Ecosistema con jungla y desierto

Calle Rioja

Inhóspita. La Avenida de la Constitución no resolvió la convivencia de los diversos medios de transporte, en detrimento de un peatón cuyo espacio se ha reducido.

Veladores, ciclistas, peatones y el tranvía en la confluencia de la Avenida con García de Vinuesa.
Francisco Correal

10 de agosto 2012 - 05:03

UN día, la Avenida de la Constitución se estudiará en los manuales de Geografía y Antropología. Es un ecosistema único en el que se combinan, en función de la presencia o ausencia de sol, el desierto y la jungla. Ni una sombra en lontananza cuando Lorenzo, hoy rey del santoral, impone su hegemonía; un caos de tráfico y transeúntes cuando llega el crepúsculo, la hora de tomar la calle.

La Avenida de la Constitución consagra la libertad. La libertad de elegir de qué manera quiere uno ser atropellado: por el tranvía, por la bicicleta, incluidos los que practican el caballito, por el patín, por las comandas de los camareros que atienden los veladores, por los coches de caballos, por el tropel de turistas, por las gitanas que leen la buenaventura. La calle que circunda uno de los lugares más hermosos del planeta, objeto de protección por parte de la Unesco, se ha convertido en una vía inhóspita.

La cola para entrar en la Catedral se enreda en un lateral del Archivo de Indias. El tranvía de las 12:55 que viene de San Bernardo espera en la antigua Lonja a que llegue el procedente de la Plaza Nueva. El carril-bici es también válido para peatones, una convivencia complicada por la ambigua señalización. Por él viene en la bicicleta de abonados el periodista Alfredo Valenzuela. "Hacer una oda a la gasolina y al motor diésel en plan Marinetti".

Joaquín Moeckel habla por el móvil y esquiva a un ciclista a la altura de Caja Duero en el centenario de Campos de Castilla. Tres japonesas caminan por el andén del Metrocentro pertrechadas con sendos paraguas. A la sombra de la sombrilla. El ciclismo es heterogéneo: hay paseantes, currantes, acróbatas, exhibicionistas. Uno lleva a su perra en un pescante junto al manillar: Chari, no por favor, y mete hacia dentro la cabeza del chucho. Vehículos de Lipasam y de Emasesa en tareas de mantenimiento. También un Golf TDI descapotable, chico y chica, desorientados a la altura de la Puerta de Jerez, con giro en el hotel Alfonso XIII. Los ciclistas adelantan al Metrocentro a la altura de Correos; como servicio de mensajería, como ya demostró Jacques Tati en la película Un día de fiesta, son mucho más rápidos.

En García de Vinuesa ha aparcado una furgoneta de la yeguada Moya y Jiménez. Los héroes de la jornada trabajan de sol a sol en unas labores de pavimentado en la calle Almirantazgo. La iglesia del Sagrario está cerrada por obras. Un lugar menos para refugiarse. La única sombra la da un cartel en la administración número 13 de Lotería, El Gato Negro, que dice Hay Lotería de Navidad. Horchata de villancicos.

El mensajero motorizado de Tourline Express va dejando su mercancía en diferentes puntos de la Avenida. Algunos turistas se sientan en las gradas de la Catedral con el croquis de esta isla del tesoro que de día es desierto y de noche jungla. Por la calle Felipe Pérez no pasa nadie. Es una de las calles más pequeñas de la ciudad. No tiene ni una sola vivienda, pero es una de las más cotizadas: separa las moles de los bancos de España y Santander, une la Avenida con la calle Hernando Colón por la que pasaba el tranvía.

En todas las ciudades ocurre lo mismo. Hay gente que pasa por primera vez en su vida, como la joven que repara en que ese edificio debe de ser la Catedral, y gente que la recorre como autómatas, que se conocen sus tiendas, sus alcorques y el lugar de mayor concentración de canónigos. Cinco coches de caballos están aparcados en la zona que separa la Catedral del Archivo de Indias. La Ceca de la Meca cristiana. Por lo general, los guías de las excursiones ya están advertidos de esta condición internodal de la Avenida, confluencia de diferentes nudos en la traducción del cursi epíteto. Pero las personas mayores y los que tienen niños a su cargo extreman la precaución porque pese a su nombre, Avenida, y a su anchura, el espacio real de uso para los peatones es bien reducido.

Hasta que el Curiosity empiece a procesar y envíar información de lo que encuentre en su misión en Marte, habrá que conformarse con los últimos hallazgos: el cubo de seis botellines, el discurso de género y el concepto de movilidad. Una palabra sacralizada en los despachos municipales y las gerencias de urbanismo. Entre la Catedral, el Alcázar y el Archivo de Indias, ese triángulo que amortiza con creces la visita a esta ciudad, hay una arteria sin árboles -los arbolitos son otra cosa- que sigue siendo un melón urbano sin calar. Y que con los rigores del verano acentúa sus errores de diseño y urbanización. Los munícipes que la planificaron pasarán a la historia por haber inventado la calle descapotable.

Guillermo vende incienso y alhucema en la esquina de la Avenida con García de Vinuesa. Una calle inhóspita rodeada de lugares muy hóspitos: Morales, Casablanca, el Coliseo, Flaherty cuando vuelva a abrir sus puertas.

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