El perfil

Las múltiples vidas de Lacomba

Cuenta Lacomba que parte de su sensibilidad artística fermentó al calor de la "casa lorquiana" de sus tías, unas señoras alegres como canarios que combinaban su amor al flamenco y los toros con devociones y novenas tridentinas. De su herencia francesa conserva el volumen rubicundo de un dragón de Napoleón, empaque que contrasta con la suavidad de sus gestos y unos ojos como de agua de mar. La decoración de su casa, un piso en el arranque de Felipe II diseñado por Aníbal González, es el resumen doméstico de un cerebro que bascula entre la abstracción de estirpe neoyorquina, la pintura andaluza de entresiglos y la arqueología de una Bética que, más que una ciencia, es un ensueño, una melancolía que perdura en los fragmentos de antiguas tinajas y capiteles. Artesano en Triana, okupa after-punk en París, detective de las vanguardias, ciudadano belle-epoque en Carmona, pintor contemplativo frente a Doñana... Los múltiples rostros y vidas de Lacomba nos hablan de una persona en continuo movimiento. Sin embargo, según afirma tajante, él aspira a la quietud y el aburrimiento, la fuente de la que emana su inspiración.

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