Historia de una peluca y un Mercedes
Calle Rioja
Simbólico. Ayer se cumplieron 35 años de la legalización del Partido Comunista. Los sevillanos se reunieron en los altos de la farmacia de Álvarez-Colunga
AYER saludé a Diego Valderas junto a la antigua sala San Hermenegildo que fue sede del Parlamento de Andalucía antes de que el ex alcalde de Bollullos llegara a presidir esa Cámara en 1994 en virtud de la pinza entre el Partido Popular e Izquierda Unida. El líder de esta última coalición presidió el órgano legislativo andaluz en el hospital de las Cinco Llagas al que regresa como un torero el 19 de abril.
El de ayer fue un día importante para los comunistas españoles. Se cumplían 35 años de su legalización el Sábado Santo de 1977 por parte de Adolfo Suárez. No de su Gobierno, ya que la mayoría de sus ministros lo desconocían, y alguno, como el general Pita da Veiga, titular de la cartera de Marina, presentó su dimisión irrevocable. El viernes saludé por la Alameda a Javier Aristu, que antes de desarrollar una importante misión profesional en Bruselas fue cabeza de lista de Izquierda Unida a la Alcaldía de Sevilla. Le pregunté por aquel Sábado Santo y me dijo que con otros muchos compañeros, celebraron su particular resurrección política en el local de la Ronda de Capuchinos que les cedió Rafael Álvarez-Colunga.
La farmacia del Lele, como se le conocía al irrepetible empresario, es una botica tan historiada como la de Madame Bovary. Además de ser lugar de encuentro de comunistas clandestinos con personajes de la Sevilla emergente, con las llamadas fuerzas vivas, en ese mismo edificio se alojó en su estancia sevillana el poeta Pedro Salinas, que fue catedrático en la Hispalense y condiscípulo de su amigo Ramón Carande. La poética placa se colocó recién llegado a la Alcaldía de Sevilla Alejandro Rojas-Marcos en 1991.
Cuando saludé a Valderas, yo llevaba el libro de Joaquín Bardavío Sábado Santo Rojo, un pormenorizado relato de los prolegómenos de la histórica legalización. El libro me lo regaló uno de sus protagonistas, Teodulfo Lagunero, después de entrevistarlo en el hotel Doña María. Este millonario de izquierdas, amigo de Santiago Carrillo, era el dueño del Mercedes en el que el líder comunista regresó a España en febrero de 1976, dos meses después de la muerte de Franco. Salieron de Montpellier y Carrillo lucía una peluca que le proporcionó Gonzalo Arias, un peluquero amigo de Picasso.
En la portada aparecen Suárez y Carrillo saludándose en la puerta del chalé de José Mario Armero en la localidad madrileña de Pozuelo. Armero era un conservador que jugó un papel esencial en aquella normalización. Como el de Álvarez-Colunga en Sevilla: el tío carnal de Javier Arenas pasará a la historia por su fomento de la saeta, del buen flamenco, de los coches de caballos, inédito candidato a la presidencia del Betis y muñidor de ese proceso para articular la presencia de los comunistas en la floreciente democracia española. Este magnífico anfitrión de la Feria y del Rocío también lo fue de este segmento clandestino de la sociedad sevillana.
Carrillo se quitó la peluca y España los complejos. La novela de Félix J. Palma El mapa del cielo se abre con una cita de Tolstoi en la que alguien se pregunta si en Marte habrá personas o monstruos. El Sábado Santo de 1977 los comunistas dejaron de ser marcianos. Valderas ya era legal en Bollullos. Ahora la pinza la hará con Griñán, no con el sobrino de Rafael Álvarez- Colunga. Siempre llueve en Semana Santa. Ha llovido mucho desde aquel Sábado Santo en que Amparo Rubiales, la mítica Antígona, dejó de ser clandestina. Lo ha celebrado pasando unos días con varios amigos, Griñán entre ellos, en Marbella.
Cuando regresó Carrillo a España gobernaba Carlos Arias Navarro. En fechas tan taurinas, una de sus primeras salidas, con peluca y con Teodulfo, fue a ver una corrida de toros a Valencia. Allí reconoció a Sara Montiel, a quien se la habían presentado en Rumanía. Un resumen de la vigilia política de Carrillo: Fumando espero…
También te puede interesar