La Algaba, Vélez-Blanco, El Rompido | Crítica

Soledad Sevilla: del cuerpo y del lugar

  • La artista valenciana, pionera española de la instalación y el arte público, invita en una exposición en el CAAC a reflexionar sobre cómo nos enfrentamos a las huellas del pasado

'La grieta', una de las obras de Soledad Sevilla que se puede contemplar estos días en el CAAC. 'La grieta', una de las obras de Soledad Sevilla que se puede contemplar estos días en el CAAC.

'La grieta', una de las obras de Soledad Sevilla que se puede contemplar estos días en el CAAC. / D. S.

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"¿Acaso sabes qué aspecto tiene una habitación vacía?". La pregunta del pintor británico David Hockney sólo tiene una respuesta posible: no. Si la viéramos, esa habitación ya no estaría vacía. Tenemos en tan alto aprecio a la visión que olvidamos qué papel tienen en nuestra vida la memoria, la imaginación, la inteligencia (que sí permiten pensar tal habitación) y sobre todo el cuerpo, que ha acumulado la experiencia necesaria para diseñar lo ausente. A este discreto y eficaz compañero, el cuerpo, se dirigen las obras de Soledad Sevilla (Valencia, 1944) expuestas en la Cartuja. La instalación busca justamente despertar la potencia dormida u olvidada del cuerpo.

Un cuadro cobra vida, es decir, es un cuadro y no un mueble, cuando alguien lo mira. Un espacio se convierte en lugar cuando un cuerpo lo pasea, se demora en él, lo hace suyo. Así pudo ocurrir en la almadraba de El Rompido cuando la autora tropezó con el muro cruzado de suelo a techo por una grieta que dejaba ver al otro lado las hierbas y arbustos que ya invadían el interior del recinto. Hoy nos devuelve La grieta en la capilla de Colón del Monasterio de la Cartuja: al fondo, su silueta en bronce, y enfrente, su perfil en luz, esbozo de la que rasgaba la pared de la almadraba, iluminando levemente su interior.

La mirada puede seguir las líneas de la grieta, como si de un cuadro abstracto se tratara, pero perdería lo mejor: hay que frenar la urgencia de la visita, dejarse tocar por la humedad que sube por las paredes, permitir que el entorno nos envuelva. El cuerpo acumula conexiones que hacen sentir, punzan, promueven gestos y despiertan la emoción. La instalación quiere recuperar esos circuitos corporales extraviados bajo el siempre igual de la rutina. Quizá en este caso despierten y apunten a la caducidad, a la ruina, y a la vez al vigor de la naturaleza que sin cesar regresa, afirmándose, sobre las iniciativas humanas.

'Toda la Torre' (1990), dedicada a la Torre de los Guzmanes de La Algaba (Sevilla). 'Toda la Torre' (1990), dedicada a la Torre de los Guzmanes de La Algaba (Sevilla).

'Toda la Torre' (1990), dedicada a la Torre de los Guzmanes de La Algaba (Sevilla). / D. S.

Esta experiencia de caducidad vibra también en la segunda instalación, ya en la nave del templo cartujo, aunque en ella sólo queda la memoria, con un adarme de indignación. Memoria de Pedro Fajardo, adelantado de la zona, que ideó su castillo como palacio y lo dotó de un patio italiano con las hazañas de un mito humanista, Hércules, santo laico por excelencia. La indignación brota de aquel duque de Medina Sidonia que, obligado a liquidar las deudas que heredó de su padre, vendió, entre otras cosas, cuanto contenía el castillo-palacio de Vélez-Blanco a un anticuario francés y el patio terminó enalteciendo el Metropolitan Museum, Nueva York. Allí lo vio Soledad Sevilla y calibró su ausencia en las devastadas paredes del castillo. Decidió recuperar en sombra su pasado esplendor. En sombra porque había que esperar al crepúsculo, en aquellos días de mayo de 1992, para que, al crecer la oscuridad, aparecieran poco a poco, proyectadas, las galas perdidas. En la Cartuja, hoy, se entrecruzan dos memorias, las del esplendor y expolio del castillo, y las de aquellos atardeceres del 92. El espacio reducido y las breves proyecciones suprimen la eficacia de la obra.

La tercera instalación, más que despertar la memoria, reivindica una presencia, casi siempre ignorada: la de la luz. Vivimos en y gracias a ella, sin ser conscientes de sus favores. Soledad Sevilla la hizo ver en la Torre de los Guzmanes, La Algaba. Es la torre (carente aún de la recuperación que merece) un castillo en compendio: iglesia (planta primera), sala del homenaje con balcón al exterior (planta segunda) y cuerpo de guardia (terraza superior con breves soportales). La autora convirtió la primera planta en reclamo de la noche: los hilos de algodón que la cruzaban mostraban la luz negra, ultravioleta. En la sala del homenaje, la luz cambiante del día se enredaba en el doble plano de hilos, como hoy en la antigua sacristía del Monasterio de la Cartuja.

'Castillo de Vélez-Blanco', la tercera instalación de Soledad Sevilla que ofrece esta exposición 'Castillo de Vélez-Blanco', la tercera instalación de Soledad Sevilla que ofrece esta exposición

'Castillo de Vélez-Blanco', la tercera instalación de Soledad Sevilla que ofrece esta exposición / D. S.

Vivimos rodeados de pantallas (móviles, computadoras, televisores), ventanas al mundo, dicen, pero la ventana muestra y a la vez aísla (¿recuerdan La Cartuja de Parma?). También nos cercan las grandes obras de arte público. Signos de poder (económico, político) apenas disimulados por su utilidad, son fabricas del anonimato, productoras de lugares que perdieron esa condición.

Las instalaciones no son escenografías, nuevas ventanas, ni tampoco añoranza del lugar perdido. Sólo propician el aprendizaje para encontrar un lugar que podamos llamar nuestro y disfrutarlo. No ofrecen un manual de instrucciones ni proporcionan recetas. Se limitan a liberar los recursos acumulados por el cuerpo, por el sistema nervioso, y que son capaces de afinar la sensibilidad, despertar la fantasía, estimular la inteligencia. Eso lograba una de las primeras instalaciones de Soledad Sevilla, El poder de la tarde (1984): unas ramas en el techo de la galería y la cuidada grabación de canto de los pájaros de la plaza de San Lorenzo, en Sevilla, bastaban para recuperar sensaciones olvidadas.

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