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La gran diferencia es... Simeone

  • El Sevilla se estrena en el Wanda con idéntica sensación de impotencia que en el Vicente Calderón pese a no estar enfrente el mejor Atlético

Diego Pablo Simeone y Eduardo Berizzo se saludan cordialmente antes del encuentro. Diego Pablo Simeone y Eduardo Berizzo se saludan cordialmente antes del encuentro.

Diego Pablo Simeone y Eduardo Berizzo se saludan cordialmente antes del encuentro. / fotos: inma flores

En la época en la que el Atlético de Madrid jugaba en el antiguo estadio Metropolitano ya le sacaba ventaja en el palmarés al Sevilla. Aquel Atlético que en 1947 dejó de apellidarse Aviación ganó cinco Ligas, por una del Sevilla, antes de inaugurar el Vicente Calderón, cinco subcampeonatos de Liga por cuatro del Sevilla, uno de ellos dramáticamente vivido en Nervión con un empate y aquel gol anulado a Araújo que impidió ser campeón a los sevillistas, en 1951. Gracias a la resurrección gloriosa del Sevilla en Eindhoven en 2006, la pujanza europea nervionense lo igualó al Atlético, incluso lo superó... Hasta que éste se entregó a Diego Pablo Simeone. Ahí murió la igualdad.

Con 320 millones de euros de presupuesto, el doble que el del Sevilla; un nuevo estadio, el Wanda Metropolitano, con capacidad para 67.000 espectadores gracias a un convenio con el Ayuntamiento de Madrid, el apoyo del capital chino del Grupo Wanda y del empresario mexicano Carlos Slim; capacidad para fichar consecutivamente a las dos estrellas del Sevilla, Gameiro, hoy secundario en el Atlético, y Vitolo, al que ha robado para guardarlo en la recámara... Con todo eso, la gran diferencia entre el Atlético y el Sevilla no es económica, ni social, ni política, ni mediática... La gran diferencia es el crudo realismo futbolero de Simeone frente a ese otro fútbol más quimérico de compatriotas suyos como Sampaoli o Berizzo.

Sin Simeone, el Atlético de Madrid posiblemente no estaría hoy en el Wanda Metropolitano, donde el Sevilla sucumbió como antes sucumbía en el Vicente Calderón, salvo dos años, 2014 y 2016, en que un entrenador de perfil menos popular y más práctico logró rascar dos empates. El técnico colchonero ha creado una fe ante la que el Sevilla desempolva su complejo de inferioridad. Quizá por querer igualarse a un equipo que está a otro nivel: aspira a ganar la Liga y la Champions, tras haber logrado lo primero y haber acariciado lo segundo gracias a la enorme figura de ese entrenador que no sólo entiende el fútbol como un fútil manoseo de la pelota, un técnico al que no se le llena la boca con grandes conceptos y que también contempla el juego sin el balón.

Simeone es un entrenador como la copa de un pino que entiende el fútbol como un juego colectivo por encima de los nombres. ¿O es que un Atlético sin Godín, Correa, Gameiro, Vitolo ni Diego Costa, por ejemplo, y con Vietto es tan superior a este Sevilla que mostró su impotencia con el centro del campo que habría alineado cualquier sevillista? No hay tanta distancia entre los equipos, la diferencia es Simeone y su capacidad de adoctrinar a sus jugadores -y de paso a todo el club colchonero, incluso a Vitolo- y convertirlos en fanáticos de su fe balompédica, más prosaica y menos lírica que la de otros, más práctica también.

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