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Y se armó el Carnaval en San Jerónimo

  • El barrio celebra, con el respaldo de sus vecinos, un concurrido y colorido pasacalles como final de fiesta

Hace 19 años se celebró por primera vez el carnaval en el barrio de San Jerónimo y 19 años después, tras pasar la mayoría de edad de una forma holgada, ha vuelto a festejarse sin ayudas públicas. La polémica ha estado servida durante los días previos al festejo y en su desarrollo. Ayer, en su última jornada, con unos vecinos totalmente volcados en una fiesta ya convertida en tradición, la crisis estuvo presente en carteles, disfraces y en el ánimo de cuantos han hecho un esfuerzo económico por sacar adelante el carnaval aun con recortes.

Para descubrir el germen de Don Carnal en este barrio del Distrito Norte hay que desplazarse casi dos décadas atrás, "cuando la comparsa de Francisco Javier Cueva -que ha participado durante más de 20 años en el concurso del Falla- transmitió a los jóvenes de entonces el veneno del carnaval", explica el coordinador de la fiesta, miembro de la Peña Carnavalesca El Empalme y fundador de la misma, Evaristo Troya, Vari.

"Muchos jóvenes han crecido con este carnaval que, en días como el de hoy (ayer), concentra a más de 2.000 personas entre la carpa y el pasacalles", comenta Vari, quien destaca lo importante que ha sido la colaboración de los comerciantes de la zona y los vecinos, "que han ido donando lo que han podido para llegar a montar la fiesta". Una fiesta que se ha visto obligada a reducir las dimensiones de su carpa de actuaciones y ambigú de mil metros cuadrados a 800, y a suprimir los premios en metálico para los mejores disfraces y la animación. "Tampoco hemos tenido la garantía de la seguridad que siempre nos ha facilitado el Ayuntamiento. De hecho, anoche hubo una pelea en la caseta y no había policías para poner orden. Podría haberse liado una buena", afirmó el coordinador del carnaval a la vez que le daban la noticia de que el corte del tráfico para el disfrute del pasacalles no estaba contemplado por las autoridades competentes.

Pero como en todo buen carnaval, el sentido del humor baña a cuantos se sumergen en él. Así que la policía no faltó, eso sí, encarnada por un grupo de amigos que, "como siempre", se disfrazan para la ocasión. "No nos faltan los coches, las motos y hasta los presos", bromeaban José, Rocío y Carlos, agentes de este cuerpo tan "especial".

Con más de una hora de retraso, debido al polémico corte de tráfico, el pasacalles echó a andar. Fue en este momento cuando salió a relucir el despliegue de imaginación en los disfraces y la madurez de este carnaval. Pequeñas bateas hechas a mano, "todo casero y con muchas horas de trabajo detrás", contaban Pepi y Encarna, de los Indignados de San Jerónimo, grupo que construyó para el desfile una réplica de la torre del Monasterio de San Jerónimo y del centro cívico. "Queremos criticar el abandono de nuestro monasterio así como el retraso en la apertura del centro cívico; somos el único barrio de Sevilla que no tiene centro cívico". Tras dos meses de trabajo, "aunque en navidades ya estamos pensando en el carnaval, el resultado es bastante bueno", añadieron.

Cepillos de dientes, un tren de vapor, la casa de la película de animación Up, y un largo etcétera de vestuarios y bateas llenaron de color y ambiente las calles del barrio. Destacó, con diferencia, la batea del juego de los patitos de feria, primer premio de disfraz infantil de esta edición. "Hemos tardado dos meses y medio en construirla. Cada uno aporta lo que puede. En el grupo somos 25 personas, entre niños y adultos", explicó Damaris, que aseguró haber participado en todos los carnavales del barrio y que hoy acompaña a su hija Samera. El precio para montar este "tinglado": unos 500 euros. Y es que, aunque los recortes han llegado para todos y en todo, hay quien no está dispuesto a renunciar a una buena tarde de carnaval.

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