Fernando Robleño roza el triunfo
feria de san isidro | vigésima quinta corrida en las ventas
El diestro madrileño cuaja una faena importante que no remata con la espada y es ovacionado
Juan Carlos Venegas, puro corazón, sufre una cogida con probable fractura costal y Javier Castaño tira de oficio
En el cartel torista de ayer en San Isidro colgaba el nombre de Cuadri, una de las ganaderías predilectas en la plaza de Madrid. Fernando Cuadri envió un encierro en conjunto serio y de juego variado; destacando el sexto. Toros para profesionales valientes y con disposición; algo que demostraron Fernando Robleño, Javier Castaño y Juan Carlos Venegas, quienes, además de estrenarse esta temporada, y ante un corridón, se enfrentaron como peor enemigo al viento. De hecho, tuvieron que lidiar en los adentros, lo que perjudicó también al desarrollo del juego de los astados procedentes de Trigueros.
Fernando Robleño rozó el triunfo. Estuvo muy bien en su actuación, con el contrapunto de no rematar adecuadamente en la suerte suprema a sus dos toros. Con el noble que abrió plaza, protestado por su flojedad, no tuvo opción a bajarle la mano en un trasteo correcto. Pinchazo y estocada baja para ser silenciado.
El cuarto, acapachado, muy hondo, se defendió en los dos primeros tercios, embistió por el pitón derecho y se quedó corto por el izquierdo. Robleño se entregó con oficio en una faena en la que consiguió embarcar las embestidas del toro en series cortas muy meritorias, con mando y exponiendo. Cerró con un arrimón auténtico. Se había impuesto al difícil toro y se preveía premio, pero mató de pinchazo y bajonazo y el reconocimiento quedó en una ovación.
Javier Castaño acreditó oficio y disposición. Estuvo a la altura del segundo cuadri -¡609 kilos y puro músculo!-. Un toro que hizo una buena pelea en varas, donde brilló el picador Pedro Iturralde, y que tenía fijeza, aunque le costaba pasar. El leonés-salmantino, correcto, intentó sacar partido por ambos pitones, aunque el toro fue acortando sus embestidas. Mató mal y fue silenciado.
Con el quinto, un toro enorme de 603 kilos, alto, acapachado, muy complicado en todos los tercios, Castaño tiró de oficio y vergüenza torera. No volvió la cara ante un animal que acabó regalando varias embestidas con nobleza. Mató de pinchazo y estocada y fue silenciado.
Juan Carlos Venegas, apenas placeado, salió al ruedo a la desesperada, y empleó más corazón que técnica. El complicado tercero le soltó un gañafón de órdago que pudo acabar en tragedia. Con el mismo ánimo y un desgarrón en la taleguilla, volvió con agallas para continuar muleteando. Mató mal, fue silenciado y se marchó a la enfermería.
El sexto, alto, corniabierto, perdió las manos en los primeros tercios y el público abroncó a la presidencia por no devolverlo. Esperó con peligro en banderillas, pero en la muleta humillaba cuando se le bajaba la mano. Venegas realizó un trasteo muy largo -sonó un aviso antes de entrar a matar-, destacando en un par de tandas meritorias y buenos pases de pecho. En el cierre, con unas bernadinas -no era la suerte más adecuada- fue cogido. El toro le aprisionó con su cuerno derecho contra la arena y el torero se levantó sin apenas poder respirar. Mató de bajonazo y pasó a la enfermería; saludando su cuadrilla ante una ovación.
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