"El artista es el que le puso la cerveza"
calle rioja
Tapa y pintura. Un camarero de La Norte expone por tercera vez sus cuadros en este bar de la Alameda, frente a la comisaría, que ha convertido en su galería y pinacoteca particular
El bar en el que trabaja es su galería y su pinacoteca. Alfonso Martínez Valle (Sevilla, 1975) es camarero de La Norte Andaluza. Algunos clientes se interesan por la autoría de los cuadros que adornan este establecimiento sito en la Alameda esquina con la calle Lumbreras. "Los ha pintado el camarero que les ha puesto la cerveza", les dice un compañero desde el mostrador.
Alfonso, el mayor de tres hermanos, el único de los tres que nació antes de la muerte de Franco, estaba predestinado para las artes. Nació en la calle Torrijiano, nombre de artista en los callejones de la Macarena. Era la casa de su abuela en la que nació su madre, la Manola, que es como él firma sus cuadros. Una forma de retener la memoria del ser que le dio la vida y que ahora padece los estragos del alzhéimer.
La Manola fue también el nombre del bar que Alfonso abrió con su hermano Miguel, el segundo, en la calle Virgen de Luján. "Yo pintaba las tapas, los caracoles me salían muy bien, y mi hermano tocaba la guitarra. Era un bar muy simpático. Dos chicos de la Alameda formamos el taco en Los Remedios, la verdad es que triunfamos". Parece una historia de Gonzalo García Pelayo. Este club Dumas de tres mosqueteros se completó con Antonio, el benjamín, llamado por las musas del fútbol. "Llegó a entrenar con Bilardo, pero en el último partido de la División de Honor de juveniles, en un Sevilla-Badajoz, le partieron la tibia y el peroné y ahí se acabó su sueño".
La Manola y Miguel, el padre del pintor, se conocieron en los Almacenes Cuervas, donde su progenitor trabajaba de encargado en las tiendas de Laraña y Puente y Pellón. Miguel Martínez, el padre de los tres varones, nació en el Fontanal, el barrio de Lopera y de Luis Cuervas. "Mi padre estuvo en el bautizo de Lopera… en el vientre de mi abuela". Su madre fue de las primeras empleadas de los Almacenes del que fuera presidente del Sevilla.
Camarero pintor o tal vez pintor camarero. "La vocación me llegó muy pronto. En el instituto San Isidoro tenía una libreta en la que hacía caricaturas de los profesores. Un día me pilló el profesor de Filosofía, Abelardo Rodríguez, me cogió la libreta y me echó de clase. Cuando me la devolvió, reconoció que su caricatura era buenísima".
Tiene un gran bagaje profesional. Muy joven, se marchó a Madrid con una franquicia de la Antigua Abacería de San Lorenzo que Ramón López de Tejada tiene en Teodosio esquina con Marqués de la Mina. "Estábamos en Lagasca, en el barrio de Salamanca". Recuerda que fue uno de los últimos años de la peseta, una revolución en las propinas. Aprovechó para visitar el Museo del Prado. "Me pasaba las horas, pero prefiero ir al Bellas Artes de Sevilla, el gran desconocido para muchos sevillanos, que no tiene nada que envidiarle a los mejores museos del mundo".
Siempre llevó en paralelo las comandas y los cuadros. "Animado por la que era mi pareja, Mónica, la persona que más ha creído en mí, me apunté a un curso de Dibujo e Ilustración de la Fundación Valentín de Madariaga". A las cuatro y media salía de La Norte y a las cinco empezaba las clases en la Fundación, el antiguo pabellón de Estados Unidos de la Exposición del 29. Los alumnos hicieron una exposición con los trabajos. "Vino una señora de Barcelona y me dijo que mis cuadros le recordaban la obra de Tapiès. Me vine arribay empecé a saber cosas de ese artista".
Es su tercera exposición en La Norte. Le está muy agradecido a Rosa en representación de la familia que regenta este local de reminiscencias montañesas. Ha vendido casi todos los cuadros de su última remesa. En todos aparece un ojo casi orwelliano. Ha contado con la ayuda para pintar de su vecino Pepe Quero, actor de Los Ulen, vecino del barrio y cliente de La Norte.
Los mejores cuadros los pintó con el confinamiento. "Para mí fue una bendición. Cada dos días bajaba al chino a por materiales". El último que ha vendido se titula Angustia, un sentimiento que se ha extendido por todo el país como una patología colectiva.
Si un duende le permitiera conocer a sus pintores favoritos, elegiría a Dalí, "lo prefiero a Picasso, del que admiro su Guernica", a Velázquez, Goya, "conecto mucho con su tenebrismo", y Van Gogh. "Me gustaría hacer como Gauguin, irme lejos a pintar". Su paraíso lejano es Cuba,donde viajó hace tres años "y me impregné de sus colores"; el más próximo, el Cabo de Gata. La Manola, su nombre artístico, está pendiente en todo momento de la Manola, la que le dio el Valle de su segundo apellido. Está leyendo Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y le impresionó Sobre héroes y tumbas de Sabato. También jugó al fútbol: Divina Pastora, Esperanza Macarena, Soleá del Polígono San Pablo. Como pintor que es, "era muy pinturero jugando".
Habla todos los días con Chicuelo, Caracol y Pastora, en el aire de sus estatuas. Hizo prácticas en el Hotel América después de un curso de inglés, conserjería y recepción. Siempre los cuadros y las consumiciones, con el paréntesis del servicio militar en la base del Copero, donde está la brigada de Helicópteros, los boinas verdes, algunos de los cuales prestaron sus servicios (y hasta dieron la vida) en ese viaje a ninguna parte llamado Afganistán.
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