Toros | Badajoz

Una mansada de Zalduendo desluce el fin de feria en Olivenza

  • Manzanares cortó la única oreja en una tarde en el que tanto Morante como Aguado se fueron de vacío

Pablo Aguado torea con la muleta en Olivenza. Pablo Aguado torea con la muleta en Olivenza.

Pablo Aguado torea con la muleta en Olivenza. / Jero Morales (EFE)

El diestro José María Manzanares ha cortado la única oreja del muy deslucido cierre de la feria taurina de Olivenza (Badajoz), en una tarde en el que tanto Morante de la Puebla como Pablo Aguado se han ido vacío por culpa de una infumable, mansa y horrorosa corrida de Zalduendo. Los toros de Alberto Bailleres confirmaron el aserto de que el toro bonito, reunido y en tipo, es muy propicio para embestir, mientras que la bastedad normalmente es compañera de la mansedumbre, desesperante hoy.

Morante de la Puebla sorteó dos toros imposibles. El que abrió el festejo era un alma en pena, pezuñón, bastote, abanto y sin recorrido al tomar el capote, a pesar que el torero quería enseñarle a embestir con esos lances tan personales echando los brazos para fuera. Toro cuyas hechuras ya anunciaban lo que iba a ser en la muleta, un animal sin vida, sin humillar e, incluso, perdiendo las manos. El cuarto fue más de lo mismo, se iba del capote y tomó el camino de la puerta de toriles. En ese terreno, sin molestarlo, Morante le robó medias embestidas, aplaudidas por un público desencantado.

Esa oreja de Manzanares al quinto llegó gracias a la estocada final, lo único reseñable de una tarde plomiza. Lo demás de su labor no tuvo nada que glosar. No hubo ajuste en el embroque, tampoco profundidad, ni ligazón. Antes, su primero fue también un toro manso de solemnidad y el alicantino dio pases con ese componer la figura, pero con ausencia de emoción y lucimiento.

Cerraba la terna Pablo Aguado y su lote también fue infumable. Basto y feo su primero, no humillaba y no se desplazaba en el que pasa por ser uno de los mejores capotes del escalafón. Un bello cambio de mano y el pase de pecho en el inicio de faena dio paso a un trasteo a media altura, y si bien pareció en algunos momentos que el sevillano podía armar faena, aquello fue un espejismo porque el animal salía siempre con la cara por las nubes. Y el sexto fue una calamidad, tampoco humilló y se rajó con descaro.

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