El regreso
Los ecuatorianos vuelven a su país, Andalucía no da oportunidades. Milton Viracocha y su familia retornan desde Lepe a la casilla de salida doce años después
Cada domingo, en una explanada de Lepe que hace frontera entre las últimas promociones de la burbuja y los campos de plástico de las fresas, un jolgorio arrancaba a la hora de la comida y terminaba bien entrada la noche. Olor a panceta asada, trasiego de cerveza, papas fritas, niños correteando y mayores jugando al ecuavoley, una variedad del voleibol que es el deporte nacional de Ecuador. Esa explanada era territorio patrio durante la única jornada libre de la semana. Gran parte de la colonia ecuatoriana que hace más de una década se instaló en Lepe y que llegó a contar hasta con 700 paisanos se congregaba allí. El resto de la semana, al acabar la jornada laboral, se reunían en la plaza de la Fuentevieja y charlaban de cómo iban las cosas, de las casas que se estaban comprando, de las condiciones de las hipotecas conseguidas, del coche adquirido a crédito.
"Estábamos en España y queríamos vivir como los españoles", explica Milton Viracocha, de 32 años, que luce en su muñeca la pulsera de una virgen de Lepe y otra pulsera, la de los siete metales, que simboliza la batalla entre la suerte y la desgracia, el particular yin yan de la mitad del mundo, ese sitio de Ecuador en el que colocas un huevo y no se vence hacia ningún lado. Todo cambió. "Todo ha cambiado", refrenda Marcos, el hermano de Milton, que trabaja la naranja para sacar adelante a su bebé de seis meses.
De la colonia de 700 ecuatorianos, quedan 400; hace tres semanas que la policía prohibió la concentración de ecuatorianos en la explanada; en la plaza de Fuentevieja no hay ningún ecuatoriano y los que dejan pasar allí el tiempo, a mediodía, sin trabajo, son rumanos y africanos. Ellos no viven en casas hipotecadas, sino en campamentos improvisados cerca del cementerio, en las afueras. Hacen la fresa y se marchan a otro lugar, otros jornales. Todo el dinero que consiguen viaja de regreso a su lugar de origen.
"Casi todo el trabajo es para ellos, ya queda poco para nosotros, que pagamos impuestos aquí", se lamenta Milton, que suscribe un discurso ambiguo de los-que-vienen-de-fuera-nos-quitan-el-trabajo. Es uno de los 40 ecuatorianos de Lepe que se han apuntado al Plan Tierras que ha puesto en marcha el gobierno del presidente Rafael Correa. Correa les llama, quiere que vuelvan, les entrega cinco hectáreas en la provincia de Manabi, bañada por el Pacífico, para que cultiven maíz.
El Focus de Milton ardió en la calle justo el día anterior de que pagara la última cuota. El coche calcinado se convirtió en un mensaje cifrado. Milton, con su mujer Marcela, con su hermana Yarera, con sus dos hijos de 9 y 3 años, los dos nacidos en España, se marcha. Regresa. "Siempre pensé que nos quedaríamos aquí para siempre. Me gusta España y los españoles. Pero están pasando cosas que no me gustan".
Milton vino a España con 18 años, un año después de que llegara su padre, carpintero, un artesano especializado que trabaja para grandes firmas del mercado del lujo. Eso es lo que él también sabe hacer, trabajar la madera. Pero llegó a Lepe, a la fresa, cuando los propietarios de fincas no encontraban mano de obra nacional para hacer la cosecha. Los ecuatorianos les vinieron de perlas. Antonio es uno de esos propietarios que, como tantos, allanó hace treinta años los barrancos de arcilla que rodean Lepe y que hoy son, erosionados por la lluvia y las excavadoras, cañones del Colorado en miniatura. En esos terrenos clavó los plásticos. Este año Antonio vuelve a probar con los arándanos, una nueva moda, ante la saturación del mercado de la fresa. El año pasado no le fue mal: entrego 30 toneladas a la cooperativa y hubo mercado. ¿Este año? "Este año ya se verá". Paseamos entre las hileras de mirtilos, hasta hace poco una planta silvestre pero que ahora en las tiendas gourmets se cotiza incluso a ocho euros el kilo. ¿Quién los recogerá? Antonio no sabe. Todos los días recibe visitas de demandantes de empleo como Milton "y yo les digo que llamaré a los que pueda, pero fíjate, que tengo a seis de la familia trabajando conmigo y, claro, a los primeros que tendré que meter será a los míos". Los privilegiados que sean aceptados podrán sacarse entre 40 y 60 euros al día. Marcos, que trabaja en los naranjales, se está sacando 50 céntimos por la caja de naranjas y un euro por la caja de mandarinas. Muchas cajas para hacer un buen jornal. "El problema es que ahora sólo se trabaja cuatro días a la semana. Hay que trabajar seis días para salir adelante".
Es casi seguro que Milton estará en el arándano y, posiblemente, sea una de sus últimas campañas en Lepe. Su previsión es marcharse en junio, "aunque todavía tiene que ver cuál va a ser nuestra vivienda allí, cómo será el viaje en avión. Me gustaría irme con algo de dinero, pero es muy difícil". Es muy difícil porque hace un par de meses se le acabó la prestación de desempleo después de haber estado trabajando años en una empresa de mantenimiento. Fue despedido mientras pasaba sus vacaciones en Madrid. Ahora la familia vive con el sueldo que ganan Marcela y Yarira como cocineras de una pizzería que se encuentra frente a un centro comercial.
Las cosas ya no son tan sencillas como al principio, como cuando Milton y Marcela se presentaron en la oficina del banco y salieron con una hipoteca de 180.000 euros sobre un pisito con una cuota de 975 euros al mes durante 35 años. "Nos hicimos los valientes. Nos creíamos que podíamos pagarlo". No pudieron. Volvieron al mismo banco unos años después, con todas las cuotas al día y con las llaves de la casa. "Las cosas no son así", les dijeron. "No podremos pagarlo", dijeron ellos. Negociaron. Consiguieron deshacerse del lastre, otros compatriotas no han podido. Su padre, explica Milton, nunca quiso comprar casas en España, "le parecía un sistema extraño. Prefirió comprar en Ecuador para cuando se jubilara. Adquirió un piso más grande que el que yo compré aquí en Quito por 50.000 euros a pagar en siete años. Nada de euríbor".
En el salón de su casa de alquiler, con dos grandes sofás y pocos muebles, con Doraemon en la televisión, Milton hace una proyección: "No quiero sembrar siempre maíz, quisiera tener un negocio, no sé, se me ocurren muchas cosas. Marcela cocina muy bien, quizá un restaurante en Quito, quizá llevar marisco como transportista... pero bueno, de momento volver. No traje a mi mujer de tierras lejanas para limpiar escaleras".
Recuerda Milton el día en que fue con Marcela a Sevilla a escuchar a Rafael Correa, que había venido a España con motivo de la Cumbre Iberoamericana de Cádiz. A ese escenario acudieron miles de ecuatorianos de toda España. Correa les invitó a regresar, Correa les dijo que Ecuador, la mitad del mundo, era ahora un país más justo. Luego, en Cádiz, Correa dijo que España era un país extraño de casas sin gente y gente sin casas, como piensa el padre de Milton. Milton acaricia su pulsera de siete metales y mira la calle: "No creo mucho en la política..." Recita nombres de presidentes ecuatorianos buenos, malos y regulares. Da igual. Su aspiración es modesta: trabajar y domingos de ecuavoley en una explanada.
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