Interesante y exigente corrida torista de José Escolar en Madrid

Alberto Aguilar, en un derechazo a su primer toro.
Alberto Aguilar, en un derechazo a su primer toro.
Javier López (Efe) / Madrid

13 de mayo 2013 - 01:00

La corrida que lidió la ganadería de José Escolar en Las Ventas puso el interés y el argumento a una tarde exigente en la que los tres toreros, unos mejor que otros, se fueron de vacío.

Después de tanta morralla ganadera desde que se inició la feria, por fin un plato gourmet de verdad, del agrado del exigente paladar taurino del aficionado venteño, traducido éste en una corrida con mucho que torear como la que lidió José Escolar.

Antes del festejo la gente estaba ávida de saber cómo iban a salir los seis albaserradas, si iban a ser imposibles por peligrosos o, por el contrario, si iban a aportar lo que el aficionado de Madrid espera de este tipo de encierros: la emoción y la exigencia del toro bravo en toda su esencia.

Y la corrida no dejó indiferente a nadie, pues a pesar del imposible primero y del mansurrón sexto, entre medias saltaron cuatro toros muy interesantes, sobre todo segundo y cuarto, con los que había que estar muy listo para aprovecharlos y conseguir que el binomio hombre-fiera trascendiera al tendido.

De los toreros, no todos estuvieron a la altura de las circunstancia. El más destacado, sin duda, Alberto Aguilar. Robleño, sin estar mal, tampoco estuvo bien. Y Rafaelillo, ¡ay Rafaelillo!, simplemente no tuvo su tarde.

Un Rafaelillo que recibió con dos largas cambiadas en el tercio al toro que abrió plaza, un animal bronco y reservón, con el que, tras probarlo y ante la imposibilidad de armar faena, tuvo que abreviar.

Con el cuarto no pudo enmendar la plana Rafaelillo, pues, a pesar de pegar algún que otro muletazo y demostrar valor a raudales, se equivocó de planteamiento, le faltó dar más sitio a un astado que se desplazó con nervio y por abajo, pero con el que se empeñó en una labor demasiado encimista.

Robleño se mostró seguro con su primero, que se movió con buen son por el derecho y al que el madrileño instrumentó una faena entonada pero también con algunos altibajos.

Gustó Robleño en las verónicas genuflexas de salida y en los torerísimos doblones por abajo con los que prologó una faena de muleta que contó con varias tandas a derechas de mucho relajo y parsimonia, pero a la que le faltó más alma, esa cara batalladora tan característica en él para enfrentarse a los encastes más duros de la cabaña brava.

Por eso este primer trasteo de Robleño no trascendió lo suficiente a los tendidos, habituados a la guerra que siempre plantea este bravo torero y que en esta ocasión se echó en falta.

El cuarto fue un toro con emoción por el peligro que desarrolló: embistiendo a oleadas, midiendo una barbaridad, escarbando constantemente, venciéndose y recortando el viaje.

No valían confianzas, por tanto, y así, al pie de la letra, se lo tomó Robleño en una labor de mucha polvareda y escaso contenido.

El primero de Aguilar fue toro muy ofensivo de pitones, que, aunque se desplazó en la muleta, apenas tuvo transmisión.

Aguilar lo toreó con aplomo en series cortas sobre los dos pitones, aunque lo que más trascendió fue el parón final, aguantando miradas y tarascadas con valor y mucha solvencia, lo que se dice estar hecho un tío, para acabar enjaretando un par de series por el pitón derecho de mucha arrogancia y capacidad.

Unos adornos en el epílogo y una estocada arriba pusieron fin a una faena firme y sincera que le valió la ovación más cerrada de la tarde.

El sexto toro de la tarde fue un animal tan noble como manso, con el que se volvió a ver un Alberto Aguilar sereno y capaz para conseguir robar algún que otro natural de buena factura, pero sin poder levantar una faena en la que el escolar acabó rajándose.

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