las secuelas de un atentado de la banda terrorista ETA. “A su autor algunos lo consideran un héroe y se hacen selfies con él”, se lamenta Teresa.

El acto se celebró en el mismo Salón Colón donde hace 21 años se instaló la capilla ardiente con los cadáveres del matrimonio. Ana Pastor entró del brazo de Teresa Barrio, madre de Alberto y suegra de Ascensión. Las primeras palabras de Teresa fueron para su madre, “el pilar de nuestra familia, le doy las gracias por no haberse derrumbado, algo natural cuando te matan a un hijo”.

Al final del acto, la madre de Alberto bromeaba con Ana Pastor al recordar algunos comentarios que situaban a Alberto Jiménez-Becerril en la política nacional. “Le preguntaban si quería ser diputado y él decía que no, que presidente”. Caras nuevas de la nueva política: la presidenta del Parlamento Andaluz, Marta Bosquet; el portavoz de Vox, Francisco Serrano; y la nueva consejera de Cultura, Patricia del Pozo. El asesinato de Alberto y Ascen coincidió con la entrega de los Goya de 1998. El entonces presidente de la Academia, José Luis Borau, mostró sus manos blancas para expresar la indignación del mundo del cine contra la violencia terrorista.

La consejera de Cultura irá mañana a la gala de los Goya. El documental que se proyectó en el hotel Colón no era una ficción. Sobre una calle mojada, la voz de Teresa Jiménez-Becerril: “... de un cielo que lloraba, de unas risas con amigos y un ramo de claveles; dos sombras ebrias de odio y locura hirieron de muerte a Sevilla en la madrugada”. “Esa noche”, dijo el alcalde, Juan Espadas, “se rompieron muchos corazones pero nació un espíritu de lucha contra el terrorismo”.

Murieron por la Constitución; murieron por una bandera, que la hermana de Alberto desplegó en el atril, “la misma con la que cubrieron el féretro de mi hermano”. Alberto entró en política sin tener la mayoría de edad, vivió tiempos “muy difíciles pero apasionantes” y fue un servidor público garante de los derechos y las libertades. “La unidad de España y la libertad son líneas rojas que marcó la Constitución”, dijo Teresa, “líneas rojas que ETA intentó traspasar y algunos tuvimos que pagar un precio muy caro. Las víctimas de ETA somos todos los españoles porque lo que querían era destruir España”.

La presidenta del Congreso representa la soberanía nacional. “En esta historia claro que hay vencedores y vencidos, la democracia ganó y ETA y su dictadura del miedo han sido derrotadas”, dijo Ana Pastor. Citó a Camus: “Toda generosidad hacia el futuro exige darlo todo en el presente”. Estuvieron Soledad Becerril, alcaldesa de Sevilla cuando asesinaron a la pareja, y Joaquín Vidal, de la Asociación Andaluza de Víctimas del Terrorismo, superviviente del atentado de ETA en la cárcel de Ranilla en junio de 1991. Ana Pastor vio los bustos de Alberto y Ascen, obra de Miguel García Delgado, autor de la estatua inédita de Luis Cernuda. No cabe mejor abrigo poético para mantener viva la llama contra los estragos del olvido y la incuria.

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