Historia del primer muelle de Sevilla
A partir del siglo XV los documentos hablan de cinco muelles: tres en la del Arenal (el de la Catedral o de la Aduana, el Arenal y el Barranco) y dos en la de Triana (Muelas y Camaroneros)
Ahora que se habla de la rehabilitación y apertura al público del muelle de Tablada del Puerto de Sevilla, próximo a su centenario en abril, creemos conveniente divulgar la historia del primero que tuvo el río Guadalquivir a su paso por nuestra ciudad.
Por lo que se refiere a los muelles con que la Sevilla de finales de la Edad Media y toda la época Moderna contaba, lo primero que hay que reseñar es no solo la escasez de noticias al respecto, sino también su opacidad en cuanto a informaciones precisas en orden a cualquier tipo de descripción de aquellos que se mencionan. Concretamente, a partir del siglo XV los documentos nos hablan hasta de un total de cinco “muelles” repartidos entre las dos orillas: tres en la del Arenal (el de la Catedral o de la Aduana, el Arenal y el Barranco) y dos en la de Triana (Muelas y Camaroneros). Sin embargo, como ha señalado expresamente el historiador Domínguez Ortiz, no deja de resultar sorprendente que, entre las numerosas vistas de la Sevilla de los siglos XVI y XVII que han llegado hasta nosotros, en ninguna de ellas haya quedado testimonio de su existencia, lo que le lleva a concluir que más que auténticos muelles resultarían ser simples embarcaderos de madera o playas fluviales donde varar. Con todo, tal afirmación puede matizarse, como él mismo sugiere, por la presencia, junto a la Torre del Oro, de una grúa o ingenio para la carga y descarga de mercancías pesadas y que debería apuntar a la existencia en esa zona de un muelle de piedra, siguiera fuese para usos ocasionales.
Ciñéndonos ahora a la información disponible sobre los muelles del Arenal, la referencia más antigua acerca de la construcción de uno de ellos se remonta a comienzos del siglo XV, cuando, según el cronista Ortiz de Zúñiga (siglo XVII), una vez iniciadas las obras de la Catedral (1433), “para lograr algunos alivios con menos gastos, y para poder abastecerse de los materiales correspondientes, suplicaron al Rey Don Juan II los individuos del Cabildo les concediese licencia para labrar un muelle en el término de las Atarazanas, cerca de la Torre del Oro, para descargar la cantería y demás efectos necesarios para la obra del nuevo edificio de su Iglesia, cuya gracia concedió el Rey”. Este muelle, que en adelante sería conocido como el de la Catedral, en opinión del cronista González de León (siglos XVIII-XIX), no era más que un arreglo que se hizo de un antiguo murallón que se correspondía con otro existente en la orilla opuesta y que se utilizaba para atar en uno de los extremos la cadena que servía para cerrar el acceso al Arenal de los navíos que remontaban el río. En cualquier caso, y a tenor de lo que nos indican otras fuentes, aunque este muelle lo edificó el Cabildo metropolitano a sus expensas y con la finalidad de facilitar la descarga de los materiales que se utilizaban en la magna obra de construcción de la Catedral, parece ser que desde un primer momento también fue utilizado, previo pago de un canon, por cualquier interesado.
Sobre el uso generalizado del muelle también se pronuncia Ortiz de Zúñiga al señalar que “desde un principio sirvió generalmente a todos los de la Ciudad y comercio, usando de él para el embarque y desembarque de mercancías, frutos y demás, percibiendo la Fábrica de la Santa Iglesia las utilidades y emolumentos que producía en quieta y pacífica posesión”. Es más, según nos aclara este mismo autor, los alcaldes de los Reales Alcázares, so pretexto de que el muelle estaba situado en terrenos de su jurisdicción, reclamaron al Cabildo Catedralicio su derecho a participar también en los ingresos que producía, petición a la que “la Santa Iglesia por no sufrir un pleito se allanó para ganar tiempo”, cediéndoles 1/3 parte de los derechos percibidos. Sin embargo, esa concesión por parte del Cabildo fue anulada de facto por la reina Católica a raíz de la promulgación en 1477 de una real cédula, momento a partir del cual “volvió al Cabildo lo que se le había cercenado de los derechos del muelle, y quedó en posesión de cobrarlos”.
Desde 1473 y hasta 1580 el Cabildo arrendó estos derechos a particulares, pasando ese último año a la Gran Compañía del Río y Muelle de Sevilla que, desde finales del siglo XIV, tenía el monopolio de las operaciones de carga y descarga de todas las mercancías que entraban y salían por el puerto de Sevilla. Este contrato se mantuvo en vigor hasta 1719 y en él, según nos atestigua el cronista Matute (siglos XVIII-XIX), el Cabildo, al objeto de preservar sus derechos de propiedad sobre la infraestructura, introdujo una cláusula en la que los arrendatarios reconocían expresamente “que todo cuanto cargaban y descargaban en el muelle lo hacían en nombre de la Santa Iglesia”.
En el citado año de 1719, la Real Junta de Incorporación de Bienes Enajenados a la Corona abrió diligencias con la finalidad de averiguar el fundamento legal del derecho que se atribuían el Cabildo y la Gran Compañía para monopolizar el uso del muelle y los oficios llamados de carretillas y palanquinado. Las averiguaciones continuaron hasta el año 1739 en que, por una providencia dictada el 24 de septiembre, tanto los citados oficios como los derechos por el uso del muelle quedaron incorporados a la Real Hacienda. El Cabildo Eclesiástico reclamó contra dicho acuerdo y por un auto dictado el 6 de febrero de 1740 se reconoció que la propiedad material del muelle pertenecía a la Iglesia, a la que se debería pagar el arrendamiento. Finalmente, por una providencia definitiva de 12 de marzo de 1749, se consumó la incorporación de los derechos sobre el uso del muelle, asignándosele en compensación, sobre las rentas reales de la provincia, una cantidad anual de 55.000 maravedíes y 220 gallinas para el cumplimiento de los sufragios que el Cabildo había estipulado en 1477, así como la facultad de poder descargar, libre de derechos en el citado muelle, los materiales que fuesen necesarios para sus obras.
Conviene asimismo advertir que, en este muelle de la Catedral, al que también se le denomina de la Aduana, por la ubicación de este organismo fiscal en sus inmediaciones, se hallaba la machina o ingenio que aparece reflejado en casi todas las vistas existentes del puerto sevillano. No era más que una grúa compuesta por un artefacto de madera provisto de una polea que se utilizaba para la carga y descarga de las mercancías pesadas. Como curiosidad, hoy en una de las salas del Museo del Puerto de Sevilla podemos ver una réplica, a gran tamaño, de dicha máquina. Podemos imaginarnos, pues, la importancia de dicho artilugio y frente fluvial en cuanto al tráfico con América y, sin embargo, lo desaparecido que ha pasado en la historia de la ciudad, momento en el cual más estrechamente estaba ligada al Guadalquivir.
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