Tiempo después | Crítica No termina de amanecer

Convertida con el paso de los años en película de culto, objeto de veneración y peregrinaje de los fieles siervos de la ‘Iglesia Amanecista’, Amanece que no es poco (1989) permanece como rara avis del cine español en su delirante cruce de tradiciones ibéricas que van de la astracanada al surrealismo, del esperpento y el sainete al humor absurdo, pasando por un elaborado relleno de referencias cultas y eruditas para amantes y conocedores de la Historia de la Literatura, la Filosofía o la Teología.

El fenómeno y el desmedido prestigio visionario de Cuerda, convertido hoy también en una especie de oráculo y observador satírico y desencantado de la realidad (mediática), han seguido alimentándose y creciendo gracias a las adhesiones y halagos de conocidos humoristas, algunos de los cuales (Valls y Buenafuente) están detrás de este regreso algo forzado a un mismo espíritu amanecista que tiene más de autohomenaje indulgente para fans incondicionales que de comedia loca capaz de tomarle el pulso con sorna a los nuevos tiempos, ya saben, a la crisis del capitalismo, la pertinencia de la lucha de clases, la posverdad o los rescoldos de aquella España carpetovetónica de sotanas y tricornios, bajo unas formas actualizadas para nuevas audiencias.

Se entiende así la convivencia de viejos rostros (especialmente el de Miguel Rellán, lo mejor de la función) con los de la comedia post-humorística y chanante (Reyes, Cimas, Areces, Berto y compañía), en un vano intento por conciliar a dos generaciones o dos modelos cómicos, posiblemente uno heredero del otro, que luchan a duras penas para dar cuerpo (y gracia, ¡ay!) al texto de Cuerda, que se muestra aquí más literario, discursivo y preso de lo escrito de lo que sería recomendable.

Lastrada así por su concepción verbosa, episódica y escenográfica, concebida a modo de sucesión de viñetas surreales en un futuro distópico con sabor a ajo y limón, Tiempo después no levanta apenas el vuelo de la página y se juega su apuesta a la empatía con el lenguaje arcano, florido y castizo made in Cuerda en boca de un elenco coral demasiado maniatado, a falta de mayores argumentos rítmicos, histriónicos o visuales (estamos, por desgracia, muy lejos de un Roy Andersson) que la liberen hacia ese caos pesimista que sirva de conductor natural para el vitriolo que supuestamente sirve.