Los secretos de familia

Calle Rioja

Eduardo Fernández Baquero, con Antonio Balón, en el Alcázar.
Eduardo Fernández Baquero, con Antonio Balón, en el Alcázar.
Francisco Correal, Sevilla

11 de octubre 2011 - 05:03

De Los Palacios al Real Alcázar. El mismo itinerario que en otro octubre, pero de 1934, hizo Joaquín Romero Murube cuando tomó las riendas como director-conservador de este recinto fortificado, palacio al cuadrado.

Medio centenar largo de palaciegos se desplazaron ayer hasta Sevilla para asistir a la realización de un sueño. Con todos los ingredientes de la palabra. Una primicia literaria de un autor novel. O casi. Porque Eduardo Fernández Baquero, que en su ocupación habitual se dedicaba a fabricar y patentar remolques, cisternas y aperos agrícolas, escribió su primer libro con 70 años. Lo tituló Angelita el amor eterno de Romero Murube. Ayer presentó el segundo. Lo introdujo el autor del prólogo, Antonio Balón, en su epílogo profesional como arquitecto-conservador del Alcázar. Esta segunda entrega se titula Angelita la Sevilla mujer de Romero Murube. Con la Giralda al fondo, torre que parece encarnar la noble aspiración de este agricultor por rescatar del olvido y de los archivos un amor oculto, una historia secreta que su tía Angelita Fernández Sigler vivió con Joaquín Romero Murube.

El libro ya lo presentó en Los Palacios, pero no fue óbice para que una delegación de su patria chica se desplazara a la capital. Al Alcázar acudieron seis de sus hijos: Fernando, Eduardo, Juan Carlos, María del Mar, Amparo y Myriam, algunos de ellos patrocinadores con sus empresas de la aventura editorial de su padre.

A Beatriz, Guiomar o Dulcinea hay que añadirles esta Angelita en la nómina de los amores literarios y casi imposibles. Una musa de 1902, coetánea de Alberti y de Cernuda, que será el amor secreto, encuestros furtivos en el postigo de su casa, de este poeta atípico, miembro también en cierta forma de esa generación del 27.

Romero Murube ya llevaba cinco años de director-conservador del Alcázar cuando Eduardo Fernández Baquero nace en 1939, el año que termina la guerra civil. La posguerra fue su infancia. Eduardo tiene 30 años cuando en noviembre de 1969 su ilustre paisano fallece en el ejercicio de sus funciones en el Alcázar, un cargo que ocupó durante la friolera de 35 años. "Ahora no sólo notaré la presencia en estos espacios de Romero Murube", dijo Antonio Balón en lapresentación, "también estará la de Angelita".

La tía de Eduardo murió de tuberculosis a la edad de 21 años. Un final muy romántico. Una muerte física, argumenta su sobrino, que supuso la muerte espiritual de Romero Murube. Se remitió a tres artículos publicados por éste en El Liberal para documentar esa permanente deuda sentimental del conservador del Alcázar con alguien que la vida no le permitió conservar.

A la presentación no pudo asistir quien sustituirá a Balón como director-conservador, el también arquitecto Jacinto Pérez Eliott. Un cólico nefrítico impidió este histórico encuentro entre dos colegas, inquilinos de la plaza que ocupara el autor de Los cielos que perdimos.

La memoria de Romero Murube está en los muros del Alcázar, en la calle que lleva su nombre y desemboca en la plaza del Triunfo, y en la calle Cardenal Spínola donde residió el humanista y concejal del Ayuntamiento de Sevilla. La Sevilla mujer. El ejercicio intelectual de este granjero último modelo es una sutileza conceptual digna de un catedrático de Metafísica. Romero Murube defendía su derecho a dedicarse casi en exclusiva a Sevilla como centro de sus escritos. Una limitación en su opinión infinita, porque le remitía al misterio, a la historia e incluso a la mujer.

El sobrino de Angelita, investigador privado que por fin se hace escritor público, ha llegado a encontrar hasta 17 seudónimos utilizados por Romero Murube para ocultar aquella relación que nace en años escolares. Una relación rayana en la mística. "Tu eternidad de vida", citó a Romero Murube, "será velada por mi eternidad de muerte". Una musa encarnada en el icono que el guardián de esta fortaleza monumental incorporó como ex libris. Eduardo estaba feliz, como un niño en la primera comunión. Con sus paisanos y los de Romero Murube, atendido por el colega de quien también fue guardián de un amor secreto y familiar.

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