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Diario de la pandemia. Día 12

Lo que leerán las futuras generaciones

Un sanitario toma muestras para un test rápido de coronavirus en Granada Un sanitario toma muestras para un test rápido de coronavirus en Granada

Un sanitario toma muestras para un test rápido de coronavirus en Granada / Antonio L. Juárez

Nunca se sabrá del todo la pura y dura verdad sobre todo esto. No la sabremos nosotros, al menos. Sólo una porción infinitesimal de lo que está ocurriendo llegará a nuestros oídos. Y con un mínimo de veracidad la cantidad será todavía menor. Por mucho que reclamemos y exijamos, con todo el derecho del mundo que nos asiste y nos corresponde, que nos cuenten todo, absolutamente todo, sobre esta pandemia, me temo que será con el tiempo cuando las indagaciones posteriores, la historia al fin y al cabo, propicien un relato algo más fidedigno a las generaciones que están por venir sobre lo que le pasó a la nuestra en los albores de 2020, cuántas personas murieron, a cuántas se les quebró la salud para siempre, cuántos hijos perdieron a sus padres sin poder ofrecerles el bálsamo de su cercanía, cuántas vieron cómo su vida sufría un vuelco del que no pudieron reponerse.

Eso leerán nuestros descendientes en las crónicas del año del coronavirus, cuando éstas jornadas ya hayan sido bien documentadas y estudiadas. Mientras tanto, hoy, encerrados en nuestras casas, asistimos a través de la televisión, de la radio y de internet a la intrahistoria de esta crisis mundial narrada en tiempo real y tan vertiginosamente que nos empuja a pasar del sobresalto a la conmoción y de la perplejidad a la indignación, como con esa noticia que nos ha informado de la compra de test rápidos a la buena de Dios. ¿Dónde ha sido, en un Todo A Cien? ¿Es que ni siquiera en medio de esta pandemia nos vamos a desembarazar de esa forma de proceder ruin, cutre? ¿Nos enteraremos de una vez por todas de que a veces –y esta es una de ellas– se dan circunstancias en que lo barato termina siendo fatalmente caro? Ahora nos acordamos de todo ese dineral público que ha sido gastado a lo largo de tantos años en fruslerías, cuando no se lo han comido unos cuantos o se han destinado a subvenciones y ayudas a memeces presentadas por vendemotos con labia y mano en la Administración, proyectos vacuos, ideas megalómanas y planes caprichosos, mientras se escatimaba hasta el último céntimo en necesidades más apremiantes que iban surgiendo en un hospital, un centro de salud, un colegio, una residencia de ancianos, una casa de acogida, un comedor social, un albergue para sin techo. Nos acostumbramos cínicamente a la palabra recortes, tantas veces repetida, y terminamos tomándonosla como la cantinela pesada de unos demagogos quejicas. Y sin embargo, ¿acaso no estamos comprobando ahora lo desguarnecido que ha ido quedando el sistema, sus carencias, como se ha ido debilitando y hace frente ahora a la pandemia gracias a unos profesionales que hacen todo lo que pueden y más?

Hay que esperar, y desear, que las futuras crónicas del coronavirus cuenten eso a los que las lean.

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