Amazon, o cómo tener un plan mientras el resto de Silicon Valley improvisa

El gigante de Seattle invertirá 200.000 millones de dólares en 2026 en infraestructura que ya sabe cómo monetizar porque lleva años haciéndolo.

Amazon cierra 2025 con cifras récord impulsada por la IA

Oficinas de Amazon.
Oficinas de Amazon.

Mientras las grandes tecnológicas protagonizan una especie de carrera del oro hacia la inteligencia artificial, invirtiendo cantidades obscenas de dinero en todo lo que lleve el prefijo "IA" con la esperanza de que algo, cualquier cosa, acabe siendo rentable, Amazon presenta sus resultados trimestrales con algo inusual en estos tiempos: coherencia estratégica.

Los números hablan por sí solos, pero lo interesante no es el qué sino el cómo. Esos 200.000 millones de dólares que la compañía de Jeff Bezos (bueno, ahora de Andy Jassy) planea invertir en 2026 no son el típico "a ver qué pasa" que hemos visto en otras Big Tech. Es dinero que va a parar a infraestructura que Amazon ya sabe cómo monetizar porque lleva años haciéndolo.

El negocio de vender picos y palas en la fiebre del oro de la IA

Hay una vieja máxima sobre las fiebres del oro: los que se hicieron realmente ricos no fueron los buscadores de pepitas, sino los que vendían picos, palas y pantalones vaqueros. Amazon ha entendido esto mejor que nadie.

Mientras Google y Microsoft se pelean por demostrar quién tiene el chatbot más listo y Meta intenta convencernos de que necesitamos gafas de realidad virtual para mantener videollamadas, Amazon simplemente vende la infraestructura que todos ellos necesitan para entrenar sus modelos.

AWS creció un 24% en el último trimestre, su ritmo más rápido en más de tres años, y no es casualidad. Cada startup de IA generativa, cada corporación que quiere subirse al carro de los modelos de lenguaje, cada empresa que promete "revolucionar" su sector con inteligencia artificial... todos necesitan servidores. Y ahí está Amazon, cobrando por cada minuto de computación.

Lo verdaderamente inteligente es que Amazon ha decidido dejar de depender de Nvidia y sus GPUs carísimas para fabricar sus propios chips. Trainium y Graviton ya facturan más de 10.000 millones de dólares al año con crecimientos de tres dígitos.

No es solo una cuestión de ahorro, que también, sino de control. Cuando diseñas tus propios procesadores, decides qué hacer, cuándo hacerlo y a qué precio venderlo. Apple lleva décadas predicando eso mismo, y Amazon finalmente se ha apuntado.

E-commerce: el anzuelo barato para pescarte en un ecosistema carísimo

Aquí está el truco que Amazon domina como nadie: el comercio electrónico, ese negocio que todos asociamos con la compañía, en realidad funciona como señuelo. Con márgenes operativos de apenas el 6,9% anual, vender cosas online no es precisamente una mina de oro. Pero es la puerta de entrada perfecta.

Amazon mantiene sus precios un 14% por debajo de la competencia -según datos de Profitero, por noveno año consecutivo- no porque sea una ONG filantrópica, sino porque cada cliente que entra buscando el champú más barato acaba suscribiéndose a Prime.

Y, una vez dentro del ecosistema, empiezas a consumir Prime Video, a usar Alexa, a comprar en Whole Foods, a recibir medicamentos a domicilio... y Amazon va sumando márgenes mucho más jugosos por otras vías.

Los 68.000 millones que generó el negocio publicitario en 2025 son dinero prácticamente regalado: cientos de millones de personas buscan productos en tu plataforma, sabes exactamente qué quieren comprar, y vendes ese espacio a las marcas que quieren aparecer primero. AWS, con sus márgenes operativos del 35,4%, es la joya de la corona. El e-commerce es simplemente la alfombra roja.

Rufus, o cuando la IA sirve para algo más que charlar

Hablemos de Rufus, ese asistente de compras con inteligencia artificial que ha generado 12.000 millones de dólares en ventas incrementales. Mientras otras compañías nos venden chatbots que escriben poesía o resumen documentos -útil, sin duda, pero difícil de monetizar directamente-, Amazon ha creado un asistente cuya única misión es que compres más cosas.

Y funciona. 300 millones de usuarios lo han probado, y la compañía ha ido añadiendo capacidades "agénticas", el palabro de moda, que permiten a Rufus buscar productos en otras tiendas online y comprarlos por ti.

Es decir: Amazon ha creado un vendedor automatizado que trabaja 24/7, nunca se cansa, conoce tus gustos mejor que tú mismo y, de paso, amplía su catálogo hasta el infinito sin tener que almacenar un solo producto más en sus centros logísticos.

No es ciencia ficción ni experimento de laboratorio. Es IA aplicada con un objetivo comercial clarísimo: aumentar la facturación por cliente. Nada de debates filosóficos sobre si la máquina entiende lo que dice. Aquí lo que importa es si convierte visitas en ventas. Y vaya si lo hace.

Sacrificar liquidez por dominio futuro

Hay un dato que dice mucho sobre la estrategia de Amazon: el flujo de caja libre se ha desplomado de 38.200 millones en 2024 a 11.200 millones en 2025. ¿La razón? La compañía aumentó sus inversiones en propiedades y equipamiento en más de 50.000 millones de dólares en un solo año, llegando a los 131.800 millones.

Es el tipo de jugada que solo pueden hacer las empresas con músculo financiero de sobra. Amazon está sacrificando liquidez a corto plazo -ese dinero que podría repartir entre accionistas o guardar bajo el colchón- para construir una infraestructura que considera imprescindible para los próximos años. Centros de datos para AWS, robots para almacenes, satélites para Project Leo (su internet espacial), más chips personalizados...

Y ahora anuncia que en 2026 subirá la apuesta a 200.000 millones. Es una declaración de intenciones: Amazon cree que la demanda de computación en la nube va a seguir creciendo exponencialmente, que la IA no es una moda pasajera sino la base de la próxima década tecnológica, y que quien controle la infraestructura controlará el negocio.

Puede que se equivoquen. Pero al menos tienen una tesis clara, cosa que no puede decirse de todos sus competidores.

Diversificación con propósito

Lo fascinante del modelo Amazon es que cada pieza encaja con las demás. No es diversificación aleatoria del tipo "tenemos mucho dinero, compremos una red social" o "lancemos unas gafas de realidad virtual porque sí". Cada nueva línea de negocio retroalimenta a las demás.

Prime Video no existe solo para competir con Netflix -de hecho, los números de audiencia de Thursday Night Football y la NBA son impresionantes, pero no es ahí donde Amazon gana dinero-. Existe para que te suscribas a Prime y, una vez suscrito, compres más en la tienda online. Los dispositivos Kindle, Echo o Ring no son grandes negocios por sí mismos; son tentáculos del pulpo que te mantienen dentro del ecosistema.

Hasta el negocio de farmacia online cobra sentido: entregas de medicamentos en el mismo día en más de 3.000 ciudades estadounidenses. ¿Es rentable? Probablemente no mucho. ¿Te hace más dependiente de Amazon para tus necesidades diarias? Absolutamente.

El único gigante con los deberes hechos

Si miramos el panorama de las grandes tecnológicas en estos primeros años de la era de la IA generativa, lo que vemos es un batiburrillo de estrategias a medio cocer.

Google tiene tecnología punta pero no sabe cómo integrarla sin canibalizar su negocio de búsqueda. Microsoft va lanzado pero está hipotecando márgenes en su apuesta por OpenAI. Meta sigue buscándole el sentido comercial al metaverso mientras invierte miles de millones en modelos de IA open source que regala.

Amazon, en cambio, presenta un plan que se entiende a la primera: vender infraestructura cloud a todo el que la necesite, usar IA para que la gente compre más en su tienda, mantener precios bajos en retail para captar clientes, monetizarlos luego por publicidad y suscripciones, y de paso, fabricar sus propios chips para no depender de terceros.

No es glamouroso. No va a salir Jassy dando charlas TED sobre cómo la inteligencia artificial va a salvar a la humanidad. Pero funciona. Y en un sector donde todo el mundo parece estar tirando el dinero, tener un plan coherente es casi revolucionario.

Quizá la verdadera disrupción no sea la tecnología en sí, sino saber exactamente qué hacer con ella.

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