Un viaje de la Amargura a la Esperanza
calle rioja
Su hermano de sangre Diego Suárez le dedicó unas hermosas palabras
Su hermano del Carmen Doloroso Valentín García prepara con Alejandro Suárez la chicotá del cielo
LA calle Feria es una metáfora de la vida. Empieza en la Amargura y termina en la Esperanza. Con estas palabras terminaba su homilía Félix Casanova, el sacerdote que celebró la misa funeral por Alejandro Suárez. No cabía un alfiler en los bancos de la iglesia de Ómnium Sanctórum. Ni siquiera las sillas bastaron el pasado miércoles, víspera de san Juan de la Cruz, en este templo del siglo XIII. La calle Feria en la que nacieron el torero Juan Belmonte y el músico Jesús de la Rosa, que cruzaron el puente, uno para ser hermano del Cachorro, el otro para ser la voz y el alma del grupo Triana. Cuatro años antes habíamos repetido el rito. La misma perplejidad ante la muerte de otra persona joven. Entonces era Valentín García Sandoval, madrileño de Sevilla, sevillano de Madrid, ganador del concurso de cartas de amor que por San Valentín había convocado el Ayuntamiento de Paradas, cuna del poeta Javier Salvago.
Valentín y Alejandro eran buenos amigos. Les unía la pasión por la comunicación y ser hermanos del Carmen Doloroso, marineros en tierra de una cofradía que fundaron un grupo de reclutas que coincidieron haciendo la mili en San Fernando. Ecos de Camarón para una hermosa intrahistoria. Al funeral de Valentín llegué por los pelos. Había participado en la presentación en el Archivo de Indias de la novela La forma del mundo, de Tato Cabal, la primera circunnavegación contada por Enrique, el esclavo malayo de Magallanes.
De la Amargura a la Esperanza, que el próximo lunes es su día. Llegamos a la iglesia después de un paseo por la ciudad iluminada y alegre. Colas en los belenes del Mercantil y de Cajasol; también en la administración de Lotería del Gato Negro.
Cánticos de los hinchas escoceses del Glasgow Rangers, el equipo protestante de la ciudad donde Cernuda escribió Ocnos. Un día después jugaban contra el Betis. Valentín nació en 1967, el año que el equipo católico de Glasgow, el Celtic, ganó la Copa de Europa. Su faro de risas, su yomecuro de empatías le habrá señalado el camino a su amigo y ‘hermano’ Alejandro, compañero de generación, hijo de 1968, aquella primavera que tuvo abril sevillano y mayo francés. Hicimos un alto en la Divina Pastora de la calle Amparo. La más antigua de las Pastoras, que coronarán canónicamente el 27 de septiembre de 2025.
Faltaba un cuarto de hora para que empezara la misa y estaba la iglesia llena. La mayoría, gente joven convocados por el magno Alejandro. Miguel, el sacristán, leyó la lectura del libro de Isaías. El profeta hablaba del Dios eterno, que “no se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto”. El sacerdote leyó el Evangelio de san Mateo.
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…”. Entre Isaías y Mateo, el profeta y el evangelista, hay quinientos años de diferencia, los que separaban la gesta de Magallanes rematada por Elcano y su pandémica conmemoración. El alma de esas lecturas ha encontrado el mejor exégeta en Diego Suárez, hermano de Alejandro. El periodista de Radio Sevilla le dedicó el más sentido obituario. Isaías y Mateo habrían suscrito sus poéticas palabras: “Y en el escorzo final de tu rotura / no hay dolor, ni ira, ni desprecio/ tan solo amor, belleza y dulzura”.
Qué hermosa cuadrilla de costaleros bogando en un barco de candelerías la que forman ahora Valentín y Alejandro, hermanos del Carmen Doloroso. Félix, el oficiante, puso contexto a los textos. Sin fe, la muerte es el final. Con fe, la muerte es el principio porque ha perdido la batalla. De la Amargura a la Esperanza. De San Juan de la Palma, donde los silencios son blancos, a San Gil, donde los cielos azules se visten de verde. El gallo que llevaba el cómputo de las negaciones de san Pedro canta ahora en el misterio de esta hermandad no para negar, sino para afirmar el reguero de vida que hay en muertes tan prematuras. Totalmente fuera del guión, por no salirnos del territorio de la comunicación en el que ambos destacaron. Una de las grandes sorpresas editoriales de la temporada ha sido un ensayo titulado ‘Dios, la ciencia, las pruebas’. El Dios al que Jarcha colaba en la cocina se ha metido en los laboratorios. El triunfo de Alejandro sobre la muerte, su soberana lección de no rendirse, de no plegarse, de hacerle una peineta de montaditos es una demostración empírica de los argumentos de ese libro. De octubre de 2019 a diciembre de 2023. El otoño siempre hiere. Era el bellísimo título de una novela de Raúl Guerra Garrido, el escritor que renunció a su gloria literaria para formar parte del Foro de Ermua tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. “Cuando somos niebla”, escribe Diego en el texto que le dedica a su hermano que además era su amigo. No es fácil esa doble militancia. Hay cosas difíciles de explicar. La muerte es una de ellas, a pesar de que es la más inapelable de nuestras certezas. Nacemos para morir, como el río manriqueño. De ahí la leyenda alemana: “No me saques, comadrona, que el mundo es una encerrona”. Bergamín llamaba a la muerte la mano de nieve.
Blasco Ibáñez, la Intrusa. Es la hermana muerte, usando la fórmula franciscana. El antídoto contra las vanidades de este mundo. El párroco de Ómnium Sanctórum gusta decir que nunca se ha visto detrás de un coche fúnebre un camión de mudanzas. Es verdad. Nadie se lleva nada, pero hay quien deja mucho. Y Alejandro, se vio al término de la misa, ha dejado un trailer de sonrisas, de abrazos, de vivencias, de arpegios de guitarra y confidencias de marisma. De la Amargura a la Esperanza. Aquí no cabe la música de réquiem, sólo el tamboril rociero de quien ha viajado en busca del clavo celestial y el ajonjolí detrás de las mañanitas de niebla, tardes de paseo, buscando la isla de las especias celestiales, trocha de firmamento.
Alejandro Suárez trabajó en esta casa de la calle Rioja, en este periódico nacido en las postrimerías del siglo XX con el centenario de Velázquez y que ahora se prepara en sus bodas de plata para el de Pedro Roldán, el padre de la Roldana y su cara de ángel. Finis Gloria Mundi que baja de los cuadros de Valdés Leal para hacerse viñeta de Trece Rue del Percebe. No descansa en paz porque la paz nunca descansa. Siempre va buscando pelea, como la canción de Antonio Molina que hizo suya el rockero Silvio.
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