El maestrante de los sin título

Calle Rioja

Paisanaje. Una Andalucía insólita llega al Centro Cultural Cajasol con la exposición fotográfica 'Paisanos', un reflejo de la personalísima mirada del fotógrafo Atín Aya

Atín Aya, retratado por Javier Cavero. A la izquierda, su hija María.
Atín Aya, retratado por Javier Cavero. A la izquierda, su hija María.

03 de diciembre 2010 - 05:03

EN alguna de las casas de Mario Vargas Llosa estará la fotografía. La recuerda a la perfección el teniente de hermano mayor de la Maestranza, Alfonso Guajardo-Fajardo: un grupo de mujeres de mantilla en una tarde de toros de Sevilla. Esa foto de Atín Aya (1955-2007) ilustró el cartel del pregón taurino que el año 2000 dio el frustrado torero peruano, flamante premio Nobel de Literatura.

Atín, "así empezó a llamarlo mi padre, porque era el más pequeño de los siete", recuerda José Luis Aya, es el maestrante de los sin título. Sin título es el epígrafe más frecuente en la impresionante exposición Paisanos que ayer se inauguró en la sede de Cajasol en Villasís. Cuesta hablar de Atín en pasado, a juzgar por la cantidad de amigos que ayer acudieron a esta muestra de anónimos que ocupa las tres plantas del edificio.

El mejor legado que le deja a su hija María Aya, que comparte con Diego Carrasco, hermano no biológico pero sí biográfico del fotógrafo, las tareas de comisariado. María vivía en Londres, donde trabajaba para una ONG. La convalecencia de su padre la hizo sevillana y ahora es marquesa de la Mina, vecina de la calle Marqués de la Mina en la que vivía desde los tiempos en que empezó a trabajar en Diario 16 Andalucía.

El día que murió Atín, 16 de septiembre de 2007, domingo, España perdió con Rusia la final del Europeo de baloncesto. El día que sus amigos acudieron a la puesta de largo de este laico belén viviente de oficios en vías de extinción, de gremios pegados a la tierra, de rostros que no han perdido ni un segundo de sus vidas en sofisticarse, España volvió a perder con Rusia en la pugna por organizar el Mundial de 2018. El desagravio contra el gol de Marcelino. Ya no tendrá Paco Aguilera que tocar su piano en la plaza de España.

Mercedes Rosales y María Arjonilla son restauradoras. La primera trabaja en su estudio y la segunda da clases en la Facultad. Se quedaron atónitas cuando se vieron en uno de los trabajos más espectaculares: un San Cristóbal en el convento de Santa Paula, un andamio, los utensilios y los botes de pintura, María y Mercedes con sus compañeros Rafael Arjonilla y José María Calderón y dos monjas de clausura, Sor Mercedes y Sor Alicia, ésta india de cuna, aficionada a la pintura y que hacía las veces de sacristana. "Está el tiempo parado", dice María Arjonilla.

El maestrante de los sin título, el marqués de los sin nombre, llevó su cámara donde no entraba nadie. Un llano en llamas de la marisma. "El libro del Guadalquivir lo iba a hacer con él", dice Javier Rubiales, "me dijo que se iba a comprar un coche nuevo para hacer el recorrido desde Cazorla hasta Sanlúcar". Está Luis Aguilar Astola, el carbonero de Parras esquina con Relator. Hay soldadores, pescadores, guardas, cabreros. A la salida, se veía a un grupo de castañeros con sus carros Laraña arriba. Daba la sensación de que buscaban una oportunidad en esta exposición inaudita.

"¿Qué es nuestro rostro sino una cita?, se pregunta Roland Barthes" y escribe Lola Garrido. Tres años y casi tres meses después de su muerte, Atín Aya sigue ejerciendo una seducción fascinante. Enamora con la forma de mirar, que era su forma de ser.

Había un empate técnico entre fotógrafos y pintores. De los primeros, colegas que pasaron por las rotativas: De Lamadrid, Juan Carlos Cazalla, Sergio Caro. Clásicos como Claudio del Campo, viajeros como Antonio Pérez. De los segundos, su amigo Manuel Salinas, Juan Lacomba, Fausto Velázquez, Manolo Cuervo, Chiqui López. Sabía elegir amigos: Isabel González Turmo, que estudió los fogones y las hambres históricas de la clase social dominante (y dominada) en esas fotos, tiene la bonhomía de Atín, coleccionista de historias del Titanic.

Atín Aya. El primero del abecedario que en su honor hace Pablo Martínez Cousinou, que prepara una tesis doctoral sobre la obra, llena de vida, de Atín Aya Abaurre. El benjamín de la saga. Apellido y estudios navarros -faltó a mi boda porque fue un día de San Fermín-, pero cuna y vocación sevillanas. Sin localismos, sin globalismos, sin neoyorquismos.

"Lo acompañé muchas veces por esos pueblos", dice José Luis Aya, el mayor de los varones, que fue agricultor en Utrera. Al maestrante Atín, pintor de la Corte de Vargas Llosa, le interesaban los subtítulos, las pedanías, las carreteras secundarias. Los trabajadores de la gañanía que aparecen en la portada del catálogo.

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