Sevilla

Con el báculo y el corazón

  • Monseñor Amigo ha gobernado con un inconfundible estilo propio

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Ha pasado en casi tres décadas de mandar a su secretario a buscar editorial para publicar sus libros a recibir llamadas de las principales firmas con sede en Madrid reclamándole nuevos títulos. Se le vienen encima nuevos tiempos. "Ahora quiero escribir, me encanta escribir. Quiero vaciar mi pensamiento sobre San Francisco de Asís. Y quiero aprovechar para escribir mucho más..." Monseñor Amigo no remata la frase, pero se refiere, muy probablemente, a la necesidad de escribir con más libertad, de pronunciarse con más soltura, sin los corsés del cargo. Con el eco de la púrpura, pero sin los condicionamientos de Palacio. La pasión por la literatura tendrá que ser compaginada, al menos en los próximos cinco años, con los compromisos propios de cardenal, pues los purpurados lo son en activo hasta los 80 años. Y todo lo cual sin olvidar la prórroga en Sevilla que le puede conceder el Papa. Estaría feo que un cardenal de tan dilatado pontificado tuviera que abandonar el Palacio Arzobispal mañana mismo. Bastante ha tenido ya con la designación de un coadjutor a menos de un año de cumplir los 75, por mucho que se insista desde todos los resortes de la oficialidad que la decisión fue a petición del propio cardenal. Por fortuna, esta cuestión no es materia de dogma.

Pastor y gobernante. Enérgico y templado. Genio y figura. Pilar Miró supo bien de la mano derecha del arzobispo de Sevilla cuando en las vísperas de la Boda de la Infanta Elena fue llamada al orden por extender el cableado de las cámaras de televisión por lo alto de la rejería del altar mayor, del siglo XVI. Dicen que la cineasta bajó la escalera palaciega de Leonardo de Figueroa jurando en arameo. Y muchísimas personas saben de su mano izquierda, de su habilidad negociadora, de cómo le encanta el ejercicio de la libertad cuando se ha pronunciado a favor de las huelgas generales o ha recibido en Palacio a los colectivos de gay y lesbianas. Siempre ha tenido algo de agitador este cardenal de pelo plateado. Una vez admitió que la Iglesia no tiene cuerpo policial ni instrumentos coercitivos para hacer cumplir sus disposiciones. Por eso, monseñor Amigo se ha servido siempre de la palabra y ha manejado los tiempos, las fotografías, las recepciones y las entrevistas periodísticas para hacerse notar e influir a la hora de conseguir dinero para restaurar un templo o desactivar un encierro de mineros en la Catedral.

En su final de pontificado se le nota más que nunca el hábito franciscano bajo la púrpura. Parece experimentar un retorno a sus orígenes. Se acuerda a cada momento de los pobres, de los presos y de los vecinos de zonas conflictivas de la ciudad. Como se acordó en Roma del nuevo cardenal africano que estaba a su lado y que llamaba la atención porque no tenía quien le abrazara en la ceremonia ad calorem dedicada a agasajar a los nuevos Príncipes de la Iglesia. Monseñor Amigo le pidió a un grupo de sus seguidores que fueran a felicitar a aquel negrito vestido de colorado cuya soledad en el aula Pablo VI contrastaba con el bullicio de los cientos de andaluces y castellano-leoneses de su feliz séquito.

Cuando recorre la nave central de la Catedral para oficiar un gran culto lleva siempre la mirada al frente, sin concesiones ni saludos a los rostros conocidos. Agarra el báculo con la derecha y tan sólo rompe la disciplina para posar por un instante casi imperceptible la mano izquierda en el hombro de un minusválido en sillas de ruedas. Con el báculo y el corazón. Así es este arzobispo al que telefonearon para hacerle cardenal justo cuando estaba de visita en una cárcel.

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