Toros

Diego Ventura, con un recital de toreo en Las Ventas, corta cinco orejas y un rabo

  • El sevillano se convierte en el primer rejoneador en la historia de la Monumental madrileña en conseguir los máximos trofeos

Diego Ventura sale a hombros de Las Ventas. Diego Ventura sale a hombros de Las Ventas.

Diego Ventura sale a hombros de Las Ventas. / EFE

El rejoneador sevillano Diego Ventura hizo historia en Las Ventas al cortar el rabo al cuarto ejemplar de la corrida del arte ecuestre celebrada ayer dentro de la Feria de San Isidro de Madrid. Ventura es el primer rejoneador que consigue cortar en Madrid los máximos trofeos -dos orejas y rabo-, mientras que no llegan a una decena el número de toreros de a pie que los han obtenido, siendo el último Palomo Linares en la feria de San Isidro de 1972.

Con lleno, se lidiaron toros de Los Espartales, de juego descastado en general, entre los que destacó la nobleza y la calidad del sexto. Andy Cartagena: oreja, palmas tras leve petición y oreja. Diego Ventura: dos orejas, dos orejas y rabo y oreja y vuelta al ruedo con el mayoral de la ganadería. Cartagena y Ventura salieron a hombros por la Puerta Grande.

Ventura protagonizó una memorable y clamorosa antología de toreo a caballo en su décimo sexta salida a hombros en Madrid. Podría incluso asegurarse que la faena del rabo fue tal vez la menos redonda, en comparación con las sobresalientes lidias que aplicó con el segundo y el sexto toro, sobresaliendo su excelente cuadra, su ambición, su dominio y su ajustadísima manera de embrocarse para clavar banerillas en todo lo alto. La plaza entera se puso en pie ya cuando con Nazarí llevo cosidas al estribo las embestidas del primero durante una elipse que abarcó una vuelta y media al ruedo venteño, haciendo que el animal, descastado y falto de entrega, no tuviera más remedio que someterse a la enfibrada faena que le valió las dos primeras orejas. Luego llegaría el lío del cuarto, al que recibió con la garrocha a portagayola, templando sus primeros arreones, antes de que Fino le cuajara un quiebro tan limpio como escalofriantemente apretado. El publicó vibró sin descanso con la manera de torear, llevando dónde y cómo quiso a Biemplantao para preparar cada suerte y clavar con total ajuste y precisión. Y en esas salió Dólar, otra de las estrellas de su cuadra, al que Ventura quitó el cabezal para, después de dos pasadas en falso, clavarle, guiándole sólo con las piernas, un soberbio par de banderillas a dos manos que convirtió los tendidos en un auténtico manicomio. Sólo se hizo el silencio cuando tocaron a matar y el jinete acertó con un contundente rejonazo. Gonzalo de la Villa, ante la insistente petición del público asomó por tres veces su pañuelo blanco.

De no haber pinchado una vez con el hierro de muerte, bien podía haber repetido hazaña Ventura, porque lo que le hizo al sexto, el único con clase y buen galope de los seis, aún enardeció más a los tendidos toreando con Nazarí, Lío y Remate, con la plaza coreando "¡Torero, torero!". Tras un pinchazo y rejonazo echó pie a tierra y se adornó con gracia con la muleta para cuadrar al toro y atronarlo con el descabello, dejándolo todo en una oreja de ley.

Cartagena quedó en muy segundo plano. Voluntarioso y buscando las palmas con alardes de doma y guiños a la galería, cortó dos orejas y salió a hombros junto a Ventura, aunque como protagonista de un espectáculo de categoría totalmente distinta. Casi opuesto.

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