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Antonio Guerra. periodista

"En Sevilla no se pregunta adónde quiere uno ir, sino de dónde vienes"

  • Antonio Guerra, periodista y médico, catedrático de francés al tiempo que escritor, repasa con ironía la sociología inmutable de la Sevilla del tardofranquismo, perpetuada aún en usos y costumbres vigentes

INTERIOR tarde. El periodista baja a recibir al periodista con una sonrisa. Día ventoso. La visita tiene algo de retorno al origen. La existencia, se sabe, es cíclica. El periodismo también.

-¿Alguien que en Sevilla decide decir lo que piensa es impertinente, inconsciente o alguien sincero?

-En Sevilla, concretamente, es un suicida. Tiene dos opciones: o se va o se queda en silencio. Siempre se habla de los silencios de la Maestranza, pero hay otros mucho más graves. La capacidad de Sevilla para silenciar a la gente es impresionante. Se pasa del homenaje, del exordio y del elogio a esos silencios lejanos que sientes, si has caído del podio, cuando llegas a sitios importantes. Aquí hay que estar siempre con la ciudad, por supuesto manteniendo todos esos ritos creados y teniendo mucho cuidado. Si no, ya sabes: no te van a arrastrar, pero se van a encargar de que te olviden.

-Usted empezó a percibir cómo eran las cosas muy pronto, ¿no?

-Yo empecé de periodista muy joven, mientras estaba en la facultad de Medicina. Llevé durante meses los artículos de Romero Murube, escritos a mano, a la antigua redacción de El Correo. Murube era un señorito más, las cosas como son, lo que pasa es que era un señorito que sabía poner las palabras en su sitio. Al principio me trató con esa distancia que tanto se estila por aquí. Creería que era un ordenanza. Javierre me mandaba porque a Murube le gustaba una sección -El diablo cojuelo- que yo escribía con el seudónimo de Bellum. Firmaba así porque nos perseguían por no tener el carné de prensa. El día que se enteró de que yo era Bellum su trato cambió. En su Discurso de la Mentira él dice que aunque Sevilla parezca alegre desde fuera lo que tiene no es alegría, sino "la suprema elegancia de callar su dolor". "Mire usted, don Joaquín", le respondí, "no estoy de acuerdo. Sevilla lo que tiene es gran capacidad para el olvido". Me dijo: "Joder, con el Bellum". Para mí esto sigue siendo verdad. Ninguna ciudad puede estar continuamente alegre. Cuando de verdad se conoce a Sevilla se ve que esto no es así. El primero que lo distingue es Rubén Darío. "¿Cómo puede ser la ciudad más alegre del mundo si lo que la caracteriza es el flamenco, tan triste?". Si Sevilla fuera tan virtuosa no se hubiesen producido tantos autoexilios. Blanco White no hubiese salido por piernas. Ni Cernuda, que murió amargado en México. Ni Antonio Machado, que se va de Sevilla con nueve años y la machaca con sólo tres versos: "Sevilla/sin sevillanos/ qué maravilla". Nos dejó a don Guido para que veamos cómo somos. Esta ciudad lo que tiene es una capacidad para la venganza que yo no he conocido en ningún otro sitio. Aquí hay que ser muy ortodoxo con las cofradías, con la Sevilla que siempre fue, y con esas cincuenta familias que había y que, cuando llegó la democracia, todo el mundo creía que por fin se acabarían. No fue así. Lo que se produjo fue una alianza.

-¿Cómo se puede ser uno mismo en este endiablado contexto?

-Quien se atreva a ser uno mismo, va dado. Lo digo por experiencia. Yo fui periodista en contra de mi  familia. Me decían que primero había que tener un oficio. Los periodistas eran todos sobrecogedores. Yo me enfrenté a mi familia porque fui un periodista vocacional. Cuando empezaron los problemas me dije: "¿Cuál es mi pecado? Hice artículos críticos porque, ingenuamente, creí que desde la prensa se podía  mejorar la ciudad. Me lo pagaron con una persecución terrible. Me echaron del periódico. Javierre creía haber convencido a las cincuenta familias.Era mentira. Nunca las convenció. Ellos querían un periódico, pero no un periódico de rojos. Entonces todavía hablaban así. Comprendí de golpe todo: a Machado, a Cernuda, a Blanco White. Incluso al cura [Javierre]. A todos les pasó igual. Si yo quería seguir aquí, donde estaban mis hijos, tenía que cuidar lo que decía y hacía. La ciudad te marca y te dicta. Dios te libre sobre todo de hacer crítica transparente y verdadera, con datos. Mientras más datos tengas más grande será tu catástrofe. Es una ciudad que se niega con violencia a que se critique su enorme ombliguismo. Que tiene un narcisismo enfermizo. Ninguna ciudad del mundo tiene dos tipos de creyentes: los cofrades y los normales. Ser cofrade es una cosa y ser cristiano normal otra distinta.

-¿Sevilla, entonces, construye y perpetúa su propia ficción?

-Exactamente. Pero la pregunta de fondo es: ¿quién ha construido ese mito? ¿Por qué no se quiere que caiga? Es la pregunta que yo me hacía. Cuando ellos se dan cuenta de que te estás preguntando esto... que Dios te libre. Te dirán: "Tenga usted cuidado". Esta actitud es uno de los principales inconvenientes para el progreso. La Feria, sin alcohol, se queda en lo que se estudia en algunas universidades extranjeras: un modelo de sectarismo. Conozco guías inglesas que advierten que no se debe ir a la Feria sin contactos  porque uno se convierte en el ser más desgraciado del mundo, vagando por el ferial sin saber qué hacer. Muestra muy bien cuál es el trasfondo del mito de la ciudad.

-¿No es un mito con cimientos muy débiles si se tambalea sólo porque alguien manifieste su opinión?

-Algo que perdura tanto en el tiempo no puede ser débil.  Las cincuenta familias nunca han dejado de estar. La democracia parecía capaz de cambiar las cosas pero con la izquierda las cincuentas familias no sólo no cayeron, sino que continúan. Se produjo una subterránea alianza porque quienes llegaron a la política lo que querían, en el fondo, es ser como ellas. No con su finura y educación, claro. El poder político se ha cuidado mucho de no herir desde entonces sus intereses intelectuales y materiales. Por ser justos diría que, si no se han hecho más fuertes en este tiempo, sí que han mantenido su statu quo con ventajas más que notables.

-¿Ahora en lugar de 50 son 75?

-Bueno, son los añadidos, que se llaman. Los señoritos de la política, que aún no saben serlo. Eso tarda siglos, generaciones, en adquirirse. No puede improvisarse en treinta años de gobierno. El pelo de la dehesa se les nota a todos. Los señoritos de siempre siguen teniendo sus líneas de influencia. Son enormes. No se las quita nadie.

-¿Por qué se produce esa alianza?

-Habría que preguntárselo a los políticos que pervirtieron una idea que, sin tener que hacer daño, debía de haber cambiado la sociedad. No supieron defender la dignidad de lo que pregonaban. ¿Qué era lo más cómodo? No asustar a los poderosos. Eso hicieron. Yo no digo que, como los anarquistas, haya que quemar las iglesias. No. Es otra cosa. Pero lo cierto es que la izquierda se asustó y puso, por encima de su ideología, la necesidad de mantenerse en el poder. Temían que les pasara como a aquellos alcaldes que caían en el Labradores o en Pineda. Optaron por pactar traicionando sus propios principios. Ya no hay ideología que valga. Después dijeron que los poderosos se habían hecho socialistas. Menudo cuento macabeo. Lo que pasa es que en treinta años no han sido capaces  de hacer una transformación real.

-¿Cómo era la ciudad en la que  empezó como periodista?

-Yo estaba destinado a ser médico, que es lo que fui después. Llegué al periodismo con mucha ilusión. Estaba en una ciudad a la que quería y a la que quiero. No había democracia y creí que el periodismo permitiría evitar ciertas barbaridades. Hice muchos años información municipal. Mi primer mal trago consistió en que un día un ujier del Ayuntamiento me dijo que tenía que ir con urgencia a la caja municipal para firmar un recibí. Era un sueldo para todos los periodistas que llamaban la gratificación. Me quedé blanco cuando me contaron la historia. Yo cobraba, poco, pero del periódico. Dije que no la quería. El funcionario dijo: "Cómo va a ser, pues entonces ¿qué hago yo con esta partida?".

-Técnicamente era una partida.

-Claro. Les dije que sólo cobraría del periódico. Y me decían: "Hombre, no vaya usted a pensar nada malo, es para cubrir sus gastos". Como no cedí me llamó directamente Juan Fernández, el alcalde. Como era el periodista más crítico me citó en el despacho. El hombre me dio una novena sobre la partida. Me habló de los taxis, del sacrificio del oficio... No quise coger el dinero y no reaccionó bien: "Tendrá usted que arreglar esto con su director: aquí los informadores tienen que recibir la partida para que no tengamos cargo de conciencia". Me hablaba de la conciencia... La conciencia del periodista es la independencia.

-Mala entrada ¿no?

-El segundo problema vino cuando publiqué lo del monumento que le iban a hacer a Queipo de Llano, con caballo y todo. Se hizo una suscripción popular, se recogió el dinero y descubrí que había un enorme desfase presupuestario. Lo conté en mi gacetilla. Aquello provocó pánico: la Hermandad de Alféreces Provisionales le pidió de inmediato mi cabeza en una cena a Javierre.

-La costumbre en el tardofranquismo era matar profesionalmente a los periodistas en cenas ¿no?

-Eso es casi un deporte sevillano. Una tradición. Además, saben que lo consiguen. El monumento nunca se puso. Se guardó en un almacén. La cosa llegó hasta Madrid. El Alcázar me dedicó páginas enteras con insultos. Las cincuenta familias, claro, estaban en lo del monumento. Decidieron que tenían que quitarme de enmedio. Ya le ocurrió a otro compañero que le hizo una entrevista a García Calvo en la que éste habló de la Virgen. El alcalde, Moreno de la Cova, mandó una carta de queja. Echaron al director, Rafael González. Después, a mí. Todo se agrió. La propia hermana de Moreno de la Cova llamaba a los periodistas que criticaban a su hermano.

-Llegaron a meterle en la cárcel.

-Fue por un reportaje sobre dos  niños que murieron en la carretera, en una barriada de Dos Hermanas. Dije en mi crónica que aquella gente no tenía un cauce para manifestar sus problemas. Aquello le sentó mal al gobernador civil que hubo después de Utrera Molina -porque Utrera era otra cosa, dejaba hacer- y me mandó al calabozo durante tres días. Para colmo fue el día de San Francisco Javier, patrón de los periodistas. Tiene cojones, la cosa. Afortunadamente me tocó un juez razonable. Pero fue un calvario: ya no era sólo la dictadura, sino las cincuenta familias y todos los que, sin ser de ellas, cuando las cosas se ponían  malas miraban para otro lado. No quiero ser injusto, pero eso es muy propio de Sevilla. Abunda.

-Se tuvo que ir de la profesión.

-No tuve más remedio que refugiarme un tiempo en la enseñanza. Saqué la cátedra de francés de instituto. Mi hijos no tenían que pagar mi forma de entender el oficio. No culpo al periodismo de lo que pasó. Conocí bien las entretelas de Sevilla. Lo que más me decepciona es que esta ciudad no merece periodistas así porque terminan mal. Sólo cabe hacer la terapia del silencio. Gracias a Dios me llegaron ofertas de otros sitios: el Grupo 16, el Diario de Barcelona. Terminé mi trayectoria en el Abc de Sevilla. La solidaridad profesional todavía existía. A mi juicio en el Tribunal de Orden Público fueron 350 periodistas.

-¿Irían tantos hoy?

-Me temo que no. Si algo ha ocurrido en España es que la izquierda ha diluido estos gestos de solidaridad. Con la democracia algunos creen que no son necesarios. Somos menos libres. Nos hemos dejado manipular. Se nos dice que podemos ser críticos si estamos contra la dictadura, pero no en democracia. Y la democracia, lo dijo Churchill, sólo es un mal menor. El sistema es menos malo, pero eso no quiere decir que el poder tenga razón. Hoy es mucho más difícil ser periodista.

-¿Para ser buen periodista en Sevilla le tienen a uno que gustar los toros y la Semana Santa?

-Si en esta ciudad un periodista tiene la etiqueta de costumbrista lleva ganado el 90% de su subsistencia. Nunca verás que cae un periodista costumbrista. Si ha escrito del Gran Poder y de la Duquesa tendrá garantizado el porvenir. Ahora, el que quiera contar la ciudad que está oculta tendrá siempre la desgracia de que le digan: "No eres de los nuestros". Y todo el mundo se callará. Sigo viendo las mismas estampas de entonces. Es una sociología inmutable con caladeros importantes: todos los estamentos tienen como denominador común las hermandades. Quien mejor define a esta Sevilla es Santa Teresa. Tanta amargura tenía de su paso por la ciudad que no quiso llevarse de Sevilla ni el polvo. Decía: "Las injusticias, la poca verdad, las dobleces de Sevilla". No pudo abrir uno de sus conventos sólo porque no era de aquí. El sevillano, lo dijo Unamuno, es fino y frío. Alguien que te atiborra de jamón y, cuando has caído, huye de tu lado. Como si la desgracia fuera contagiosa. Para mí lo que cuentan son las personas.

-Primer director de 'El Socialista'.

-En 1977 me llamó Felipe González y me dijo: "Guerrilla, el director del periódico vas a ser tú". Volví al periodismo. Siempre vuelves. Una etapa espléndida: viví la Transición en Madrid e hicimos un periódico distinto. Practicamos la libertad. Salvo el editorial, que se pactaba, en todo lo demás era una publicación ordinaria nada orgánica. Puse como condición que nunca haría un periódico de partido. Abrí las páginas a todas las ideologías. Cuando le tocó escribir a Emilio Romero o a Areilza en el PSOE decían que El Socialista era de derechas. Estuve hasta 1979. Me fui. La corrupción empezó antes de lo que la gente cree.

-¿Chocó con otras familias?

-La decepción personal viene cuando te das cuenta de que son todos iguales. Te vas a tu casa. Pero en Madrid aprendí algo: allí nunca te preguntan de dónde vienes, sino adónde quieres ir. En Sevilla es justo al contrario: sólo importa de dónde eres o dicen: "Tápenle para que no vaya a ningún lado".

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