Desde Triana a "la Arabia"
aventura Un artesano comunista que trabajó en el Gran Poder
Manuel Rodríguez Carmona fue en 1984 a trabajar de escayolista al palacio que se estaba construyendo el príncipe heredero de Arabia que murió el pasado junio
Cuando Manuel Rodríguez Carmona (Sevilla, 1930) se enteró este verano de la muerte en su lujosa mansión de Ginebra del príncipe heredero de Arabia Saudí, Nayef bin Abdelaziz, este trianero dedicado toda la vida a la escayola recordó un episodio digno de Las mil y una noches.
"Ese hombre me regaló una chilaba que después me la perdió un pintor que se la puso de beduino en la Cabalgata de Reyes Magos de la Alameda". Al príncipe heredero lo conoció en sus dominios, cuando Manuel, con una veintena de escayolistas sevillanos, se fue el verano de 1984 a trabajar en la decoración del palacio que este príncipe se estaba construyendo en Taif, provincia de La Meca, a 1.879 metros sobre el nivel del mar.
Volaron de Sevilla a Roma y en esta ciudad cogieron un avión ruso que les llevó a "la Arabia". "El palacio estaba en una montaña que habían aplanado. Aquello era mayor que la Expo". Una torre de Babel. "Llegué a contar hasta 36 lenguas. Allí trabajaban afganos, paquistaníes, eritreos, somalíes, marroquíes, turcos, argelinos, indonesios. Los trabajos más duros, eso sí, los hacían los filipinos. Con todos nos llevamos estupendamente. No me he reído más en mi vida. Con todos, menos con los valencianos, que son faeneros, pero de escayola no tienen ni idea. Por eso nos volvimos a los cuatro meses. Por no aguantar a los valencianos. Y allí había trabajo para veinte años, era como Aranjuez, cuando el Rey nuestro empezó a construir chalecitos, palacetes y jardincitos y no se acababa nunca".
Era un país distinto, muchos idiomas distintos y unos criterios de trabajo distintos. "La constructora estaba en Malta y los planos estaban en pulgadas, no con el sistema decimal". Pero Manuel reunió a su gente, los mejores del gremio, y les dijo que quién dijo miedo. "Cuando hice el aprendizaje en Sevilla, tuvimos el privilegio de tener de maestros a los que habían aprendido el oficio en la Exposición del 29".
El príncipe heredero iba de vez en cuando a inspeccionar las obras. "Traía un montón de tíos de escolta, ¡no se fían poco los árabes unos de otros, en la misma familia! Llegó allí y colgó su chilaba en el taller. Como todos vestían iguales, yo creía que era un perito o un arquitecto. Empezamos a hablar, porque hablaba igual que nosotros. Me contó que había estudiado secretamente en la Academia Militar de Toledo".
En la división de tareas, los oficiales eran europeos y el peonaje africano y asiático. "La pintura industrial la traían los franceses. Las piscinas eran interiores, porque el Corán prohíbe bañarse en público, y las hacían italianos. El mármol lo colocaban portugueses, que no me creía que trabajaran tan bien. Los sistemas de alarma y protección eran cosa de los yanquis". No extrañaron la comida. "Teníamos dos cocineros valencianos y Juanito Osuna, el de la confitería. Los cocineros ganaban más que nosotros".
A Manuel, el trabajo le llegó por uno de los maestros por los que siempre ha mostrado más respeto: Manuel Guzmán Bejarano, arquitecto de retablos, como consta en el taller que hoy lleva su hijo en la calle Pizarro. "Guzmán Bejarano estaba muy liado, estaba acabando el trabajo en la Almudena de Madrid y cuando tenía problemas siempre me llamaba a mí".
Trabajó en talleres de las calles San Vicente o Juan de Lugo y en un corralón de la calle San Luis donde llegaba el material en camiones de Fuentes de Jiloca (Zaragoza) y tenían que sacarlo en isocarros. El oficio lo lleva en los genes. "Mi padre era carpintero, pero había estado en la cárcel y trabajando en el Valle de los Caídos, y mi tío Eduardo se lo llevó a trabajar en la iglesia del Museo. Yo todos los días iba desde Triana a llevarles el almuerzo a mi padre y a mi tío". Y así empezó este escayolista su relación profesional con las iglesias.
Izquierdista de cuna, "yo nací en Triana porque mis padres tuvieron que salir de Fuentes de Andalucía, donde se estaba ensayando un comunismo libertario como en Casas Viejas", militante comunista, Manuel subió a las alturas del andamio para trabajar en la escayola que se ve en la cúpula de la Basílica del Gran Poder. "Los arquitectos Antonio Delgado Roig y Alberto Balbontín, que dirigían la obra, nos hacían muchos encargos en el taller".
Tercero de los ocho hijos de Cristóbal Rodríguez y Francisca Carmona, el día que se casó con Rafaela, año 1959, se independizó profesionalmente. "Se lo dije a mi socio. ¿Toda la vida vamos a estar así? Había verdaderos artistas, fabulosos, trabajando sábados y domingos porque les hacía falta en sus casas". El escayolista comunista se casó en el Gran Poder. "Tuve un roce con el cura, que me preguntó que cuántos dioses había. Tres o cuatro, le dije. Se enfadó y le contesté que era su problema, que él vivía de eso y yo de la escayola. Me casé por la iglesia por mi suegra y por mi madre, que era un poquito religiosa".
Ha trabajado en el patio de las Doncellas del Alcázar, en la fachada de El Corte Inglés, en los cines Bécquer o Florida, en la casa-palacio del obispo de Huelva, provincia en la que trabajó durante ocho años. "Se ganaba mucho dinero y algunos hicieron su feudo". Años después, los árabes volvieron a buscarle. "Tuvimos un encuentro en el hotel Macarena para que trabajara con ellos en el pabellón de la Expo. Pero era mucha faena y no queríamos terminar como terminamos allí".
Recuerda a su maestro Joaquín Rodríguez Correa, a su socio Antonio Gutiérrez Jurado. El hijo del carpintero ve el final de la saga. "La escayola se ha perdido. A uno de mis hijos no se le daba mal, pero vive con una francesa en Zahara de los Atunes". Estos días, la muerte del príncipe heredero confirmado en octubre del año pasado para suceder a su octogenario hermano le ha devuelto a aquella aventura exótica y le gusta recordarla con los amigos con los que comparte tertulia en los bares de la Alameda.
Fue bonito mientras duró. "Nada más llegar nos dieron una vuelta en autocar. Allí anochece muy pronto y pregunté que dónde dormíamos. Nos querían meter en unos barracones con árabes. Les dije que cogíamos el avión ruso y ya estábamos en España. Nos alojaron en un hotel de cinco estrellas donde solían reunirse los de la Liga Árabe. Entrábamos por una puerta trasera con los monos llenos de manchas de pintura. Nos daba un poco de vergüenza. Nos metieron en casitas de una barriada construida junto a una academia militar". Como en Rota o en Morón, pero en los dominios de Scherezade.
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