"Sevilla es antigua, pero los sevillanos se empeñan en resaltar que es vieja"
Los invisibles
Anticuario por genética y vocación, combina sus incursiones profesionales en el pasado con el trabajo en la fundación cultural del pintor abstracto Manuel Salinas
SE hizo anticuario antes de cumplir los treinta años. Dionisio Rodríguez (Sevilla, 1968) trabaja en su estudio de Castellar con pinturas del XVII y muebles del XIX.
-¿Sevilla es antigua o vieja?
-Combina las dos cosas. La ciudad por sí es antigua, pero los sevillanos se empeñan en resaltar más su carácter de vieja.
-¿Cómo llega al gremio?
-Si se puede hablar de genes, tengo antecedentes familiares. De pequeño viví la amistad de mi padre con un anticuario de Sanlúcar de Barrameda, Joaquín Quirós, que por cierto surtía de género a la mujer de Franco. Mi abuelo era muy aficionado y mi padre era entendido pero no lo cultivaba.
-¿La crisis ha hecho que la gente rebusque en sus arcones en busca de objetos de valor?
-Sí me consta que hay muchos particulares dedicados a esto que están expectantes por si se produce esa situación. Yo no la he percibido. El otro día fui a una exposición de objetos a subasta en Cajasol y su directora dijo que habían aparecido piezas que en otras circunstancias nunca saldrían.
-¿Un anticuario está contra las modas?
-No necesariamente. Muchas de las piezas que hoy son estrellas fueron resultado de modas.
-En su defensa de la cúpula de Barceló, el ministro Moratinos distinguió entre valor y precio. ¿Se puede decir que el precio de una pieza es valor multiplicado por tiempo?
-Es una lectura errónea. El tiempo nunca le añade valor a una pieza. Hay piezas que nacieron con vocación de clásico hace quince siglos y la mantienen; y piezas que si fueron malas en su día, lo siguen siendo.
-Lo dice Vargas Llosa cuando dice que el tiempo, ese aniquilador, ha salvado la obra de Onetti.
-Es verdad. El tiempo casi siempre es inmisericorde.
-¿A un Gobierno se le piden cien días de garantía y a una pieza de anticuario cien años?
-En teoría, sí, pero hay piezas que no alcanzan ese periodo y ya están muy valoradas.
-¿Los cambios tecnológicos han aumentado su inventario?
-En España no se percibe mucho, pero en Francia, país del que me surto con frecuencia, los diseños de los años setenta están muy cotizados entre los coleccionistas. Esas renovaciones tecnológicas han permitido valorar el mobiliario industrial de finales del XIX y principios del XX. Por no hablar de las máquinas de escribir Underwood o las de coser.
-¿Qué le da en Sevilla a una pieza pátina de antiguo? ¿Lo romano, lo árabe, lo visigodo, lo americano?
-Más que de antigüedades, estaríamos hablando de arqueología. No es un tipo de mercado con el que yo me mueva.
-Antiguos, pero dentro de un orden.
-Yo trabajo con el siglo XVII en pintura y con el XVIII y XIX en mobiliario. Lo otro está muy regulado por la ley. Una ley que afortunadamente en España es muy restrictiva e impide el expolio tremendo de otros países.
-¿Los anticuarios son islas o forman un archipiélago?
-Más bien un archipiélago, porque el comercio entre anticuarios fluctúa más que entre particulares, sobre todo en épocas difíciles como éstas. La pieza a la que uno no le da salida, se la da otro.
-Conozco a una mujer que buscaba un anticuario para vender un capote de paseo de Belmonte. ¿El tipismo forma parte del negocio?
-En el tema taurino hablamos de artes como el bordado o la sastrería. Yo mismo tuve un traje de torero de Manolo González cosido por Manfredi que se lo vendí a una pintora holandesa que lo quería para usarlo como modelo.
-¿Cuál es el paraíso de su oficio?
-Fundamentalmente, en Francia, Italia, Inglaterra, aunque el mercado inglés está un poco agotado. Yo trabajo con Francia, que surte a Estados Unidos, España, Italia y muchos otros países. Suelo acudir a las Ferias de antigüedades de Lyon, Avignon, Montpellier, Beziers, Pezenas o Île sur la Sorge, que más que una isla es un arroyo. Un lugar muy turístico donde tienen casa actores de Hollywood y la reina de Inglaterra, un pueblo relativamente pequeño donde habrá mil anticuarios.
-¿Está recuperando lo que se llevó el mariscal Soult de Sevilla?
-Poco a poco voy trayendo piezas de Francia, bueno, sí, un desquite simbólico del expolio que hicieron las tropas napoleónicas.
-¿Tienen piezas españolas?
-Y sevillanas. Azulejos de la Macarena, mesas de San Antonio.
-¿Le han dado gato por liebre?
-Me imagino que a todos. Lo que hay que hacer es asumir el error y no colocárselo a otro. Hay veces que empiezas a escarbar en la purpurina pensando que hay una capa de oro fino que no aparece. O que lo que creías caoba resulta que es pino.
-¿Cuál es el perfil de la clientela?
-Variopinto, muy en contra del cliché de la clase poderosa: desde el asalariado que destina una parte de su nómina a objetos de antigüedades hasta grandes potentados, entre los cuales no tengo a ninguno como cliente.
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