La pena máxima no es lo que era
Calle Rioja
Destino. Los funerales por Miki Roqué coinciden con los 35 años de la Copa del Betis. Ese año ganó la Copa de Europa el Liverpool en el que debutó con 17 años.
Se diseñó para glosar una gesta, cien años de historia, la marcha verde que diría el poeta Antonio Hernández, pero ahora ese monumento a la afición esculpido por José Antonio Navarro Arteaga coge maneras del túmulo funerario que Mariano Benlliure realizó para los toreros Joselito, Ignacio Sánchez Mejías y Rafael el Gallo, muertos los dos primeros por sendas cogidas (Talavera, Manzanares), el último de muerte natural.
Miki Roqué ha muerto en la plaza. En julio habría cumplido 24 años, uno menos de los que tenía Joselito cuando murió en tarde de primavera toledana que inspiró el poema de Rafael Alberti. Y la pena máxima, que hoy recupera para sí el llanto lorquiano desde los dominios del penalti -en la retina del aficionado, el homenaje de Pirlo a Panenka el mismo día que murió el futbolista-, coincide con una fecha redonda: 35 años de la primera Copa del Rey conquistada por el Betis en una interminable tanda de penalties. Si uno le da a las palabras su dimensión exacta, una pena mínima.
El 9 de abril de 1977, Sábado Santo, el Gobierno de Adolfo Suárez legalizaba el Partido Comunista. Dos meses y medio después, 25 de junio de 1977, el Rey certificaba la normalización democrática presidiendo la primera final presidida por su institucional corona. 28 años más tarde, en 2005, año del centenario del Sevilla, el Betis volvió a ganar el mismo trofeo y se repetían algunas circunstancias: el entrenador del equipo rival volvía a llamarse Aguirre (de Koldo al mexicano Javier Aguirre); el nombre de Dani repetía entre los goleadores (en el 77, un extremo del Athletic, en 2005, un ariete de Triana). En ambos casos, el Liverpool ganaba la Copa de Europa, el equipo con el que Miki Roqué debutó con 17 años sustituyendo a Xabi Alonso, el futbolista que cambió la letra de la Marsellesa: Alonso'nfants de la Patrie; y el Cádiz subía a Primera. Esta vez, el sueño de Carranza quedó varado en la playa de la Caleta en otra tanda de penalties.
La gesta verdiblanca del 77 tuvo resonancias norteñas: dos vascos, un entrenador de Guernica, Rafa Iriondo, y un guardameta de Andoain, José Ramón Esnaola, impidieron el triunfo bilbaíno. Dos montañeses se repartieron la gloria de los goles (Javier López, de Laredo) y la capitanía (Juan Manuel Cobo, de Cabezón de la Sal) y el balón del partido viajó a la casa de Eulate en Ponferrada.
Debe ser la única vez que una ciudad recibe el mismo año la Copa del Rey y el Nobel de Literatura, que ganó en 1977 el poeta Vicente Aleixandre, nacido en el sevillano Palacio de Yanduri y miembro de la generación aglutinada por uno de los toreros enterrados en el conjunto escultórico de Benlliure. El día de la final, Kiko Veneno y Raimundo Amador terminaban en Madrid la grabación del disco Veneno.
La generación balompédica del 77, como la poética del 27, era una equilibrada combinación del norte y el sur: la gracia meridional del jerezano Benítez, esencia de Paula, y el ingenio coriano de Rogelio Sosa y Paco Bizcocho. Y la media aritmética entre aquellos vascos y montañeses y esos arietes de la Baja Andalucía cantada por Villalón era un artista de Valladolid, Julio Cardeñosa, arropado por el estajanovismo de Alabanda y García Soriano y la seguridad en defensa de Sabater, catalán como Miki Roqué. Puente éste entre Liverpool y Heliópolis, referente de lo que Juan Castro llama "la olvidada memoria británica" en el subtítulo de su libro Orígenes del fútbol sevillano. El monumento a la afición se inauguró el 13 de septiembre de 2007, 15 días después de la muerte de Antonio Puerta, Joselito del Sevilla.
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