Visto y oído

Francisco Andrés Gallardo

Aídas

LA campaña institucional de la TDT parece amenazar que le quedan dos días a nuestro televisor. Aunque hablen en el spot de "unos meses", aún quedan dos largos años para se nos caiga el cielo encima con el llamado apagón analógico. Lo que sería deseable es que antes del encendido digital mejoren la programación de los canales temáticos y, por supuesto, se potencie la recepción de la señal. Antes de meter miedo en el cuerpo la administración y las empresas audiovisuales podían echarle más interés a la segunda modernización del plasma.

En esta noche dominical llegará el segundo capítulo de la nueva tanda de Aída, entregada al pirriaque por sentirse abandonada por su hijo. El humor del barrio de Esperanza Sur es cruel, españolísimo, suena a lata oxidada amarrada al rabo de un perro, de ahí que un universo tan mordaz y tan acre genere arrebatos y rechazos. Nunca deja el casillero en empate. Aída no sólo se concibió como una secuela barriobajera de Siete vidas, sino que también nació como cantera de guionistas de Globomedia. Las tramas acogen desde los chistes más gruesos a los detalles más sinuosos por lo que se abre la cancha para jugar creativamente en todos los niveles. Cada personaje es un tupper perfilado repleto de despojos. La comedia tiene un paisaje de pintura negra que se difumina o realza a voluntad. Si el argumento añade sulfuro de realismo, como las miserias alcohólicas de la protagonista, puede engatusarse como broma de mal gusto, con las risas en off, o revolverse como un espectro reconocible y doloroso. La complicidad es su fuerte. La serie Aída es simple y parece simplista pero, en la mejor línea de la guasa esperpéntica nacional, delinea los extremos de honestidad y picaresca de una España que existe en abundancia. La de un barrio lleno de supervivientes tristes, semihéroes olvidados y olvidados semifelices.

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