Por el lado Mansilla de la vida

  • El poeta y narrador de la Sevilla 'underground' acaba de publicar el libro 'Relatos faunescos' y hoy, además, presenta en el Central su nuevo disco, 'Dejad que los colgados se acerquen a mí'

Fernando Mansilla, retratado en su hábitat natural: la Alameda de Hércules. Fernando Mansilla, retratado en su hábitat natural: la Alameda de Hércules.

Fernando Mansilla, retratado en su hábitat natural: la Alameda de Hércules. / luis castilla

No todo el mundo anda por la vida con la disposición espiritual necesaria para vivir un momento poético a las once de la mañana de un día cualquiera ante un folleto de Phone House. Pero hay quien sí. Tampoco se han parado a contarnos con mucho detenimiento algunas cosas agónicas que ocurren fuera de campo de las postales del barrio de Santa Cruz: por ejemplo, el involuntario y terrible agravio de un pedigüeño yonqui a un rumbero violento a cuenta de una gitana embaucadora que va vendiendo claveles y leyendo las líneas de la mano, enredo que se prolonga de la manera más inesperada por el casco histórico hasta llegar al bloque cercano al Arco de la Macarena donde se vende la mejor heroína, la mejor cocaína, de todo, puro, frenético, divertido y amargo hard-boiled de la Sevilla lumpen bajo la alfombra de las bellas estampas. Pero hay quien incluso lo ha vivido, o casi... Lo primero ocurre en Dejad que los colgados se acerquen a mí, el nuevo disco de Fernando Mansilla, que hoy presenta en el Teatro Central; lo segundo, en Relatos faunescos, obra de Mansilla también.

Vayamos por partes, y en orden cronológico. El libro, recién publicado por la joven editorial Barrett, también sevillana, recoge piezas de diversa procedencia, entre ellas el citado relato, El tigre de Malasia, escrito antes de Canijo, su walk on the wild side novelado sobre aquella Sevilla de los años 80 en los que "se confundían el lumpen y el underground". "El tigre... es el más antiguo de todos. En torno a los años 88-89, me iba a un rinconcito de Santa Cruz con mi flauta y ponía la gorra. Desde allí tenía una atalaya increíble... El personaje del Tigre es real, de hecho. Casi todos los que salen lo son. Como en Canijo, hay muchísimo de observación directa de la realidad; hay ficción, pero totalmente inspirada en la realidad", explica Mansilla (Barcelona, 1955), que tras una temporada en Ibiza, a donde llegó fascinado con el sueño de la contracultura y el hippismo, acabó recalando en la Sevilla más comanche de los años previos a la Expo porque su novia de entonces quería aprender a bailar flamenco y él, en la isla, no acababa de encontrar la manera de ganarse la vida haciendo guiones o cualquier otra cosa que fuera por escrito.

"La idea del libro -retoma Mansilla- era componer un bestiario no necesariamente sólo de animales, también de personas pero siempre con ese punto de contacto, con ese toque faunesco. Siempre he sentido algo muy especial con los animales, desde chiquitito, me encanta ese punto salvaje tan puro, y muchas veces tan zen, como cuando se te tumba un perro al lado y respira y respira y prácticamente puedes sentir su total relajación". Relatos sobre animales en apuros con hombres en apuros al fondo -la dorada recién pescada por un tipo metido en turbios asuntos y asaltado por una pareja de guardias civiles; el gato al que un crío quiere quemar vivo; el desgraciado ángel de la guarda de los pavos...-, sobre animales a veces muy parecidos a nosotros, como esa mosca funcionarial e inexpresiva que va de mierda en mierda por "cumplimiento del deber" mucho antes que por placer, o sobre seres humanos cuyos motes escarban más allá de las capas de civilización en las que se ha envuelto nuestra especie se ha echado encima; que Mansilla relata con ironía, a veces con sarcasmo, siempre con sentido del humor -como en 999 camellos, donde un padre, empeñado más allá de lo razonable en promover una educación marcada por un inflexible principio de realidad, se empeña en hacer ver a su hijo que los Reyes Magos de la carroza no son ni reyes ni magos, sino futbolistas mediocres del Hércules de Alicante- y un punto de ternura y de emoción de aires inequívocamente clásicos. "Siempre fui lector de novelas juveniles, de todos esos relatos de aventuras en tierras exóticas. Verne, Jack London, Salgari, Stevenson, toda esta gente me inspiraron siempre mucho, lo siguen haciendo en realidad, y creo que a la hora de escribir prosa tengo en todos ellos unas referencias bastante sólidas", dice el polifacético artista.

Que en su faceta de magnético frontman recitador, al frente de sus Espías ahora renovados -Daniel Abad al contrabajo y Jasio Velasco a la viola-, están mucho más próximas al rock y -marca de la casa- tanto a la vida de barrio como a las pequeñas epifanías cotidianas, donde se mezclan el asombro y la repentina dicha con la rabia y la melancolía frente a un mundo que "mata la magia, mata el alma, mata el espíritu", como proclama en Vencido, una de las más hermosas, incisivas y emocionantes elegías por la cultura del rock 'n' roll escuchadas en mucho tiempo. "Yo soy un poco un músico frustrado: me habría gustado tener un grupo de rock al uso. Por esa nostalgia siempre he tendido a hacer un spoken word que vaya más allá de recitar sobre un colchón de música, que cuide las canciones como lo que son, canciones", explica Mansilla.

En Dejad que los colgados se acerquen a mí, que edita en formato de disco-libro Amargord Ediciones, llama la atención, en primer lugar, el despojamiento del sonido, la textura mucho más orgánica y desnuda que la del primer álbum, Literatura de baile (2011). "El sonido es de cuerdas, ya no hay saxofón ni sonidos pregrabados, ni pedaleras... -explica-. Ha sido una revolución. Todo es acústico y en directo, en el momento. Ha sido un cambio de sonido muy definitivo, sí. A mí me parece más honesto: estás contando con lo que tienes a mano, por así decirlo, sin recurrir a ninguna otra ayuda. Eso sí, mantenemos el formato de canción, con estribillos, coros, solos... El sonido es más compacto, muy agradable. La verdad, estoy contentísimo", dice Mansilla, que tal vez en este mismo instante se esté calando ya el sombrero para demostrar, de nuevo, esta vez en el Central (20:00), que todo ahí fuera, en la calle, salvo tal vez "las nubes y los pajaritos", y dentro de uno mismo, pensado y agitado con buen ritmo, puede ser poesía.

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