Calle Rioja

Giraldillo del barrio y del mundo

  • Cultura. El teatro de Salvador Távora, polifacético personaje que había sido mecánico tornero en Hytasa, eran los subtítulos de la farragosa pregunta del referéndum del 28-F

La Banda de cornetas y tambores de las Tres Caídas toca ante el féretro de Salvador Távora. La Banda de cornetas y tambores de las Tres Caídas toca ante el féretro de Salvador Távora.

La Banda de cornetas y tambores de las Tres Caídas toca ante el féretro de Salvador Távora. / Juan Carlos Vázquez

LA gente que llegaba por Sierpes creía que se trataba de alguna procesión. Sonaba la banda de cornetas y tambores de las Tres Caídas y en el acto participaba un sacerdote. Era José Chamizo, recién nombrado doctor honoris causa, que era el maestro de ceremonias del homenaje que se le rindió a Salvador Távora en la plaza de San Francisco por la que cada Martes Santo pasa la hermandad del Cerro del Águila, su barrio. Cuando me iba hice una foto del coche fúnebre con las coronas por el dramaturgo muerto y la Giralda al fondo. Távora era como la Giralda, viajó por todo el mundo con su obra para hacer más universal el nombre de Sevilla.

La dramaturgia de Távora es un 28-F del teatro. Ese homenaje al esperpento que fue la pregunta del referéndum de hace casi 39 años llevaba por subtítulos el teatro de este polifacético personaje que había sido mecánico tornero en Hytasa, compañero de gremio de quienes muchos años después fueron socios dela caseta de Feria Las Hilanderas; fue torero hasta que se cortó la coleta en Palma de Mallorca el día que un toro acabó con la vida del rejoneador Salvador Guardiola, el hermano pequeño de María Luisa, hada madrina de los niños de Andex. Muchos años después metió un toro micénico en los ensayos de Piel de toro en la sala San Hermenegildo, ahora cerrada a cal y canto, que fue hasta sede del Parlamento Andaluz y santuario cultural resguardado por las imágenes de Fernando Villalón y Adriano del Valle.

Távora hizo milagros como recomponer la fractura del boom latinoamericano. Los dos escritores de ese movimiento que ganaron el Nobel, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, amigos íntimos en Barcelona, íntimos enemigos en México, aparecen en sendos momentos de la obra de Távora. El escritor colombiano asistió en México al estreno de la versión teatral que La Cuadra hizo de Crónica de una muerte anunciada. Al final de la representación, García Márquez felicitó al dramaturgo del Cerro. Yo llegué con cierto retraso a la première de la obra en el Polígono Navisa porque Inglaterra y Camerún jugaron la prórroga en el Mundial de Italia 90. En 1997, Távora nos invitó al estreno de Carmen en la plaza de toros de Ronda, con Antonio Ordóñez como anfitrión del evento. En los alrededores de la plaza, junto a las estatuas de los toreros rondeños de Nicomedes, saludamos a Mario Vargas Llosa, que figuraba entre los invitados a ese espectáculo irrepetible con el baile de Juan Romero sobre el albero de la plaza presidida por el llamado Tendido de los Sastres.

Gregorio Conejo le alquiló o vendió la hormigonera que aparece en la obra Herramientas. Recuerdo que estuvimos juntos en la abarrotada iglesia de Constantina en el funeral por el eterno descanso de Manolo Ramírez, el periodista que falleció de un infarto cuando iba a iniciar el pregón de Semana Santa en Talavera de la Reina, la plaza donde un toro cogió mortalmente a Joselito el Gallo.

Alfonso Guerra y Rojas-Marcos son sevillanos de 1940, concebidos en el final de la guerra y criados en la posguerra. También a ellos, enfrentados hace cuatro décadas por las desavenencias del 28-F, los hermanó Salvador Távora. Con Guerra le unía la pasión del teatro. Con Alejandro, el andalucismo luminoso y visceral que rasgaba el cielo con la voz rota de Pepe Suero: “Andalucía, la que divierte, clavado a fuego lleva un puñal…”. Javier y Alejandro Delmás, nietos de Blas Infante, supieron por Pilar Távora, una de las dos hijas del dramaturgo, que lo último que hizo fue una tarjeta postal para María de los Ángeles Infante, una de las tres hijas del notario Blas Infante, personaje fundamental en su dramaturgia, evocado en Alhucema, la obra que maravilló en el festival de teatro de Mérida: “Ancha es Castilla, menos por Andalucía”.

La Banda de las Tres Caídas de la Esperanza de Triana es la misma que le acompañaba cuando les cogió el 11-S en Nueva York. El alcalde Giuliani les pidió que no dejaran de representar la Carmen en la ciudad que nunca se puso de rodillas ante el Moloch de los aviones asesinos. Con un caballo que atravesó el puente de Nueva Jersey, La Cuadra llevó la calle Pureza a la Quinta Avenida con la banda de Julio Vera y seguía actuando pese al cómputo de bajas como los músicos de Titanic. Ricardo Iniesta cumple años el mismo día que Távora, el 3 de abril. En la antigua sala de los Plenos, con Salvador interpretando al alcalde de Zalamea, amigos y discípulos de este Giraldillo que cruzó los Pirineos y los Andes. Allí estaba Eva Díaz Pérez, que con Marta Carrasco escribió su biografía. Difícil tarea para un yo tan social, un yo del barrio y del mundo.

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