Metrópolis | La Alfalfa

Todas las Historias son la misma historia

  • Fue el foro romano, zona comercial de la gran mezquita y esplendor cárnico de la Sevilla cristiana. La Alfalfa es paraguas y monte Ararat donde no llegan las aguas, vuelta de tuerca entre otros centros que nunca la descentran

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CASA Manolo es por Manolo Gómez, padre e hijo. Las dos primeras generaciones de un lugar señero de la Alfalfa en el que conviven la esencia de las tapas de siempre con el gusto de los foráneos por probarlas. Es el punto de partida para recorrer la jiba de la ciudad, su altozano predilecto, con uno de sus vecinos más múltiples. Ismael Yebra nació en la Alfalfa, en la calle Boteros –“mi hermano Pepe nació en Herbolario”–, tiene consulta en Cabeza del Rey don Pedro, calle que es en sí misma una historia con letra de romances estudiados por Pedro Piñero, y vive en la calle Candilejo. “Toda mi vida ha transcurrido en la Alfalfa, menos el año de mili que estuve en Figueras”. Soldado donde nació Kiko Veneno, es compañero de barrio y de colegio de Manuel Imán, que se recicló en California y volvió por donde solía. Músico nacido en la calle Cedaceros, otro gremio, hoy calle Pérez Galdós.

Javier Ortega es de La Algaba y lleva 25 años de camarero en la Alfalfa. De la cocina sale un sobrino de Manolo Gómez y recuerda cuando se hacían pescados inéditos por otros pagos: el sábalo en adobo, la sardina a la romana. Antes donde está el bar había una peluquería y en la parte alta trabajaba Pepita Yuste, costurera. Los abuelos del cocinero regentaban un puesto de chucherías y tebeos y el nieto aprendió a leer con Marcial Lafuente Estefanía, que compartía el podio de las preferencias con Corín Tellado.

Los camareros escuchan la lección de historia de Ismael Yebra, vecino, médico e historiador del barrio. “La Alfalfa es el pueblo más cercano a Sevilla”, dice quien es de pueblo por triplicado: de la Sanabria zamorana de sus ancestros, “en Sevilla casi todos abrían una taberna, en Madrid la mayoría de los taxistas eran de Zamora”, de Umbrete y de la Alfalfa que ha estudiado romana, visigoda, musulmana, fernandina y monteseirina.

“Es el centro neurálgico del casco histórico por la sencilla razón de que era la única zona que no se anegaba”. Ismael no entiende las mofas de quienes reparan en el callejero en la Cuesta del Rosario, ajenos a que se trata de un Tourmalet urbano. “La diferencia de dos metros era lo que hacía que el agua entrara en tu casa o no entrara. En la riada del Tamarguillo de noviembre de 1961 el agua llegó hasta el garaje de la calle Lirio, pero a mi casa no entró”. El vino sí entraba sin problemas, y ha quedado en el callejero y sus oficios: Boteros, Odreros. Los bíblicos odres nuevos que mejoran al vino viejo.

Parece una broma del destino, pero está Ismael Yebra hablando de los árboles de la Alfalfa como un espléndido decorado que oculta “una arquitectura muy fea” y aparece Fernando Mendoza, arquitecto, restaurador-conservador de la iglesia del Salvador y biógrafo de su Colegiata. El arquitecto entra con Luisa, su mujer, en Casa Manolo. Es vecino de la calle Alhóndiga, reminiscencia del pasado musulmán de la zona, una vía que termina en El Rinconcillo, donde el coronel siempre tiene quien le beba.

En la Alfalfa estuvo el Foro romano. Tenía un templo de seis columnas, dos menos que el Partenón. Tres de ellas viajaron a la Alameda, dos en perfecto estado, las que soportan las estatuas de Hércules y Julio César, y otra quedó sepultada bajo la calle Mateos Gago, antes Borceguinería. La época visigoda habla de rencillas entre dos reyes, padre e hijo, tragedia edípica librada en la plaza de la Pescadería. La iglesia del Salvador fue la mayor mezquita de la ciudad en la época musulmana. “El barrio se cerraba de noche, como en Granada”. La calle Alcaicería era de la Loza, Alcaicería de la Seda era el nombre de la calle Hernando Colón.La Sevilla cristiana a partir de 1248 lleva a la zona afamadas carnicerías, un género que llega desde el Matadero a través de la Puerta de la Carne, que a esa función debe su nombre. El camarero de Casa Manolo sacaría sobresaliente en un examen de Historia. Ya no está el Gran Tino donde Garmendia dejaba sus textos ilustrados, sus impagables críticas gastronómicas que no dejaban percebe con cabeza. Del Gran Tino a la Alicantina, el mundo villaloniano de un químico con barba de Zurbarán.

La Alfalfa es su paisanaje. Además del estanco más antiguo de la ciudad, como acredita el número 1, tiene dos puestos proustianos para ver pasar el tiempo: el de las flores, que regenta el algabeño Paco Gómez Tristán, pariente del único sevillano que tiene el Pichichi como máximo goleador en tierras coruñesas. El florista nació en 1969, el mismo año que Ricardo Jiménez, que desde hace dos décadas largas vende periódicos en el puesto que abrió su abuela Rosa Martínez, una pionera de Isla Cristina.

La Alfalfa presume de ídolos locales: Rocío Vega Farfán, la Niña de la Alfalfa; o Manuel García Cuesta, el Espartero, diestro al que el toro Perdigón mató a la edad de 29 años abriendo en canal la frase que lo llevó a los anales: más cornás da el hambre. Espartero por el esparto del negocio familias, no por Espartinas, la patria chica de Espartaco. Persianas Alfalfa, todo para el costalero, es un clásico de los complementos de la Semana Santa que también abundan en Alcaicería. Como torero, una placa recuerda al costalero muerto, José Portal Navarro, vecino de San Bernardo, el Miércoles Santo de 1986.

De la Alfalfa a la Alfalfa por Figueras, como en un cuadro de Dalí, Ismael Yebra dibuja recuerdos y vivencias. Una de las primeras casas que se le atribuyen a Aníbal González, en la calle Espronceda, donde vivió el fotógrafo Carlos Ortega y fue sede efímera de la Asociación de la Prensa en el relevo de su directiva. Con diez jamones por banda...

Por la Alfalfa pasea un futbolista que salió de un campo de fútbol como los toreros que cortan orejas y rabo y ven el paseo Colón por la puerta del Príncipe. Carlos Alberto Pintinho marcó cuatro goles en La Romareda, templo de los Cinco Magníficos, en un Zaragoza-Sevilla de 1981, debut de Manolo Cardo en el banquillo y Francisco López Alfaro en el equipo. Jugó con la selección brasileña en los Juegos Olímpicos de Munich 72 y las eliminatorias del Mundial de Argentina. Pasea con Guillermo yMerlín Blázquez, hijo y nieto de José Antonio Blázquez, que ejerció la crónica balompédica y la crítica flamenca y prestó sus manos al escultor que trazó las de Manolo Caracol. Pintinho tuvo en la Alfalfa un bar de mojitos y caipirinhas, junto a San Isidoro.

El 16 de junio de 1978 abrió sus puertas en Boteros Garlochí. El dueño no eligió el Ulises de Joyce sino una canción de Isabel Pantoja para bautizar el local. Entre sus últimas visitas, la actriz Uma Thurman. Muy cerca, donde estaba la Sastrería Carlos, que regentaba el padre del poeta, editor y director de la Casa de los Poetas y de las Letras, Pepe Serrallé, está la librería Boteros.

El doctor Yebra es hermano de San Isidoro, que sale cada Viernes Santo. Don Geraldino es el párroco. Una cruz recuerda lo que fue un cementerio parroquial. “Dicen que antes fue sinagoga”. Anima al visitante a mirar desde las alturas de este haz de cuestas la perspectiva en la que se unen San Isidoro y San Alberto, la iglesia de los Filipenses de San Felipe Neri. “Parece Constantinopla”. Uno de esos misterios que se escapan a la postal, no a quien sabe que un monumento es mucho que trazos y piedras. Los ojos de Yebra o de Álvaro Pastor, que cambió Paradas por el cantón de la Alfalfa. Hay una hermandad de gloria cuya titular, la Virgen de la Salud, es también patrona de Cabrales por una historia de ojos y barcos.

Cabeza del Rey don Pedro remite a una guillotina doméstica. La testa del monarca es una copia de la original, que está en la Casa de Pilatos. La calle Corral del Rey, la Taberna del Rey en la que hace un alto Juan Barrera, bibliofilo y encuadernador. Rey Cruel en unas crónicas, Justiciero en otras. Muñoz y Pabón marca el límite de la Alfalfa. Autor de las letras que cantan los seises. La misma calle en la que vivió el músico Manolo Marvizón. La autodeterminación de la Alfalfa tendría mucha más consistencia que algunos aventurerismos sectarios. “San Pedro o Santa Catalina ya son otros barrios y ambientes”.

El barrio, la collación es la última esperanza contra la globalización, la franquicia, la uniformidad. Donde nunca subieron las aguas, sólo el aguador, se empeña en subir el ángel exterminador que quiere hacer tabla rasa de lo diferente, envolviendo lo espureo en una falsa originalidad. En la aduana de Casa Manolo se certifica la autenticidad de los caracoles o los serranitos.

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