"Sevilla padece una sociedad que ha hecho de la ciudad su negocio"

Son y están

Historiador de referencia sobre la Andalucía agraria y sobre el comercio colonial, Premio Nacional de Historia por 'España, proyecto inacabado', le está muy agradecido a todos los que le proscribieron por motivos ideológicos porque a cada veto la vida le ofreció una gran oportunidad para desarrollar su libertad de pensamiento junto a figuras hoy míticas

17 de julio 2011 - 05:03

ES de los sevillanos que vertebran Sevilla desde el mayor de los desapegos a los tópicos sobre lo que debe o no debe ser la identidad sevillana. Nació en El Coronil hace 69 años, hijo de unos modestos labradores en un pueblo de familias de escasa renta en el que no vivían los grandes latifundistas: los Medinaceli, los Candau, etcétera. Su padre, en lugar de crecer como propietario de tierras y comprar más fincas y más maquinaria, que era la tónica en el vecindario, se empeñó en que sus cuatro hijos tuvieran estudios, y hasta organizó una red de maestros en El Coronil para darles el nivel del bachillerato que allí no existía. "En el pueblo, uno de los excelentes maestros que movilizó mi padre era compañero y amigo de don Antonio Domínguez Ortiz". Quién le iba a decir entonces al niño Antonio Miguel que iba a ser codirector de la Historia de Andalucía junto con Domínguez Ortiz, afrontando el encargo de José Manuel Lara padre desde Planeta.

-¿Qué ha marcado su trayectoria profesional?

-Profesores vinculados a los principios de la Institución Libre de Enseñanza me animaron a pedir becas y seguir estudiando e investigando. Pero lo que más me ha marcado son mis enemigos. A todos les agradezco infinitamente que en algún momento me hayan hecho la santa puñeta, vetándome o expulsándome, tanto en Magisterio como en la Enseñanza Media y en la Universidad, pese a tener premios y pese a ganar oposiciones. Los puestos eran para los enchufados. Por ejemplo, en el Instituto San Isidoro, donde entré con 21 años para dar clases, y un inspector educativo me despidió nada más llegar el primer día. Menos mal que Urbano Orad, un viejo socialista, me dio cobijo en su academia para dar clases y así ir tirando.

-¿Es historiador por vocación o por carambola?

-Lo que más me gustaba estudiar en la Facultad de Letras eran las lenguas clásicas. El profesor que me resultaba más atractivo era Agustín García Calvo, con sus clases de latín y griego. Pero murió mi padre, para seguir estudiando tenía que optar a otra beca, y la tenía más fácil si era en Historia. Un área donde el profesor al que le tenía más estima era Juan de Mata Carriazo. Me entendí muy bien con él. Me puso en contacto con Ramón Carande y con Domínguez Ortiz. Todos enlazados por el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y por una manera de hacer historia que en absoluto se practicaba en aquella universidad, donde le negaron una plaza de profesor incluso a Domínguez Ortiz. Me voy a jubilar sin haber dado una clase en la Facultad de Historia. Gracias a dar clases como profesor de Geografía pude salir adelante, por poco acabo como geógrafo. Y, trasterrado a la Universidad de La Laguna, donde pude abrirme camino por consejo de José Luis Sampedro, conseguí la cátedra en Sevilla en 1982 a través de la Facultad de Económicas porque Luis González Seara, como ministro de Educación, era consciente de la cantidad de docentes a los que se habían cerrado muchas puertas, y elaboró una orden por la que dotaba de medios en toda universidad a cualquier cátedra para la que hubiera un catedrático dispuesto a ocuparla.

-¿Por qué habla de buena suerte si era perjudicado?

-Gracias a la continua necesidad de abrirme camino, conocí a Pierre Ponsot, un gran historiador francés. Fue para mí un maestro. Durante meses recorrimos juntos Andalucía, viendo archivos municipales, él dirigió un espléndido Atlas de Historia Económica de Andalucía. Fue secretario general de la Casa de Velázquez, eso fue para mí decisivo. En 1968 se estaban poniendo aquí las cosas feas, y me buscó una salida para ir a París. Me mandó en principio a dar clases a un liceo, y que me matriculara en la Sorbona con Pierre Vilar, el gran hispanista francés, amigo de Carande. Vilar me acogió con gran afecto y dispuso, nada menos, que fuera al Colegio de Francia a ver a Fernand Braudel, el sumo pontífice de la historiografía, cuyos alumnos eran los grandes catedráticos de otras universidades.

-¿Cómo fue ese encuentro?

-Braudel estaba preparando un libro sobre el origen del capitalismo. Me utilizó como lector para leer en su clase el primer libro en el que se describe el juego de la bolsa. Se escribió en un castellano complejo, en el siglo XVII, hecho por un sefardí de origen cordobés. Se llama Confusión de confusiones. Divertidísimo. Así empecé junto a él. Y decidió que no perdiera el tiempo dando clases, ordenó al administrador del Colegio de Francia que me dieran una asignación: "Haga usted lo que quiera. Viaje, investigue". Y después me animó a regresar a España, por una vía que impedía ser expulsado: entré como investigador enviado por la Casa de Velázquez, a las órdenes de su director, François Chevalier, gran historiador de América Latina y máxima autoridad en el latifundismo. Aún vivía Franco y ya querían estudiar, con un equipo interdisciplinar de ingenieros, geógrafos, agrónomos, etcétera, cuál era realmente la potencia de la España agrícola, para saber a qué se enfrentaban si entraba en la Comunidad Económica Europea.

-Después de medio siglo en Sevilla, ¿qué le gusta y qué no?

-Es una ciudad con un nivel excelente de sociabilidad, siempre me resulta grato regresar a ella. Lo que no me gusta es que, desde hace siglos, hay una sociedad sevillana que ha hecho de la ciudad su negocio, su modelo de desarrollo para acumular fortunas. Hay muy pocas ciudades en los que eso haya ocurrido. Eso les lleva a involucrarse en los órganos de poder y tener muchas ramificaciones. Eso se ve en el urbanismo, que responde a un sentido perfectamente especulativo. Así ocurrió con el ensanche de la ciudad por la Exposición de 1929. Y yo lo viví en la elaboración del primer Plan de Ordenación Urbanística tras la muerte de Franco. Con un lápiz y una goma se tomaban decisiones que pasaban por alto todos los estudios, y que perjudicaban a los habitantes de nuevos barrios.

-¿En Sevilla hay alto grado de libertad intelectual?

-Poco, hay poco rigor, poca seriedad. Recuerdo aquella nefasta Enciclopedia de Andalucía que se hizo deprisa y corriendo en la Transición, fue un fiasco. No me gusta esa Sevilla de las cosas a medio hacer, atropelladas, que casi siempre responden a intereses bastardos. Demasiadas connivencias, demasiadas complacencias. Hay complicidad de silencios. Hay ciertas causas que no se pueden abanderar. Eso se percibe en el ambiente. Proyectos muy dignos que se vienen abajo porque se topan con barreras muy sutiles, con el Cuidado, eso no se toca. Son demagogos los políticos que dicen: "Vamos a acabar con eso". Mentira. Son los primeros que se avienen en cuanto llegan al poder. La gente que se desenvuelve en Sevilla relativamente bien es la que aprende rápidamente esa lección, los que no van pisando callos. Esto no es exclusivo de Sevilla. Pero es aquí más evidente por el contraste con la sociabilidad tan fácil y agradable de la primera impresión.

-¿Por qué lleva Sevilla siglos retrocediendo en la tabla de provincias españolas y su renta per cápita?

-La economía andaluza era la primera en aportación fiscal a la Hacienda española desde el siglo XVI hasta el XVIII. Quebró su modelo y no ha sabido recuperar el liderazgo. Ha faltado gente con visiones claras de futuro. También en la transición a la democracia a raíz de la muerte de Franco. Recuerde el movimiento de presión que hubo en esos años para exigir en Andalucía una industria siderúrgica, desconociendo que era un sector con las horas contadas en Vizcaya y Sagunto. Qué falta de perspectiva. Un ejemplo actual es el proceso de unión de las cajas, no se ha creado una gran caja andaluza. En último término, siempre padecemos un problema de mala acción política. Tenemos una clase política de mimbres débiles, con poca formación y escasa altura de miras, dedicada a resolver pequeños asuntos del día a día. Y, tan importante como eso, es la falta de un verdadero tejido social que no actúe al dictado de alguien y sólo pretenda complacer a fulano o no importunar a mengano. En Andalucía, además, predominan los grupos de poder provincial más que la integración regional. Y en un mundo globalizado, es un hándicap. Esas pequeñas unidades de poder generan mentes de vuelo gallináceo, no se levantan un palmo del suelo. Esa falta de miras contrasta con lo que ocurre en Cataluña y el País Vasco. En el PNV y en CiU, incluso cuando no gobiernan, tienen muy clara su idea de sociedad, lo que quieren conseguir y cómo deben actuar.

-¿Cuál es su opinión sobre el Diccionario Biográfico Español y la polémica suscitada?

-Es una pena. Un desacierto que ha empañado un trabajo de muchos años y de mucha gente con buena voluntad y competencia. Pero una obra de esa complejidad debió tener, como ha ocurrido en otros diccionarios, unos mecanismos de contraste, de control. Eso no es censura, es rigor. El responsable de cada texto es quien lo firma pero también hay una institución que lo publica, la Real Academia de la Historia. Lo que pone en algunas biografías es escandaloso. Y era muy fácil de resolver, anticipándose al problema: elaborar las biografías más sensibles con una comisión de expertos. Ahora se produce la injusticia de que se desconfía de todas las biografías de ese diccionario, por el recelo causado por esos errores. La biografía del golpista general Armada la ha escrito su yerno, y no cita su vinculación al 23-F.

-¿Qué tiene de bueno y de malo la llamada Memoria Histórica?

-España no está siendo sujeta a una revisión de su historia reciente, sino a una investigación por primera vez, detallada, exhaustiva, importante... Hasta hace muy pocos años no hemos tenido oportunidad de ver los sumarios militares, por ejemplo. Y si no incorporas las nuevas invetigaciones, te quedas en lo que se había forjado en otra época bajo parámetros que no eran científicos sino ideológicos, tendenciosos e interesados. Ahora bien, la historia como tal no se escribe a partir del mapa de fosas, eso es ridículo. Una cosa es la legítima repulsa que ha emanado de la sociedad civil, y su afán por saber dónde estaban sus familiares, y otra es elaborar la Historia con análisis que tienen en cuenta muchos parámetros. La Historia de Argentina no se limita a contar la historia de las madres de la Plaza de Mayo.

-¿Cuál es el futuro de la izquierda política española, que ahora parece desarbolada?

-La izquierda que ha llegado al poder era puro aparato y proponía opciones oportunistas para mantenerse. No ha habido verdadera renovación en el pensamiento, en la ética. Así hemos llegado al espectáculo que se ha visto, desde el punto de vista ético, sobre el comportamiento de dirigentes y organizaciones. Los valores y actitudes que tradicionalmente se creían normales en ese pensamiento de izquierda han quedado arrinconados y oscurecidos. La acomodación fáctica es mortal para los movimientos de izquierdas. En ellos ha de ser esencial la crítica abierta. Se ha perdido, se impusieron los aparatos. Y nadie dimite, nadie ha roto un plato. Se impuso la paz de los muertos, que nadie se moviera. Todo el mundo ha ido a lo suyo. Eso es malo.

-¿Los empresarios andaluces son opacos a los historiadores?

-Cuando empezamos, hace 40 años, nos tenían mucho miedo. En Jerez llamaban a la Guardia Civil para que nos disuadieran. Ahora todo ha cambiado, los tópicos sobre el terrateniente no tienen nada que ver con la agricultura basada en empresas que exportan y que compiten. Tenemos reuniones con todo tipo de empresarios, para hablar de sequía, de mano de obra, del refino, de las marcas, de los cultivos bajo plástico... Aportan datos, asisten a nuestras jornadas, es un cambio espectacular.

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