Noticia sucinta de autores culipardos

Calle Rioja

Homenaje. En 'Esgonciando a Wenceslao', Enrique García López-Corchado rinde tributo, convencido de que hacer reír es más difícil que hacer llorar, a Jardiel y a Fernández Flórez.

Vista de la plaza de San Antonio de Padua desde el interior del bar Rodríguez.
Vista de la plaza de San Antonio de Padua desde el interior del bar Rodríguez.
Francisco Correal

10 de marzo 2016 - 05:03

QUE uno sepa, en Sevilla hay al menos cuatro culipardos que alguna vez han tenido su nombre en el escaparate de alguna librería. Así se llaman los que como servidor nacimos en Ciudad Real, topónimo fernandino que aparece en Fuenteovejuna muchas más veces que la población cordobesa gracias al comendador Fernán Gómez. Paisanos conocidos son el arabista Emilio González Ferrín, manchego de chiripa pero muy ajustado en las puertas del cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, tercio y mitad de morisco, o Julián Sobrino, uno de los mejores estudiosos del tejido industrial de la ciudad. Lo cual tiene mérito viniendo de una ciudad bastante irreal en esos menesteres, una capital que es paso obligado de los aves que unen Sevilla con Madrid y que supo administrar con inteligencia esa prosperidad ferroviaria.

Como enseña la costumbre que el burro siempre debe figurar en último lugar, no quiero presentarme a ustedes como autor culipardo de algunos librillos de desigual fortuna sin antes hablarles de uno de los más curiosos frutos que le ha dado a la ciudad de Sevilla este paisanaje. Me refiero a Enrique García-López Corchado, que pertenece profesionalmente al cuerpo judicial y ha hecho brillantes incursiones en la narrativa. Una de ellas es la novela que tituló Esgonciando a Wenceslao. Con un simple título, esa simbiosis de gerundio y nombre propio, rinde tributo a dos genios del humor literario como son Enrique Jardiel Poncela y Wenceslao Fernández Floréz.

Me regaló un ejemplar de su libro en el lugar más oportuno, en la esquina de las calles Hombre de Piedra y Jesús del Gran Poder. A un lado está el bar Tarín, embajada de la gastronomía poética, preludio sentimental de estas alianzas entre el norte y el sur donde el cine y la televisión han encontrado un filón. Al otro está el bar El bosque animado. Ahí sigue en pie dos décadas después con el nombre de la novela de Wenceslao Fernándea Flórez que llevó al cine José Luis Cuerda con una interpretación magistral de Alfredo Landa, actor nacido el 3 del 3 del 33 de quien hace una semana se conmemoró un nuevo aniversario de su nacimiento.

Hacer reír es mucho más difícil que hacer llorar, coincidimos Enrique y yo. En el cine y también en la literatura. Su hija Sara va a la clase de mi hijo Paco. Comparten esa rareza del mestizaje de padre manchego y madre sevillana. A veces, hace parada en el bar Rodríguez, donde la voz de Pablo con las comandas podría mandar al paro a la mitad de los tenores. Esta esquina tiene mucha enjundia. Puntos suspensivos de bares como la Abacería, que hoy tiene celebración cuaresmal, Casa Rafita y el bar Rodríguez de Pedro y Pablo, justo frente a la iglesia de San Antonio de Padua en una calle que va de la Alameda al Museo, que es decir de los personajes a los pintores que los inmortalizaron en sus cuadros.

En Sevilla es frecuente ver pasear a sus escritores. Ayer presentó su nueva novela Jesús Carrasco, que el otro día empujaba el carrito de su niña por una de las calles perpendiculares a Tetuán. Hipólito G. Navarro, maestro del relato corto, catedrático de la ironía y del absurdo, paseaba con su pareja por la calle Feria esquina con Aposentadores. Una zona que se va llenando de chinos a medida que se desangra de librerías. Ya no están allí Padilla, que se mudó a Trajano, ni la librería El Desván, aunque su librero, Luis Andújar, vende el género, materia prima de buenísima calidad, en su puesto del Jueves en la plaza de Montesión.

El humor es también pariente de las cosas que escribe Reyes Aguilar. La bética militante que ganó un concurso de novela para blogueros prepara su nuevo libro. Tiene título, El blues de la prosperidad, y presentadores, el músico Gualberto, que ayer pudo verse en el preestreno de la película Todo es de color tocando el sitar, y Paco Gallardo, el médico, novelista y antiguo practicante del básket.

En la esquina de San Antonio de Padua también suele verse a los profesores José María Miura y Daniel Lebrato, a Ventura Rico, de la Orquesta Barroca, el nieto de Ventura Castelló y Dulce del Moral, Ginger y Fred del sindicalismo sevillano, los suegros del juez ilustrado Rico Lara.

Esgonciando a Wenceslao. El teatro de Jardiel Poncela lo defendió en el teatro Lope de Vega el actor Pepe Viyuela. Una novela entre esquina y esquina, ese vértice del mundo que rotula la última novela de Mario Vargas Llosa. Lima, la capital del Perú, es la ciudad de los Reyes. Hermanada con estos autores culipardos que llegaron a Sevilla desde Ciudad Real en trenes de tercera para quedar atrapados en el síndrome de Estocolmo de una ciudad sureña de gente nórdica.

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