“Cada vez que paso junto a la Giralda, la saludo”
Calle Rioja
Angelines Uría ha pintado la Giralda durante más de 70 años. A sus 88 años, la ha dibujado en abanicos, castañuelas, fundas de rosario y están por todo el mundo
CADA vez que pasa junto a la Giralda, la saluda. “Le hago una reverencia y le digo: ‘hola, bonita”. No es para menos. Angelines Uría (Sevilla, 1935) ha pintado la Giralda durante más de setenta años. En todos los formatos posibles: en acuarelas, en abanicos, en castañuelas. “Empecé pintándola en fundas del rosario”. La llaman la pintora de la Giralda. A sus 88 años sigue viviendo en la misma casa de la Alameda de Hércules donde nació el 11 de enero de 1935. Única hembra entre varones (Emilio, Rafael, Angelito), había un quinto hermano que se lo arrancaron de cuajo. “Cuando se casaron, mis padres sembraron en el patio un níspero, pero lo acaban de talar. Tenía noventa años”.
De niña se dormía con el chorrito de la fuente de la Pila del Pato. Vive rodeada de cuadros restaurados por ella misma, entre libros, completamente al día de lo que pasa y con sus botes de pintura y su caballete doméstico para seguir practicando la afición que le ha dado tantas satisfacciones. Me abre las puertas de su casa este 20-N de 2023. Pedro Sánchez acaba de hacer público su nuevo Gobierno. Angelines desempolva un ejemplar de El Correo de Andalucía del 5 de julio de 1972. “Me ponían al lado del Lute”, comenta señalando la entrevista que firmaba José María Gómez y en la que calculaba que había pintado más de cincuenta mil Giraldas. Ese año nacía Pedro Sánchez. El periódico informaba de que Franco, con su esposa y cuatro de sus nietos iniciaba sus vacaciones en el Pazo de Meirás. Ferreira firmaba que el alcalde de Sevilla, Juan Fernández, se reunía con los presidentes del Betis y el Sevilla para poner en marcha la primera edición del trofeo Ciudad de Sevilla. El Honved húngaro y el Peñarol uruguayo lo jugarían con Betis y Sevilla. Medio siglo después lo único que permanece son las Giraldas que sigue pintando Angelines.
“Yo desciendo de José María Uría y Uría, un pintor asturiano que en Oviedo tiene un museo como el de Julio Romero de Torres en Córdoba”. Con esos orígenes, es una autodidacta. “Pintar era el hobby de mi padre, contable de profesión que en la guerra se presentó a Queipo y fue alférez de automovilismo, eso ahora no se puede decir. Él se ponía a pintar y yo a su lado, pero tenía que estar en silencio. Si hablaba, me echaba”.
Ha pintado la Giralda, la Torre del Oro, el barrio de Santa Cruz. “Mis dibujos están repartidos por los cinco continentes. Yo directamente sólo los vendía a Puerto Rico”. La duquesa de Alba tenía un abanico con dibujos de Angelines Uría. Su casa da a las estatuas de Manolo Caracol, Chicuelo y la Niña de los Peines. “A Pastora Pavón la veía pasar todos los días delante de mi casa con Pepe Pinto. Pasaba el tranvía por los hércules y ellos iban siempre en taxi a la Campana”. También veía a la Malena, “que tenía un puesto de chucherías que lo sacaba El Pali en unas sevillanas”.
Es de una generación de sevillanas octogenarias e incombustibles. De ese año 1935 son la bailaora Matilde Coral, “le he visto hacer maravillas con las manos”, la actriz María Galiana, “sigue dando el callo en televisión, la veía aparcar el coche en la calle Becas”, o la americanista Enriqueta Vila, “es la única que no conozco en persona, pero es una eminencia. Las mujeres que crecimos en la posguerra somos muy duras. Tuvimos una infancia y juventud difícil y diferente, pero también muy tranquila”.
Su casa es la de una artista. “Mire este dibujo del callejón de la Judería cerca del Patio de Banderas, por donde dicen que Alfonso XIII se iba de juerga”. Cuando pintaba el patio de los Naranjos, una de las faldas de su Giralda, “lo que mejor me salía era la fuente, cuando me salía muy bien no la vendía”. Empezó con trece años y aquello ya iba en serio. Muchos turistas empezaron a interesarse por esos dibujos. “Una guía venía todos los años con un grupo de japoneses”. Empezó cobrando una peseta por Giralda “y un día me junté con mil pesetas, imagine las que pintaría”.
Su bisabuela vivía en la calle Miguel del Cid, “decía que era una calle muy triste por la que no pasaba ni el aire y se vinieron a la Alameda”. Su abuelo era viajante de pieles y curtidos, tuvo una fábrica de botos en Aracena. Su hermano mayor y ella nacieron en la Alameda, junto al níspero casi centenario, los dos hermanos pequeños en la calle Guadiana. Sólo dejó esta casa un año que la familia se trasladó a Murcia y cuando se casó. Un matrimonio fugaz. “Nos fuimos a Gines, pero a los cinco años de casarnos a mi marido le dio un infarto”. Era apoderado y jefe de personal de La Alcoyana, una empresa de aceitunas vinculada a La Española que las recogía en Sevilla y las rellenaba en Alcoy. “La típica aceituna manzanilla, la mejor del mundo, que sólo sale en una zona delimitada entre los montes de Morón y el Aljarafe. Dicen que para que salga buena, el árbol tiene que estar mirando a la Giralda”.
Amalio García del Moral pintó la Giralda en su mirador del barrio de Santa Cruz y Angelines en la Alameda. “Lo más difícil de pintar la Giralda es ponerla derecha, que no se caiga. Lo más complicado es pintar el cuerpo de campanas y hacer las proporciones”. Murillo y García Ramos son sus pintores favoritos. “De García Ramos aprendí las mezclas. ¡Qué difícil es pintar el verde de un árbol!”.
Enviudó hace cuatro décadas “pero sigo casada con la vida”. Desde las azoteas de la Alameda se ve la Giralda, la turris fortissima que fue alminar de la mezquita almohade. También pintó la Alameda después de la riada del Tamarguillo de noviembre de 1961. “Se mojaron las reglas de la hermandad del Carmen de Calatrava y se salvaron porque mi padre las copió a mano. Toda la familia han sido hermanos del Carmen”.
En esa ermita ubicada muy cerca del monasterio de San Clemente cada domingo puede oírse la voz cantarina de Angelines Uría, la pintora de la Giralda. “Cuando murió mi madre, me puse a viajar. Formaba parte del coro del Aula del Monte hasta que llegaron los catalanes y se acabó el Aula. Con nuestra directora, María Luisa García Valverde, recorrimos España entera”. Nunca olvidará la visita a Santander. “En la catedral, con la Bien Aparecida, que es la patrona, nos hablaron del Cristo de Limpias. Fuimos a ese precioso pueblo de Cantabria y vimos un martínez montañés. Nos contaron la historia. Un indiano se fue a América, hizo dinero, volvió por Cádiz y compró esa imagen para regalársela a su pueblo. Le hicieron una ermita. Un martínez montañés en Santander”.
La hija de Emilio y Araceli, viuda de aceitunero y huérfana de níspero, sigue pintando giraldas. Transmite una paz especial que se la ha debido dar esa familiaridad con la torre más universal de la ciudad. Un faro de fe y de cultura. “Esta manzana entera fue de los Santa Cruz de los que venimos nosotros. Los padres tienen mucho dinero, los hijos lo mantienen y los nietos se hacen pobres. No falla”. De la manzana, esta casa con la numeración doble. “La cambió Monteseirín”. En la entrevista de julio de 1972, le pregunta el periodista cómo ve Sevilla. “¡Esa plaza del Duque, de la Magdalena! ¡Qué pena de Sevilla!”. El chorro de la Pila del Pato ya no arrulla su siesta.
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