La heroica ciudad dormía la siesta
calle rioja
Método. Un buen título y una buena primera frase son fundamentales para que una novela funcione, según los secretos de trastienda literaria revelados con humor por Muñoz Molina.
AUNQUE dedicó 958 páginas a contar una historia de amor personal y de desamor colectivo en plena guerra civil, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), cree que en títulos como Madame Bovary ya está dicho todo, "la mujer de Bovary, en eso consiste el drama"; que todo se cuenta con comienzos como el de La Regenta de Clarín: La heroica ciudad dormía la siesta.
Como Elvira Lindo hace tres semanas, Muñoz Molina llenó el salón de actos de la Fundación Cajasol. Dos funciones para estos secretos (literarios) de un matrimonio. Con diferencias notables. "Yo no tengo buen oído, por eso en mis novelas no hay mucho diálogo. Elvira tiene un oído natural". Alejandro Luque, animador de estas confidencias de trastienda (Aprendiendo a escribir novelas), lo atribuye a la procedencia gaditana de la escritora, paisana de Quiñones. "Son culturas muy orales", dice el andaluz del norte de los andaluces del sur.
Viaje al interior de las novelas de Muñoz Molina. La idea de Beatus Ille se la dio el preso al que vio salir de la prisión en su época de estudiante en Granada; El invierno en Lisboa la escribió antes de sacarse el carné de conducir. "El protagonista veía por el espejo retrovisor a su amada. Eso será muy bonito, muy romántico, pero es imposible". Después de terminar Plenilunio, encontró cuatro o cinco líneas en un cuaderno con el resumen de esa historia tan tremenda. El título de La noche de los tiempos era originariamente para Sefarad. Una de las peores críticas de su vida la recibió en el periódico donde firma cuando apareció El jinete polaco. Tuvo el mejor desagravio: un artículo de Juan Carlos Onetti titulado "Un jinete muy bien venido".
Generosidad es una palabra clave en su vida. La que le dispensaron Carmen Martín Gaite, Miguel Delibes, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Salman Rushdie. O el uruguayo. "Un día me llamó por teléfono Félix Grande, al que yo no conocía. Había leído El invierno en Lisboa y me dijo que se lo había recomendado Onetti".
Las cosas han cambiado. Hay internet, lo que facilita la documentación. El escritor dejó de fumar. "Cuando estás metido en un libro tienes una sensación de agobio, de desaliento. Buscas todo tipo de fórmulas para hacer otra cosa, para dar vueltas. Antes cuando fumaba había entretenimiento. El tabaco, el mechero, el papel. Ahora no hay nada. Tienes que ponerte y ponerte todos los días y hay días que tienes ganas y días que no, días que sale y días que no sale".
Es fundamental borrar, quitar y callarte. Verbos en negativo de un creador que huye de los latiguillos. "Con que no pongas ruido ensordecedor ya hemos adelantado bastante. Emblemático e icónico deberían estar prohibidas". La primera frase, fundamental, "no es para seducir al lector, es para seducir al autor".
Pasó el verano leyendo el Quijote y el Guzmán de Alfarache. En el segundo libro, necesario para que existiera el primero, "sólo hay amargura". Un pretexto para criticar la reducción de la realidad, tan compleja, sólo a negación, oscuridad, feísmo. "En los años setenta se consideraba burgués en la Universidad apreciar la belleza o leer a Proust. Hay escritores y columnistas que sufren sin cesar; sufren por ser español, les indigna ser español".
El secreto es no tener secretos. "Aquello que te sale bien, tiendes a abusar de ello. En todos los libros tiendo a abusar de una palabra. Si el estilo se pasa se convierte en amaneramiento y tú te conviertes en imitador de ti mismo". Peligro conjurado. Antonio Muñoz Molina no hay más que uno.
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