En corto

El peso del paso

Fernando Simón Fernando Simón

Fernando Simón / M. G. (Madrid)

Vaya por delante que servidor de usted no es cofrade, “tarita” que en Sevilla lleva uno con la mayor discreción posible. También le adelanto, querido lector, que el menda no es periodista ni pretende serlo, faltaría más. Dicho esto último, me permito obviar la norma colegial al uso de soslayar la autocita para atribuirme la condición de veteranía en la detección de la condición de chufla -como mi dilecto Navarro Antolín gusta definir apelando a la sabia semántica hispalense- de don Fernando Simón.

El mundo progre insiste sibilinamente en la lluvia fina de transmitir a muchos hechos tradicionales españoles una condición seborreica capilar, vulgo caspa, al objeto de denostarlos. Cualquier asunto referido a costumbres de la España más conservadora o tradicional es observado con esa sorna condescendiente que derraman desde su supremacía intelectual todos estos tipos a los que nos empeñamos en mantener al frente de organismos de toda índole. La última del astroso Simón es atribuir más peligro de contagio a una cuadrilla de costaleros cargando un paso de dos toneladas que a quinientas vociferantes y sudorosas feministas en pleno celo reivindicativo. No entraré en detalles técnicos que desconozco, tanto en la parte cofradiera como en la otra, pero me quedo en el hecho en sí de la comparación oprobiosa.

Por supuesto que si la procesión fuera de la vagina insumisa, entonces la circunstancia sería diferente porque según el progresismo patrio las porteadoras del órgano genital estarían reclamando sobre la brecha de género, valga la redundancia. Detrás de estas cosas del atrabiliario Simón uno sospecha que hay una especie de apuesta entre sus compañeros de barra, una suerte ‘de no hay cojones de’, que siempre se resuelve con aquello de ‘sujétame el porro y veras’. Si ser costalero o penitente en cuaresma, al moderno de turno le puede parecer grotesco y por tanto irrisorio, a un servidor lo que le parece ridículo es andar con cerca de sesenta años haciendo el motero o el surfista otoñal. Y más cuando se está al frente de un organismo que no acierta una y donde las intervenciones de su director se cuentan por errores y bufonadas. Lo malo de todo esto es que el tipo que cobra mas de siete mil euros al mes, según dice la prensa, portea sobre sus espaldas un trono de más de 120.000 almas y lo que te rondaré morena, pero sigamos llamándole tonto y dándole pan (integral y con 12 semillas que es lo que se lleva ahora).