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Toros | Castilla-La Mancha

Morante, Aguado y Manzanares brillan en Illescas y salen a hombros

  • Los tres diestros cortaron dos orejas cada uno en una tarde en la que se llenó la plaza toledana

Morante con la muleta en Illescas. Morante con la muleta en Illescas.

Morante con la muleta en Illescas. / Ismael Herrero (EFE)

Morante de la Puebla firmó en Illescas (Toledo) una faena sublime, una obra que desató la locura en unos tendidos que acabaron también prendidos con la naturalidad y el toreo a cámara lenta de Pablo Aguado, ambos a hombros junto a José María Manzanares, que rayó a un nivel inferior. Otro año más Illescas ha abierto la temporada en Castilla-La Mancha por todo lo alto, con un cartel de relumbrón en el que no podía caber más arte: Morante, Manzanares y Aguado, y con el cartel de no hay billetes en la taquilla.

Había ganas de toros, eso sin duda, pero también es justo alabar el magnifico trabajo una vez más de Maximino Pérez, un empresario que convierte en oro todo lo que toca. Lleva años demostrándolo en Illescas, en su feria del Milagro, convertida en todo un evento social; y qué decir de Cuenca, donde la "Champions del toreo" ya es todo un referente en la temporada estival.

Descorchó la función Morante de la Puebla que, si bien no pudo compactar faena por la feble condición de su oponente, sí dejó varios fogonazos de su persona y aromático toreo, como las cuatro carias a la verónicas en el recibo, otras tantas chicuelinas a cámara lenta en un quite posterior y varios derechazos sueltos de preciosa lámina.

Manzanares entrando a matar en Illescas. Manzanares entrando a matar en Illescas.

Manzanares entrando a matar en Illescas. / Ismael Herrero (EFE)

Lo verdaderamente grande llegó con el cuarto, un toro por el que nadie apostaba y con el que parecía que Morante iba a pegar su típica espantá. Pero no. Poco a poco la gente fue animando al de La Puebla, que también fue cogiendo la confianza que no parecía haber perdido desde un extraño que le hizo el animal en el capote, y, lo que son las cosas, qué "lío" acabó formando. De la belleza a derechas se pasó a la locura al natural, toreando con un reposo, un encaje y un pellizco maravilloso. Los adornos fueron también de aquella manera, como un final a pies juntos totalmente abandonado y con el animal entregadísimo al embrujo de Morante, que, tras la estocada, acabó paseando las dos orejas.

Otros dos apéndices logró también Manzanares del segundo, que cautivó a los tendidos con una faena que aunó suavidad y cierta elegancia ante un manso que rompió con calidad todo por el derecho, pitón por donde el alicantino le robó varias serias que tuvieron buena acogida entre la gente, aunque, a decir verdad, a su toreo le faltó hondura y le sobró cierta linealidad. El quinto se inutilizó durante la lidia y fue reemplazado por otro manso y huido de salida, pero al que Manzanares logró sujetar en el último tercio en una faena tan voluntariosa como discreta en lo artístico. Lo mejor, la estocada final.

Aguado con la muleta en Illescas. Aguado con la muleta en Illescas.

Aguado con la muleta en Illescas. / Ismael Herrrero (EFE)

El primero Aguado, feo como él solo, fue devuelto por cobrarse tres volatines de lo gacho que era, un animal que a la mínima que quería humillar hincaba irremediablemente los pitones en la arena, y, claro, eso no gustó a la parroquia, que casi obligó al palco a asomar el pañuelo verde si no quería que se formase la mundial. En su lugar salió un sobrero del hierro titular blando y ayuno de casta, un toro que marcó pronto la querencia y le costaba un mundo tirar hacia adelante. Aguado logró darle cierta vida a base temple y de darle el respiro necesario entre series. Así hilvanó el sevillano bellos pasajes aislados, pero sin poder compactarlos.

El sexto fue un remiendo de Daniel Ruiz al que Aguado, espoleado por el triunfo de sus compañeros, recibió con una larga cambiada para exhibir después la seda de su capote a la verónica. Pero aun quedaba más. Y lo mejor. Llegó en la muleta, donde Aguado no pudo torear más despacio. Imposible. Ni más natural. Todo a cámara lenta, y con el duende que solo brota a orillas del Guadalquivir. Qué manera de torear. Qué maravilla. Y qué precioso todo. Si Morante desató la locura en el cuarto, Aguado aquí paró el tiempo. Estocada arriba y dos orejas para rematar una gran tarde.

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