Obituario En el adiós de Campanal, el ídolo de todos

Campanal, en un espectacular salto en un partido en el Sánchez-Pizjuán. Campanal, en un espectacular salto en un partido en el Sánchez-Pizjuán.

Campanal, en un espectacular salto en un partido en el Sánchez-Pizjuán.

Cuando Alfredo di Stéfano llegó a España en 1953 se encontró con un hecho que le sorprendió enormemente y la Saeta así lo explicaba tras unos meses conduciendo al Real Madrid por la Liga. “Lo que más me ha impactado es ver cómo un tipo se me ponía delante, yo lo driblaba y cuando levantaba la cabeza allí estaba nuevamente él. Es el central del Sevilla y se llama Campanal”. Es lo primero que se me ocurre tras conocer la noticia de que el gran Capitán Maravillas ha fallecido en su querida tierra asturiana.

Marcelino Vaquero González del Río, el sobrino predilecto del capitán de los Stuka, era una fuerza de la Naturaleza desatada que dominaba autoritario cualquier batalla, ora por tierra, ora por aire. Y en cualquier peña sevillista forma parte principal del ornamento, aquella foto de Eulogio Serrano en la que deja a Ladislao Kubala a la altura de un pigmeo mientras él aparece como un cíclope capaz de tocar el cielo con su cabeza.

Marcelo Campanal fue, con José María Busto y Juan Arza, el emblema de aquel poderoso Sevilla de Helenio Herrera que se cimentaba desde atrás. Busto, Guillamón, Campanal y Valero componían el sostén de un equipo formidable. Basaba su éxito en la consideración de fortín que había cobrado el Viejo Nervión, un lugar que dejaba sin sueño de vísperas a las grandes figuras de la época. Di Stéfano, Kubala, Pahíño, Arieta, Escudero, Wilkes, César… todos confesaron alguna vez cómo pasaban en blanco la noche antes de comparecer en Dato a causa de una pesadilla llamada Marcelo Campanal, Campanal II en aquellos sus inicios cuando amanecía la década de los cincuenta.

Atleta excepcional atendió la llamada de su tío Guillermo y se vino desde Avilés a Sevilla, fue cedido al Iliturgi y al Coria para debutar en el primer equipo blanco en la temporada 50-51. El entrenador era su tío y tras aquel debut ante el Atlético de Bilbao con triunfo por 1-0, ya nunca dejó la titularidad. Aquella primera temporada jugaba como lateral izquierdo, pues el titular era Antúnez, que había estado en el Mundial de Brasil de aquel verano. Esa temporada del debut fue triunfal con final amargo por lo ocurrido el domingo de Feria contra el Atlético de Madrid de H.H., en que un juez de línea catalán y con bigote hizo que el árbitro Azón invalidase un gol de Araújo a Marcel Domingo que le habría dado la Liga al Sevilla.

Marcelo fue santo y seña del sevillismo durante década y media. Además, se constituyó en ídolo de aquella Sevilla surcada por los raíles del tranvía, sobre todo de los niños que éramos sus vecinos en el barrio de San Lorenzo. Niños que aguardábamos que saliese de Casa Diego, su santuario de juventud, para pelotear con él en Teodosio o, simplemente, para verlo de cerca. A los dos cursos de militar en la élite ya fue internacional y para la página más épica de nuestra selección hay que irse a aquel partido de Estambul, en el que fue el único que aguantó de pie las barrabasadas de los otomanos.

Una colisión con Gento, su rival primero en el apartado de la velocidad, en el Bernabéu le ocasionó una grave lesión de riñón que le dejó varado casi una campaña. Sus duelos con el Real Madrid rozaron la epopeya, tanto que fue considerado como la auténtica bestia negra del campeonísimo. Se motivaba especialmente frente a Di Stéfano y compañía, por lo que fue sostenido objeto de deseo madridista que fue evitado entre Ramón Sánchez-Pizjuán y el muy efectivo derecho de retención.

Hasta once veces vistió la camiseta de España, siendo capitán en tres de esas ocasiones. Portentoso físicamente, corría más que nadie, saltaba más que nadie, lanzaba el peso más lejos que nadie y de todo eso alardeaba cada vez que nos encontrábamos en Asturias o en Sevilla, donde solía acudir a las invitaciones del club de toda su vida. Tercer Dorsal de Leyenda, tras Busto y Arza, sus ojos se llenaban de lágrimas cuando recordaba la causa por la que abandonó Sevilla. Fue a la terminación de la 65-66 y ni él ni Maricruz, su mujer, podían seguir viviendo donde había perdido la vida su hijo Paquito, que murió de fulminante meningitis en aquella primavera de 1966.

Jugó en el Deportivo dos temporadas y una en el Avilés, pero ni la historia del Sevilla ni la vida de Campanal podrían comprenderse sin el recuerdo de este atleta enfundado en la camiseta número cinco del Sevilla. Descanse en paz un ídolo de todos en general y de nuestra niñez en particular, un atleta que se hizo futbolista y un deportista que se ha muerto tras 89 años ganándoles a todos a cualquier cosa. Descanse en paz aquel Huracán de Avilés que fue nombrado Héroe de Lepanto tras la batalla con los turcos y que siempre será el Capitán Maravillas para el sevillista que tuvo la suerte de verlo jugar.

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