Pimentel abre otro frente: unir Aena y controladores
Si hubiera nacido hace cinco siglos, sería el paradigma del hombre renacentista: empresario, político, escritor, criador de vacas y gallinas, aventurero en lo geográfico y en lo editorial, y ahora negociador de altos vuelos
LOS cursiles lo definirían como un hombre poliédrico; sus amigos, como polifacético, aunque, si hubiera nacido hace cinco siglos, sería el paradigma del hombre renacentista, porque sus dos pulsiones vitales son la curiosidad y el espíritu de empresa. Fue y es empresario; delfín de la primera etapa de Arenas en Andalucía; ministro de Trabajo hasta que le dio el portazo a Aznar en el año 2000; ha escrito nueve libros; ha criado vacas y gallinas en su finca de la Sierra de Córdoba, una bonita casa lindante con la antigua posesión de Lagartijo y cercana a Medina Azahara; es ingeniero agrónomo y licenciado en Derecho; ha viajado hasta Tombuctú para conocer la biblioteca de los andalusíes que se asentaron en la curva del Níger; ha obtenido éxitos y fracasos empresariales y, desde hace unos años, es editor de libros. Y, a partir del 1 de febrero, si el sindicato de controladores aéreos Usca y la empresa pública Aena no llegan a un acuerdo, Manuel Pimentel (Sevilla, 1961) tendrá 28 días para forzar el consenso entre las partes enfrentadas. Si no es así, está habilitado para emitir un laudo de obligado cumplimiento para ambos.
Y, después de esto, la pregunta es: ¿De dónde saca tanto tiempo este hombre, que por si fuera poco, también es el presidente del Consejo Regulador del Montilla-Moriles?
Una amiga apunta una anécdota que otro conocido la eleva a categoría de real. Cuando Aznar ganó las elecciones en 1996 y se llevó a Madrid a Javier Arenas como ministro de Trabajo, el hoy líder del PP andaluz vivía en la octava planta del Ministerio con Pimentel (entonces era secretario de Estado de Empleo) e Isidro Cuberos, hombre de confianza de ambos. Los tres convivían en el pisito de COU, donde, a causa de las viejas instalaciones de unos edificios que, paradójicamente, se llaman Nuevos Ministerios, el agua caliente tardaba algo más de cinco minutos en llegar desde la baja caldera hasta la octava planta. Cualquier otro se sentaría a escuchar la radio, pero Pimentel bajaba los ocho pisos por las escaleras, le daba una vuelta a la manzana de Nuevos Ministerios y volvía a subir hasta tan alta altura.
Ya siendo ministro, en los viajes de avión comenzó a escribir a mano su primera novela, Peña Laja, un topónimo real que evoca una trama de aroma conservacionista. Después vendrían varias novelas más, algunos ensayos y hasta un total de nueve títulos, no todos publicados por su editorial -Almuzara-, fuente de satisfacción y también de ciertos apuros económicos. Los libros son su pasión. A su suegro (está casado con la cordobesa Pilar López Fernández de Córdova) le ordenó la centenaria biblioteca familar. Y en ello, en lo de la edición y en la presidencia del Consejo Regulador, andaba cuando su nombre fue propuesto para ejercer el arbitraje entre los controladores y Aena. Poco ha trascendido de las razones de este nombramiento, aunque todo indica que Juan Chozas ha sido la persona clave.
Como Pimentel, Chozas es un joven abogado, que comenzó su carrera en el Ministerio de Trabajo en tiempos de Felipe González, aunque después siguió de director general del Inem con el PP. Chozas, hoy abogado de KPMG y con buenas relaciones con Aena, es el asesor elegido por la empresa pública para ayudar a Pimentel, mientras que Franciso Maroto ha sido el designado por Usca. Desde que fue desginado, Pimentel se ha abstenido de realizar declaraciones, aunque en el programa El Meridiano de Canal Sur se había mostrado antes muy crítico con la actitud de los controladores.
Pocos dudan de su capacidad negociadora. En sus tiempos de secretario de Estado de Empleo y, después de ministro de Trabajo, trabó muy buenas relaciones con UGT y Comisiones; en especial, con el líder de este último sindicato, José María Fidalgo, de quien llegó a hacerse amigo. Las reuniones oficiales proseguían hasta bien entrada la madrugada en el pisito de COU, y de allí salieron el acuerdo de mejora de las pensiones mínimos, el plan de empleo y otros tantos consensos que rompieron el axioma de que un partido de derechas nunca podría entenderse con los sindicatos de clases.
Más bien sus problemas vinieron de otra parte. Quienes mejor lo conocen lo definen como un liberal en el sentido amplio de la palabra, progresista sin ser de izquierdas y poco dado a las banderías. El férreo control que Aznar ejercía en sus gobiernos; la actitud crítica que tuvo con el entonces alcalde popular de El Ejido, Juan Enciso, a raíz de los disturbios con los inmigrantes magrebíes, y las divergencias sobre la Ley de Extranjería fueron gotas que se acumularon en un vaso que terminó por rebosar con el caso de Juan Aycart, su director general de Inmigraciones, cuya mujer recibió millonarias ayudas para cursos de formación. Pimentel lo cesó de inmediato, pero la destitución sentó muy mal en el Gobierno por la asunción expresa de la culpa. A ello hay que añadir que ya, siendo secretario de Estado, pensó en dejar la política. La sorpresa fue el modo: Aznar fue casi el último en enterarse, le dimitió por fax un sábado por la tarde, y se marchó del Ministerio en taxi. En la calle Génova, donde en esos días de febrero del año 2000 se trabajaba en la precampaña para lograr la mayoría absoluta, aquella dimisión cayó como una bomba. Pimentel se labró entonces una fama de coherencia, que se acrecentaría con su salida del PP a raíz de la guerra de Iraq, que, sin embargo, resulta imperdonable en el mundo de la política y de las instituciones.
Y es que, posiblemente, Pimentel sea un verso suelto en la política. Cuando en su primera etapa del PP, que arrancó en 1990 como parlamentario andaluz, se convirtió en secretario general de los populares andaluces, le sacó a Javier Arenas el compromiso de dejar el cargo si las elecciones funcionaban bien. Como así ocurrió. Todos sus amigos coinciden en que es una persona interesada en la política, pero sin una vocación de hierro. Su inquietud más bien está en el no menos complicado mundo de la empresa y, como algunos han apuntado, en sus numerosos hermanos (con él, once), para los que ha sido una suerte de protector. Él es el mayor. Su padre fue secretario del Ayuntamiento de Sevilla, una posición buena, pero escasa para tamaña prole.
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