La vida sigue (casi) igual
Los datos del 9-M arrojaron un escenario político singular, que consolidan el bipartidismo sin alternancia en Andalucía.
JOSÉ AGUILAR Director de Opinión
del Grupo Joly
Zapatero ganó con claridad las elecciones generales y Chaves salvó su mayoría en Andalucía. Para Zapatero era sólo la reválida después de cuatro años de gobierno, lo mismo que duraba el antiguo bachillerato elemental. Chaves, en cambio, se examinaba por sexta vez. Aprobó por los pelos, pero aprobó. Se aseguró veintidós años al frente de la Junta (treinta de socialismo, si se cuentan las etapas de Escuredo y Borbolla).
La vida política sigue, pues, igual en nuestra tierra. O casi. El "casi" viene exigido por los cambios registrados en las urnas del 9 de marzo, que si bien no alteran lo sustancial de la larguísima hegemonía del PSOE sí apuntan en la dirección de una alteración de la correlación de fuerzas en liza. Lo cual no quiere decir que un ciclo termine y otro empiece. Sólo que existe una posibilidad seria de que eso se produzca. Durante muchos años la posibilidad no existió más que en los sueños de quienes la acariciaron.
No es un terremoto, sino un movimiento telúrico que puede desembocar en seísmo, o no. Pongámosle cifras: el Partido Socialista logró más del 48 por ciento de los votos, no demasiados menos que en 2004, pero con la caída suficiente para perder los escaños obtenidos entonces con los últimos restos de la Ley D´Hont. Pasó, en efecto, de 61 escaños a 56. Lo justo para garantizarse la mayoría absoluta –el Parlamento tiene 109 diputados– y ni un solo escaño más.
El otro dato clave de las elecciones autonómicas, que complementa el panorama de cambio insinuado, lo aporta el Partido Popular, el eterno perdedor de la autonomía andaluza, signada por la irracional oposición del centroderecha en su momento fundacional del 28-F.
Aunque el Partido Popular ni siquiera existía entonces con esas siglas, ha cargado con la herencia de lo que hizo UCD (denegar la autonomía plena para Andalucía) y de lo que no pudo hacer Alianza Popular, irrelevante en el tiempo liminar del autogobierno. Perdió cada vez que trató de asaltar la fortaleza socialista, incluso cuando la disputa la lideró su dirigente más válido, Javier Arenas. Dos veces fracasó Arenas personalmente (1994 y 1996). También perdió estas elecciones de 2008, su tercera intentona, ciertamente, pero este fracaso tuvo extrañamente un sabor de victoria, mientras que al PSOE le ocurrió lo contrario: su triunfo le trajo la amargura de un augurio de derrota.
Fue un triunfo relativo, en efecto, lograr el respaldo de un millón y tres cuartos de electores andaluces y pasar de los 37 escaños obtenidos en 2004 a los 47 de marzo de 2008. La desgracia del PP es que incluso en la hipótesis de que en las próximas elecciones el avance popular produjera el trasvase de cinco parlamentarios entre uno y otro partido (52 el PP y 51 el PSOE), todavía habría de originarse un trasvase paralelo, entre los minoritarios IU y PA, para que Arenas pudiese gobernar. Mientras el apoyo de Izquierda Unida a un Chaves en dificultades puede considerarse más que probable, el del PA a Arenas necesitaría un paso previo que de momento parece difícil: que los andalucistas vuelvan a disponer de grupo parlamentario.
Porque los datos del 9-M también arrojaron un escenario político singular: el camino de Andalucía hacia el bipartidismo se consagró, pero de manera imperfecta. Es un bipartidismo sin alternancia y la agonía de los partidos minoritarios solamente alcanzó al Partido Andalucista, mientras que Izquierda Unida resistió, contra pronóstico, los embates de su propia crisis y mantuvo íntegramente su renta de escaños (seis) en la Cámara autonómica. Lejos de sus momentos de gloria, con Anguita y Rejón, pero también lejos de su pregonada extinción.
Las diferencias entre una situación y otra tienen que ver con las respectivas historia, organización e implantación. El PA pagó caro en las urnas su indefinición ideológica, escasa penetración en la sociedad andaluza, heterogénea presencia territorial y ausencia de liderazgo indiscutible (con las consiguientes crisis inacabables). Sobre todo, pagó el despilfarro político de ocho años de gobiernos de coalición con los socialistas (entre 1996 y 2004) sin conseguir una gestión visible para los andaluces, condenado al abrazo del oso, mortal para un pequeño partido, aunque fructífero para sus dirigentes del momento. El intento apresurado de borrar el pasado de desunión montando a toda prisa una lista nacionalista presuntamente reunificada (con el Partido Andalucista del novel Julián Álvarez y los restos del Partido Socialista de Andalucía de Pedro Pacheco) abierta a grupos minúsculos, y extravagantes en algún caso, se saldó con el fiasco previsible. Cero parlamentarios y un futuro absolutamente incierto.
Por el contrario, Izquierda Unida, instalada igualmente en una crisis con visos de permanente, fue capaz de aglutinar a los sectores progresistas descontentos con la tibieza socialdemócrata y las inercias de un PSOE convertido en un aparato de poder con más intereses que ideas. Diego Valderas, su coordinador, asediado desde fuera y desde dentro, apenas perdió votos y porcentaje con respecto a 2004 y logró conservar los seis escaños, incluso recuperó el suyo propio, en Huelva. La penetración social del antiguo Partido Comunista y la gestión de sus alcaldes se impuso parcialmente a las dificultades de una organización languideciente por consunción ideológica y falta de renovación.
Así quedó Andalucía tras las elecciones: un PSOE en suave declive ha tenido que aplazar una vez más el debate sobre la sucesión de Manuel Chaves, que llevará veintidós años al frente de la Junta en 2012 y seguramente aspirará entonces a llegar a los dieciséis. Enfrente se encuentra con una oposición de centro-derecha que progresa, aunque insuficientemente, una izquierda a su izquierda que como mucho permanece estancada o alberga la esperanza de crecer algo por la crisis económica y un nacionalismo que, fuera del Parlamento y de casi todos los ayuntamientos importantes, corre serio riesgo de desaparecer. Casi todo sigue igual.
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