La canción del verdugo

Homenaje. Las reuniones contra la pena de muerte, organizadas por María Asunción Milá, se celebraban en la casa-palacio de Mateos Gago.

La canción del verdugo
La canción del verdugo
Francisco Correal

31 de octubre 2016 - 05:03

NOVENTA y siete años. Se dice pronto. Lo que ha vivido esta mujer, María Asunción Milá, una barcelonesa que se enamoró de un sevillano, Manuel Salinas Benjumea. Madre de 12 hijos, abuela de 22 nietos, bisabuela de 22 bisnietos, como cinco equipos de fútbol sin salir de la estirpe. Llegó acompañada de dos de esos nietos, Álvaro y Alejandra. A la abuela la hacen cosmopolita sus nietos: Álvaro trabajó en Londres; Pablo, abogado, acaba de volver de París, según le contaba a su colega José Rodríguez de la Borbolla. El ex presidente de la Junta de Andalucía no se quiso perder el homenaje a María Asunción en la Facultad de Derecho. También estuvieron Ignacio Medina, duque de Segorbe; Fernando Parias Merry, alcalde de Sevilla cuando María Asunción puso en marcha la Asociación contra la Pena de Muerte; o el periodista Antonio Burgos.

Cada uno contaba cómo empezó a oír hablar de una señora que viviendo en una casa-palacio sevillana se preocupaba por el destino de los condenados en los corredores de la muerte, a los patíbulos que todavía están legalizados y legitimados en tantos países del mundo. Estudió Teología en San Telmo con profesores de los que se acuerda todos los días y todos los días reza por ellos. En su casa se reunían los componentes de la asociación, que presidía el sevillano de Palencia, el palentino de Sevilla, el germanófilo de Capela, Ramón Carande.

Luis Arroyo Zapatero, penalista vallisoletano, la conoció en un congreso contra la pena de muerte. Antonio Enrique Pérez Luño oyó hablar de ella en Salamanca, donde se estrenó como profesor, por lo que le comentaban los penalistas Enrique Gimbernat y Carlos García Valdés. Los dos aparecían fotografiados con María Asunción en la foto que se proyectó para cerrar el acto. García Valdés fue director general de Instituciones Penitenciarias en el Gobierno de la UCD. Junto a ellos aparecían el profesor José Luis López Aranguren y Alberto Iniesta, el obispo de Vallecas que se convirtió en el verso libre de los últimos coletazos del nacionalcatolicismo. A Antonio Burgos le debemos el hallazgo del santo seise, como denominó a Manuel González, el sevillano que fue obispo de Palencia (Carande a la inversa), sobrino de José María González Ruiz, el párroco de la O que pasó a canónigo de la Catedral de Málaga y acuñó la expresión de nacionalcatolicismo que tanta fortuna tuvo entre la pogresía de manual.

De los 12 hijos (murió el segundo, José María) conozco muy bien al primogénito, el pintor Manuel Salinas. Digno hijo de esta joven casi centenaria. Un artista de relevancia internacional que vive como un vecino más de San Lorenzo y que, como he contado alguna vez, en lugar de estar entre el Thyssen y el Guggenheim se siente más cómodo haciendo vida de barrio: desayuno en El Sardinero, cervecita en Las Columnas, arreglo del pelo en Melado, ejercicios físicos en el gimnasio de Diego Poley y espirituales en la misa de siete y media en el Gran Poder.

Mientras se celebraba el homenaje a María Asunción Milá de Salinas, hermoso mestizaje entre Cataluña y Andalucía, se había formado una cola de jóvenes estudiantes. Era para inscribirse en unas jornadas sobre Derecho y Google. No hay tecnología más radical que la solidaridad. Eso no entiende de soportes. Pérez Luño contó que los estatutos de la asociación contra la pena de muerte los redactó Eduardo García de Enterría, el catedrático y académico que acompañó a Carande en la colocación de la placa en homenaje a Antonio Machado en la entrada de Las Dueñas.

El arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, estaba entre el público, pero rompió el protocolo para felicitar y bendecir a María Asunción, la mujer que se cartea con el papa Francisco y con los presos del corredor de la muerte. Una pena capital que en dos de sus manifestaciones reales dio lugar a dos joyas de la literatura, exponentes del nuevo periodismo: A sangre fría, de Truman Capote, y La canción del verdugo, de Norman Mailer.

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