"Sevilla está corriendo el riesgo de crecer sin armonía"
Son y están
Llegó a Sevilla para dar vida a los pabellones temáticos de la Expo 92 y se afincó para fundar una empresa de referencia en la musealización de la divulgación cultural y científica, ya sea para hacer la réplica de las Cuevas de Altamira o participar en Lisboa 1998, Hannover 2000, Aichi 2005 y Shanghai 2010
EN la tranquilidad del barrio de El Porvenir, pasa desapercibida un antigua carbonería que derivó a taller textil y ahora es el territorio físico y digital de la empresa Ingenia. En el despacho de Carmen Bueno hay un mapa de China y un segundo ordenador desde el que se comunica por videoconferencia con los organizadores de la Exposición Universal Shanghai 2010, de la que es asesora. Ella es el cordón umbilical de la Expo 92 con el resto del planeta que ha tomado el testigo.
Nació en Salamanca hace 52 años, pero se siente asturiana, a los 3 años ya residía en Oviedo. Es hija del filósofo Gustavo Bueno y de la profesora de Pedagogía Carmen Sánchez. Está casada con un médico catalán y tienen dos hijos, uno estudia Filosofía de la Ciencia en Estados Unidos y el otro cursa la ESO en Sevilla. Vive desde hace 20 años en Simón Verde (Mairena del Aljarafe) y usa con frecuencia el Metro en su ida y vuelta laboral.
-¿Cuándo empezó a ser trotamundos?
-En 1973 estudié el equivalente al COU en Buffalo (Estados Unidos), viviendo un año con una familia norteamericana. Fue un año muy importante en mi vida, por lo que supuso aquella experiencia, y por acontecimientos que impactaban, como el caso Watergate, como el asesinato de Carrero Blanco.
-¿Cómo llega a su profesión?
-Me fui a Madrid a hacer la carrera de Periodismo. Al concluirla, entré de becaria en El País, y ya vi que no me gustaba el periodismo de apagar fuegos a diario. Me especialicé en documentación y por ahí se decantó mi trayectoria profesional. Debuté en la organización de exposiciones con la muestra Crónicas de juventud, en 1985, encargada por el Instituto de la Juventud, era un estudio sobre la evolución de la juventud española. Fue un éxito, gustó su estilo novedoso. A partir de ahí entré en el gabinete de Javier Solana como ministro de Cultura, y me incluyeron en el grupo de cuatro personas que debía concebir la puesta en marcha del Centro Cultural Reina Sofía, cuando no se pensaba en él solamente como museo. Y desde el Ministerio organicé también la conmemoración de Carlos III y la Ilustración. Decidí montar una empresa en 1987, y, en su fase embrionaria, me llamó Ignacio Quintana, que había sido subsecretario de Cultura y lo incorporaron al equipo directivo de la Expo 92 (aunque lo dejó en 1990), para ofrecerme la dirección de los pabellones temáticos.
-¿Qué se encuentra en su aterrizaje sevillano?
-En mi área mandaba el equipo de Olivencia. Vi que a la hora de definir los contenidos habían sido sobre todo receptores de las propuestas que les hacían quienes les vendían ideas y se postulaban, con mentalidad colonialista, como expertos en llenar de contenido exposiciones anteriores. Eran los feriantes de otras Expos, pensando que en España no sabíamos hacer nada. Aposté por dar cancha al talento español y en Sevilla se marcó un referente en la creación de un eje temático mucho más concreto que articula toda la oferta del recinto y no repetía los esquemas de Vancouver, Brisbane, etcétera. Así se aprecia fuera de España.
-¿Se imaginaba el éxito de pabellones como el de la Navegación?
-Fue un éxito de crítica y público. Lo tenía que haber sido el de los Descubrimientos. El Omnimax también fue un éxito. A Agesa le ha reportado ingresos la exhibición por todo el mundo de la película Los descubridores en formato Imax.
-La sombra de la sospecha sobre el clientelismo se cernió sobre la Expo 92. ¿Usted qué vio?
-Si lo hubo, no me enteré. Dirigía un presupuesto de 10.000 millones de pesetas y sólo recibí en una ocasión una presión política para contratar a una empresa, y era para un trabajo menor. El resto se organizó con criterios escrupulosos de selección profesional. Estaba tan metida en sacar adelante toda mi área que no podía estar atenta a lo que sucedía en otros ámbitos.
-Es de los pocos directivos que ha echado raíces en Sevilla.
-Decidí quedarme y fundar la empresa Ingenia, para hacer proyectos de museos y de exposiciones didácticas. Primero nos instalamos en el edificio del patio de San Laureano, y viajando sin parar para ganar concursos o ser contratados.
-En Andalucía han contado poco con ustedes.
-Es verdad que, aun estando en Sevilla, te sientes outsider. Cuando desde el extranjero quieren viajar para ver nuestras creaciones, quedamos por el norte del país, para que vean la réplica de las Cuevas de Altamira, el Museo Nacional de Paleontología, el Museo Marítimo de Bilbao, Dinópolis en Teruel, etcétera. Hemos tenido más encargos fuera de Andalucía. Nuestros son los contenidos del Museo Marino en Matalascañas. Trabajamos conjuntamente con los arquitectos del edificio, Cruz y Ortiz. Fue iniciativa de José Antonio Valverde, uno de los padres de Doñana, que, curiosamente, fue quien intentó crear un Museo de la Expo 92. El gran disparate ocurrió al terminar el museo de Matalascañas, porque el Ayuntamiento de Almonte decidió que no quería abrirlo. Y nos ofrecimos a gestionarlo, asumiendo el riesgo con apoyo de la Consejería de Medio Ambiente. Aguantamos dos años, y perdimos mucho dinero. Al no completarse el proyecto del Parque Dunar, el museo quedaba muy aislado y la zona no iba a recibir tanta gente como se preveía.
-Trabajo no le ha faltado asesorando a exposiciones internacionales.
-Sí, he enseñado el recinto de la antigua Expo 92 a muchos extranjeros, a los organizadores de Lisboa, Hannover, Aichi y Shanghai. Hemos trabajado para todos ellos. En Lisboa 98 asesoramos para su eje temático. En Hannover 2000 proyectamos cinco de los once pabellones temáticos. En Aichi 2005 fuimos con el arquitecto Alejandro Zaera para ganar el concurso del Pabellón de España. En Shanghai 2010 estoy desde hace cinco años como asesora de la organización en lo concerniente al programa temático central. Hay años en los que he ido ocho veces.
-¿Cómo es la adaptación a la mentalidad y organización china?
-Los interlocutores chinos son personas muy atentas a captar cualquier detalle para aprender de las experiencias anteriores y a la vez hacer una Expo totalmente suya. Acepté ser asesora con la condición de poder participar en algún concurso, y ganamos el de la producción ejecutiva y dirección artística de los contenidos del Pabellón del Futuro Urbano, que es uno de los principales. No en vano el lema de Shanghai 2010 es Better cities, better life (las mejores ciudades, la mejor vida). Es un tema apasionante y para ellos decisivo, en pocos años 300 millones de personas han emigrado a las grandes ciudades. Por vez primera, en el planeta hay más habitantes en zonas urbanas que en núcleos rurales. Y China necesita equilibrar su estructura de población y mejorar la calidad de vida de sus ciudades pequeñas.
-¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de un sector profesional tan especializado como el suyo?
-El gran problema es la permanente inestabilidad porque dependemos de la adjudicación de concursos. Nuestra actividad laboral tiene muchos picos, de tener pocas cosas podemos pasar en muy poco tiempo a un volumen enorme de encargos. Es casi imposible organizar las vacaciones con mucha antelación, porque además dependemos de que haya o no retrasos en la construcción de los edificios donde irán nuestros contenidos. Y apenas hay enseñanza de calidad para una actividad tan polivalente. A todo el equipo lo formamos dentro de la empresa. Trabajamos con arquitectos de interiorismo, con diseñadores gráficos, con técnicos audiovisuales... Solemos contar con filósofos e historiadores para la documentación y guionización.
-¿Cómo ve el Futuro Urbano de Sevilla?
-Sevilla tiene que definir pronto qué tipo de ciudad quiere ser. Creo que está creciendo de un modo distorsionado. Hay ciudades en Europa donde puede mirarse, por ejemplo Friburgo (Alemania) es un ejemplo de ciudad que se moderniza sin perder calidad de vida, sin dejar de ser apacible. Sevilla tiene una imagen de marca muy potente tanto para quienes la han visto como para quienes aún no la conocen. Pero corre el riesgo de ser una ciudad cuyo crecimiento la desborde por falta de armonía y planificación. Si ahora llegara a Sevilla por vez primera, probablemente no me afincaría en ella. Ahora es más incómoda e inhóspita. Hay que conseguir reducir con rapidez el número de vehículos privados que se muevan a diario. Hasta las delegaciones chinas de Shanghai 2010 han notado, de 1999 a 2009, el aumento de la congestión del tráfico en Sevilla.
-Sus propuestas para el Museo de Sevilla se quedaron en un cajón.
-Es otra frustración, otra oportunidad perdida para la ciudad. Fue una estupenda idea de Juan Ruesga y desde Ingenia participamos en la elaboración del proyecto. La vinculación de los monasterios de San Clemente y Santa Clara daba muchas posibilidades para crear otro foco de atracción en la ciudad, en una zona del centro por la que no hay flujos turísticos.
-¿Qué tal se le da hacer de cicerone por Sevilla?
-Enseño Sevilla a muchas amistades que nos visitan. Conozco bien la ciudad y me cuesta llenarles de contenido un tercer día de estancia salvo que nos vayamos por la provincia. Sevilla se limita a ser ciudad para dos días porque no le saca partido a todo su potencial.
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