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40 años del 28-F Andalucía: la formación de una conciencia

  • Cuando muere Franco y arranca la Transición, Andalucía exige no ser menos que nadie en la España democrática

  • El 28-F tuvo antecedentes que forjaron el camino a la autonomía

La histórica manifestación del 4 de diciembre de 1977 llega a la Plaza Nueva de Sevilla. La histórica manifestación del 4 de diciembre de 1977 llega a la Plaza Nueva de Sevilla.

La histórica manifestación del 4 de diciembre de 1977 llega a la Plaza Nueva de Sevilla.

Andalucía sale de la dictadura franquista con un fuerte sentimiento de identidad comunitaria. Es algo fácilmente constatable si se repasan los acontecimientos de aquellos años, los que tuvieron sus fechas más simbólicas en las grandes manifestaciones callejeras del 4 de diciembre de 1977 y en la capacidad de movilización del referéndum del 28 de febrero de 1980, del que hoy se cumplen 40 años y que permitió el acceso a una autonomía equiparable a las que por entonces se denominaban nacionalidades históricas. Hubo que forzar los mecanismos constitucionales porque Andalucía se estaba ganando en la calle lo que se le iba a dar a Cataluña, País Vasco y Galicia por razones de un pedigrí histórico, que aquí estábamos lejos de tener. Ni a lo largo de toda la República ni cuando estalla la sublevación que degenera en una cruenta guerra civil de tres años, en Andalucía se da un fenómeno de identidad territorial como el de las tres comunidades que llegaron a tener sus propios estatutos de autonomía y en el caso de catalanes y vascos sus propias instituciones de autogobierno que jugarían un papel importante en el desarrollo de los acontecimientos de esos años.

Nada de eso pasa en Andalucía. Cuando la República colapsa el andalucismo no tiene una presencia política relevante más allá de alguna demostración muy minoritaria y casi exótica. El notario sevillano Blas Infante, convertido hoy oficialmente en Padre de la Patria Andaluza y honrado como tal, es una figura que pasa prácticamente desapercibida en aquellos tiempos convulsos y que sólo será reivindicado cuando haya que dotar de símbolos y referentes históricos el sentimiento andalucista y poner en marchas la nueva administración autonómica. Algo parecido, a escala mucho menor, pasa con la Junta Liberalista de Andalucía, promovida a partir de 1931 por un grupo de intelectuales en el que están, además del propio Infante, Emilio Lemos Ortega o Alfonso Lasso de la Vega. Su influencia sería muy escasa por no decir nula, aunque a ellos se debe el primer anteproyecto de estatuto de autonomía para Andalucía.

Dirigentes socialistas en la manifestación de 1977. Entre otros, Del Valle, Pino, Rodríguez de la Borbolla y Escuredo. Dirigentes socialistas en la manifestación de 1977. Entre otros, Del Valle, Pino, Rodríguez de la Borbolla y Escuredo.

Dirigentes socialistas en la manifestación de 1977. Entre otros, Del Valle, Pino, Rodríguez de la Borbolla y Escuredo.

De todo esto cabe deducir que esa conciencia de identidad andaluza, que no existe en los años treinta y que sí está presente en los años setenta, se forja como un sentimiento unido a la lucha por la democracia y contra la dictadura del general Franco. Ese es un fenómeno, todavía poco estudiado por la historiografía, que se va a producir en la región con una intensidad que no va a tener en ningún otro lugar de España, al margen de las tres comunidades que ya tenían una trayectoria histórica de exigencia de autogobierno. En Andalucía se identifica libertad y democracia con autonomía por lo menos con una fuerza no menor que la de Cataluña y posiblemente con mayor calor popular que en Galicia. El País Vasco, ya por aquellos años con ETA sembrando el terror y con complicidad manifiesta por parte se sectores sociales, religiosos y políticos, es un caso especial que merecería atención separada.

Portada de la primera edición de 'Andalucía, ¿tercer mundo?' Portada de la primera edición de 'Andalucía, ¿tercer mundo?'

Portada de la primera edición de 'Andalucía, ¿tercer mundo?'

La pregunta que surge es por qué en Andalucía se da ese fenómeno de identificación entre democracia y autogobierno que no se da en otras zonas de España. Las raíces hay que buscarla en un hecho que es una realidad histórica que todavía, a estas alturas del siglo XXI, no se ha puesto suficientemente de relieve por los estudios de Historia Contemporánea de España, aunque no es difícil rastrearlo en la literatura: el franquismo favoreció a las comunidades más ricas y hundió todavía más a las más pobres. Desde el punto de vista económico y de inversiones, por supuesto. Pero también desde el de la promoción cultural y del fortalecimiento de sus sociedades. El franquismo siempre puso la ausencia de conflictividad social en un lugar prioritario de su agenda y sabía que en Cataluña y País Vasco tenía un problema que no sólo podía tratar con su receta favorita: la represión. En cambio, a Andalucía la despreció consolidando su papel de economía agraria con mano de obra tratada con reglas casi feudales y con la emigración como única vía de escape. Es esa situación, en la que no faltan también las dosis de represión policial propia del régimen militar que gobernaba España, la que va creando la conciencia que cristalizaría a la muerte del dictador. El regionalismo andaluz que entronca y se multiplica exponencialmente en la Transición es, por tanto, reactivo: Andalucía está en una situación de postración absoluta y necesita que la democracia venga acompañada de un nivel de autogobierno suficiente para que su desarrollo no dependa de decisiones que se adopten fuera y en la que los andaluces no tienen ni arte ni parte.

Núcleo fundador de Alianza Socialista de Andalucía: Rojas-Marcos, Uruñuela y Arredonda. Núcleo fundador de Alianza Socialista de Andalucía: Rojas-Marcos, Uruñuela y Arredonda.

Núcleo fundador de Alianza Socialista de Andalucía: Rojas-Marcos, Uruñuela y Arredonda.

Esa toma de conciencia se hace desde la izquierda. A partir de los procesos de descolonización de mediados de siglo XX el nacionalismo deja de ser sólo de derechas, como lo había sido desde su nacimiento en el XIX. A partir del 68 ese carácter se acentúa y ya se puede reivindicar la identidad y el derecho a decidir sin ser tachados de reaccionarios. En Andalucía se va por ese camino y es una reducidísima élite intelectual la que va forjando un pensamiento que cala en los andaluces de la emigración y en los círculos universitarios y obreros que desarrollan una soterrada oposición al franquismo. Es necesario citar como nombre de referencia a Alfonso Carlos Comín, fundador de Cristianos por el Socialismo, que en los primeros años sesenta se instala en Málaga y que en 1965 publica España del sur y más adelante Noticia de Andalucía. Pero será en 1971 el periodista sevillano Antonio Burgos, que hoy recogerá el título de Hijo Predilecto de Andalucía, el que en Andalucía, ¿tercer mundo? dé un aldabonazo en un valiente análisis de las circunstancias que propiciaban el subdesarrollo andaluz. Con la obra de Antonio Burgos la piedra está lanzada al estanque y a partir de ahí se iría produciendo un paulatino crecimiento de la conciencia regional. A los pocos años le seguiría el también periodista de Sevilla Nicolás Salas con Andalucía, los siete círculos viciosos del subdesarrollo. En definitiva, se iría conformando una profunda conciencia en círculos obreros, universitarios y de profesionales liberales. Se creó una sociedad bajo el nombre de Compromiso Político, que aglutinaba con Alejandro Rojas, Luis Uruñuela, Miguel Ángel Arredonda o José María de los Santos el germen de lo que sería la Alianza Socialista de Andalucía y andando el tiempo del Partido Andalucista. Se puede decir que, en los años efervescentes del tardofranquismo, sobre todo tras el asesinato de Luis Carreo Blanco en 1973 y la profunda crisis del régimen dictatorial, se produjo un crecimiento exponencial del hecho diferencial andaluz, que en un principio fue patrimonializado en exclusiva por la izquierda como un elemento de decisivo de la lucha por la democracia, pero que incluso antes de la muerte del dictador empezó a ser también asumido por fuerzas más moderadas, instaladas en el centro, que ya se preparaban para la llegada de la democracia

La identificación entre autonomía y democracia fue constante en la Transición. La identificación  entre autonomía y democracia fue constante en la Transición.

La identificación entre autonomía y democracia fue constante en la Transición.

Cuando el 20 de noviembre de 1975 muere el general Franco, Andalucía está en disposición de asumir un fuerte discurso reivindicativo. Empieza a haber incluso prensa que nace para defender los intereses de la región como el semanario Tierras de Sur impulsado por el cura José María Javierre o la revista La Ilustración Regional que tiene detrás a liberales como Soledad Becerril o Jaime García Añoveros. Ya entonces el diario El Correo de Andalucía, controlado por la Iglesia católica, daba cabida en sus páginas a informaciones y artículos que defendían la idea andalucista. El papel que jugó el catedrático y entonces rector de la Universidad de Sevilla, Manuel Clavero Arévalo a la hora de aglutinar el andalucismo más moderado fue fundamental para los pasos que se iban a dar en poco tiempo. Sin su decisiva intervención la autonomía andaluza no hubiera sido la misma. Poco después de las elecciones de junio 1977, el 4 de diciembre de ese año, decenas de miles de personas gritarían en las calles la exigencia de autonomía para su tierra en medio de un mar de banderas blanca y verde. De ahí al referéndum del 28 de febrero de 1980 el camino no sería fácil. Pero estaba ya trazado.

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