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El Sanedrín y los cinco magníficos

  • Memoria. En su libro número 19, Antonio Guerra, médico, periodista, profesor de Francés, vuelve a su pueblo para contar el origen, esplendor y caída de la mina de Villanueva del Río.

EN la madrugada del 28 de abril de 1904, en el relevo del pozo número cinco, se produjo una explosión de grisú, el llamado gas de los pantanos, que provocó la muerte de 64 mineros en Villanueva del Río y Minas. A ellos les dedica Antonio Guerra Gil, nacido en ese pueblo en el invierno de 1935, su libro La Mina (Siarum Editores), que ayer le presentó en el último día de la Feria del Libro su antiguo alumno de Francés y sacerdote José Capitas, párroco en el Polígono Sur.

También se lo dedica a sus nietos Carmen, Marcelo, Fernando y Miguel. Y a Manuel Vázquez Montalbán, in memóriam. "La Mina es un canto de amistad", dice su autor, un libro coral con un grupo de amigos del pueblo, los del Sanedrín; algunos se dieron cita ayer en la pérgola de la Plaza de España: Antonio González Ruiz, Eladio Rodríguez Montero, Julio Mora, Domingo Gallego y Antonio Barrio. "Todos salen con su nombre, menos yo", dice Guerra. También fue el psiquiatra Jaime Rodríguez Sacristán, amigo de todos ellos.

El libro tiene dos génesis. Una argumental, otra narrativa. La primera tiene como punto de partida a esa pandilla de zagales que se reunían en el parque, en los jardines, que se bañaban en las Piedras Azules o en la charca del Trejo y quedaban para las partidas de billar. Un día vieron en el cine de verano del pueblo, el más próspero entonces, con la mayor media de universitarios de la provincia, una película del Oeste en la que un pueblo minero desaparecía al quedarse sin carbón. El maestro les dijo que la única manera de frenar esa evidencia era contar la historia del pueblo. Y los del Sanedrín se pusieron manos a la obra.

Para la génesis narrativa, Guerra aprovechó una invitación que Fernando Lara Bosch, hijo del pedroseño que fundó Planeta, le hizo al Palace de Madrid para mostrarle un adelanto de sus intenciones literarias. La primera reacción de su interlocutor, trágicamente fallecido en un accidente de tráfico, fue sugerirle que se lo editara el alcalde de su pueblo. La segunda fue la que desencadenó el proyecto. "Universaliza el tema", le dijo Lara. Guerra le obedeció, se encerró en la Biblioteca Nacional y su resultado es una trilogía que empieza con La Mina y continuará con El Exilio y El Desencanto.

El mayor esplendor de la mina se lo dieron los franceses. En el libro aparece una fotografía de una reunión muy versallesca en la que las fuerzas vivas de Villanueva del Río y Minas celebran la visita que hizo a París Alfonso XIII. Hay muchas más reminiscencias francesas: el convenio que firmó la empresa con la Escuela de Ingenieros de Minas de Huelva para formar a los mineros como capataces facultativos; las nanas francesas con la que la madre de Antonio lo arrullaba en la cuna; su propia licenciatura en Filología Francesa, previa a sus estudios de Medicina.

Médico, periodista, profesor de Francés en los Salesianos de Triana y en Yanduri, el palacio donde nació Aleixandre. La Mina es su libro 19 "pero es el libro de mi vida". Leyó un fragmento. Con su cuñado, un policía francés, viajó de Burdeos a un pueblo próximo a Toulouse donde un grupo de exiliados celebraban una fiesta. Allí conoció a Severiano Bermúdez Azcárate, un anarquista trianero, alfarero, devoto de Durruti y del Cachorro, que le preguntó a Guerra por las cocheras del tranvía, la Virgen de la Estrella y por la cucaña que este exiliado había ganado en una Velá.

"Es la historia de mi pueblo y la de este país en el que cuando algo funciona tenemos la manía histórica de quitarlo". Autor de la primera biografía política de Felipe González, que le encomendó la dirección del periódico El Socialista en la fase legal.

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