El cielo azul de los niños pintores
calle rioja
Aniversario. La Fundación Alberto Jiménez-Becerril organiza un Muro del Recuerdo con la programación de diversas actividades infantiles en la Alameda y Santa Clara.
LA mañana era completa y heterogénea en la Alameda. Por la calle Belén aparecía una cuadrilla de costaleros de la Hermandad de los Javieres en uno de los primeros ensayos. El capataz llevaba la lista con las nuevas incorporaciones. Los viajeros de los autocares de turistas contemplaban atónitos la escena. Atuendos poco invernales, una halterofilia mística y el séquito que siempre acompaña a estas manifestaciones. En el parque más próximo al Multicines y al reloj del soporte inclinado, un grupo de madres se preparaban para afrontar una nueva semana. Empezaba el cuentacuentos en la librería La Extra Vagante. Los maridos estaban ausentes porque participaban en la media maratón que había salido de la Cartuja. El marido de Lola también habría sudado de lo lindo, pero estaba en otros menesteres: bien temprano, tan temprano como cuando se levanta para atender su campito de sol a sol, se fue de caza a Fregenal de la Sierra.
En el centro de la Alameda habían levantado un muro que a lo lejos parecía de hormigón y al tacto se comprobaba que era de cartón. Elena, la monitora de la actividad, proveía a todos los niños que se acercaban de pinceles y de pintura para pintar el muro de azul cielo. El Muro del Recuerdo, se titulaba el folleto que recogían los padres de los afanosos pintores. Un documento con textos de Teresa Jiménez-Becerril, eurodiputada, Rosa Regás, novelista ganadora del Premio Planeta, y David Trimble, político irlandés.
"Los años pasan, pero los deseos de justicia y de libertad siguen intactos, igual que el dolor". El texto de Teresa Jiménez-Becerril encabezaba el folleto que leían los padres mientras sus hijos llegaban al cielo con ella igual que los costaleros que ensayaban a pocos metros. Ojalá Teresa no hubiera sido nunca eurodiputada y sus apellidos nadie los relacionara con el asesinato de su hermano Alberto y su cuñada Ascensión ocurrido el 30 de enero de hace 15 años. Eran padres de tres niños con edades de nueve, cinco y cuatro años, como algunos de los que en caótica kermese pictórica azulaban el muro de cartón por ambos lados.
El resultado era una obra de arte y todos, para estupor de algunas madres, salían con las manos de pintor de brocha gorda y el traje de domingo pidiendo a gritos un lavado con centrifugado. Esta actividad se desarrollará hasta el 3 de febrero en el espacio Santa Clara, en la calle Becas, con la colaboración de la Fundación Alberto Jiménez-Becerril, el Senado, la Fundación Víctimas del Terrorismo y el Instituto de la Cultura y las Artes. "Yo coincidía muchas veces con Alberto, José Luis Villar y Luis Pizarro tomando café con churros en la casa de Soria", dice Otto al conocer el motivo de este despliegue.
Una vez completado el muro, algunos niños jugaban a derribarlo, un homenaje inconsciente a la desaparición del muro de Berlín cuando se cumplen ochenta años de la llegada de Hitler al poder. Con su llegada, se institucionalizó la víctima del terrorismo como una categoría cotidiana. "Matar a un ser humano carece de justificación", dice Rosa Regás en el texto, "y no hay en este bajo mundo ningún ideal que tenga credenciales para ello, aunque se haga en nombre de Dios, de la patria, del orden, de la ley o de la justicia".
Los infantiles pintores, mi hijo Paco y su amigo Gonzalo entre ellos, volvían al parque con las manos llenas de pintura. Ellos no tienen por qué saber el motivo del recuerdo. Les debemos un mundo mejor para no hablarles "en nombre de las vidas aterrorizadas por el terror", como escribe David Trimble. Regresaban los padres maratonianos, el capataz elegía a los costaleros idóneos y llegaba a su fin el cuentacuentos en la Alameda. A la hora del Angelus le seguía la de la cervecita en las cuatro esquinas de este rectángulo mágico donde ayer se recordó el dolor de dos ausentes y la incredulidad, ésa que les habrá acompañado desde entonces, de sus tres hijos huérfanos por la infame aplicación de un narcisismo antropológico de corta mira y largo alcance.
El Recuerdo del Muro se mezclaba en los adultos con el Muro del Recuerdo. Aquel que se derribó en 1989 y se convirtió en un souvenir. El año que Alberto Jiménez-Becerril se estrenó como diputado andaluz, una etapa mucho más breve que su trayectoria municipal. La vida, dice Regás, "es un don tan personal y privado que nadie puede disponer de él bajo ningún concepto". En su inocencia, la que les impidió llegar a su casa aquella noche, esa pareja estaba más próxima a la bendita inopia de los niños que pintaban las cajas de cartón, adoquines sublimados, que al conocimiento empírico de los mayores, curtidos en hipótesis y en axiomas que al final no conducen a ninguna parte. Sus hijos ya son mayores (los tres en edad de votar), pero a ellos los mataron tan jóvenes, con tanto por hacer, que se les ve como niños, mezclados entre quienes los homenajeaban sin conocerlos, sin haber oído hablar nunca de ellos, ajenos al bombardeo informativo, a la dichosa actualidad.
Pasaban el 13 y el 14 por la Alameda camino de la Plaza del Duque. Los corredores sudorosos se iban en busca del baño reparador. "He hecho 1,39", decía Enrique, que además practica el triathlon. Alonso hizo una marca más modesta. Abril y Eldar aparecían con sus bicicletas, precoces del pedal. Berta llegaba al parque con su abuela y Valentín, el padre de Andrés, decía que hay un lugar de la Alameda desde el que se ve la Torre Pelli. Sevilla es la ciudad de los (h)unos: tiene un rascacielos, una línea de Metro y 1.500 bares.
El miércoles es el día de la conmemoración. Día para el recuerdo compartido, todos a una como esas manos infantiles que trenzaban un cielo simbólico por el que andan esos ángeles a los que alguien les robó la madrugada. Sonó el despertador en esa casa, pero nunca se despertó el edil que amaba los relojes infantiles. Quince años. La niña bonita. Los niños pintores paisanos de Velázquez y Valdés Leal, de Murillo y Zurbarán, extremeño de Sevilla, como los cazadores de Fregenal. Los asesinos del 30 de enero pintaron un aguafuerte de Goya y al cielo azul de Sevilla le echaron aguarrás. Gonzalo y Paco y Andrés y tantos otros niños algún día sabrán que ese día de enero pintaron por una causa justa, que valió la pena echar el abrigo a la lavadora. Le dieron un abrazo en el tiempo, alas de 15 años, a esos tres niños que se acostaron con un beso de buenas noches y se levantaron con un presagio de malos días. El tiempo sigue y somos costaleros de esa causa común para que el capataz sin nombre y sin pulso nos empuje a repudiar a los que se sienten dueños de las vidas ajenos por estupideces que salen en las esquelas pero a las que no les dedicará una línea la Historia con mayúsculas. Patrimonio del ser humano.
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