En octubre ya no habrá desarme en Ramón y Cajal

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Clásico. De la época de la Facultad de Económicas, desavenencias con la propiedad del local y un litigio judicial ponen fin a los 45 años de historia del Restaurante Asturias

El restaurante Asturias, ayer, con las puertas cerradas y una nota en la que explican las causas de su cierre.
El restaurante Asturias, ayer, con las puertas cerradas y una nota en la que explican las causas de su cierre. / José Ángel García
Francisco Correal

04 de septiembre 2017 - 02:37

En Asturias, el Desarme es un recordatorio gastronómico de la treta que utilizaron las tropas isabelinas para desarmar a los milicianos de la primera guerra carlista mediante garbanzos con espinacas y bacalao, callos y arroz con leche. Cautivo y desarmado, podría haber redactado alguno el parte de rendición. Tuvo lugar el 19 de octubre de 1836 y medio siglo después un concejal del Ayuntamiento de Oviedo llamado Leopoldo Alas, Clarín en la historia de la Literatura, propuso declarar el Desarme fiesta cívico-religiosa.

En el restaurante Asturias, desde que en diciembre de 1972 abrió sus puertas, cada mes de octubre incluían en la carta esta dieta de tanta eficacia bélica. El fin de semana del desarme de 2004 falleció Manuel Coto Fernández, asturiano de la cuenca de Mieres, artífice de esta historia que no ha podido terminar con un final feliz. Ignacio, el mayor de sus cinco bisnietos, 21 años, estudia Historia y la del restaurante que abrió su bisabuelo merece una tesis doctoral. Pero ahora el desarme significa otra cosa bien distinta: significa despiezar para chatarra todos los enseres de la cocina, donde se fraguaba el misterio de la mejor fabada del sur de Europa; significa recoger todas las distinciones, una de ellas del Principado de Asturias; significa poner fin a 45 años de historia, entregar las llaves antes del 12 de septiembre y entregar el local vacío a requerimiento de una comisión judicial.

El pionero y su yerno dejaron en Asturias sus oficios de camionero y de carpintero. María Victoria se vino de Oviedo a Sevilla recién casada y con dos gemelos de meses

El 31 de julio se fueron de vacaciones con intención de abrir el 1 de septiembre. El 8 de agosto, José Ramón Prado y María Victoria Coto, yerno e hija del patriarca, se encontraron la orden de desahucio. "La hostelería es muy sacrificada, había que acabar, pero no así", dice María Victoria, que tenía los 21 años del nieto historiador cuando en febrero de 1973 se vino con su marido y sus dos gemelos recién nacidos, David y Mariví, al negocio familiar.

El restaurante se encuentra junto a la facultad de Derecho, que antes fue fábrica de ladrillos de Barrau y cuartel. Manuel Coto cogió el local en 1971, el año que abre la Facultad de Económicas con Clavero de rector y Olivencia de primer decano.

Hoy se habla mucho de reinventarse, pero eso ya lo hicieron ellos. Manuel Coto se pasó a la sidra y la fabada después de dedicarse a conducir autobuses que llevaban emigrantes por Europa y camiones para los trabajos previos a la autopista Sevilla-Cádiz. Su yerno, José Ramón Prado, era carpintero en Asturias y también cambió de oficio. El suegro era el camarero y relaciones públicas; su hija, su yerno y su esposa, Cheli, mandaban en la cocina.

De la tercera generación se incorporó David, uno de los gemelos, al acabar la mili. Dejó el restaurante cuando destinaron a su mujer a Tenerife. Su hermana Ana, que ya nace en Sevilla, tomó las riendas y ahora participa en este desarme, paisaje después de la batalla. "En menos de un mes hay que tirar 45 años de tu vida".

Fue un clásico de la Avenida Ramón y Cajal, un Nobel que murió en octubre de 1934, mes y año de la revolución de Asturias, palabra que desaparecerá del nudo gordiano del tráfico de la ciudad. José Ramón y María Victoria se casaron en Oviedo, en la Vetusta del concejal Leopoldo Alas; ella vivía a pocos metros de donde se crió la reina Letizia. En el restaurante le impusieron la madreña de oro a Carlos Álvarez-Nóvoa, el asturiano que ganó un Goya por Solas. Catedráticos, profesores, alumnos eran sus clientes, las fabes se sabían las fórmulas de Keynes y Schumpeter. 45 años rebanados en 45 revoluciones por minuto entre la cervecería Marbella y un Kebab. Norte y sur. Don Pelayo tira la toalla.

Los recién casados tienen ahora 72 años él, catorce meses sometido a sesiones de quimioterapia, y 67 ella. Una vida en Sevilla y un piso en Lugo de Llanera, escenario del histórico desarme.

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