Viernes santo

El día de la conversión

  • El Viernes Santo es un oasis de medida dentro de una fiesta con claros síntomas de decadencia. El público vuelve a ser el de siempre: el que busca la belleza de una jornada no apta para el consumo de masas.

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Como un oasis para el caminante del desierto. Como una ensoñación que hasta puede que sea real. Con la mirada arañada por la arena de una Semana Santa en la que el sol ha dejado al descubierto sus miserias, el Viernes Santo se vislumbra como un refrescante cobijo ante el mal gusto y la pérdida de medida que sufre la fiesta. Quizás, también, por el aire romántico -valga el tópico- que rodea a una jornada que este año casi se enlaza con la Madrugada. La noche más bella del año -título cada vez más en entredicho- no sólo eclipsa al Jueves Santo, sino que ya casi se solapa con la tarde en la que Dios muere en paralelo con la Torre Pelli, por mucho que los detractores de este rascacielos intenten esquivarlo en sus fotos.

Las dos Esperanzas se encerraron tres cuartos de hora antes de que la cruz de guía del Cachorro se pusiera en la calle. Aún había público abandonando la calle Pureza cuando muchas personas ya tomaban Castilla en busca de la primera cofradía trianera del viernes. Incluso, eran muchos los que iban de una punta a otra del viejo arrabal enlanzando ambos momentos. Una cercanía horaria que convierte en realidad aquellos versos cernudianos que recrea el tiempo sin tiempo del niño. Y es cierto que en la ciudad los relojes pierden su función desde la misma tarde del Jueves Santo. Cuando han transcurrido 24 horas pocos sevillanos sabrían decir si ha pasado un día o una eternidad desde que vio salir al Señor de Pasión y la Virgen del Rosario regresaba por la Plaza del Pan en esos últimos, sublimes y selectos instantes del jueves.

Pero sí, ha pasado un día. Los contrastes son evidentes. No hay prisa. Ni siquiera parecen importar los retrasos en la Campana que hace pocos días llenaban minutos de radio. El público también ha cambiado. Bastante. Tras una Madrugada abonada al niñateo y al cubata al aire libre, la tarde trae unos espectadores conscientes de la belleza de una jornada no apta para el consumo de masas. Lejos de repetitivos izquierdos por delante y solos de corneta sin fin, el viernes está pensado para esos paladares que van buscando una hermosura cada vez más difícil de encontrar en esta celebración. Si desde el Domingo de Ramos hay que buscar con lupa esos instantes por los que vale la pena echarse a la calle, podría decirse que la penúltima jornada justifica por completo la fiesta. La Semana Santa se reconcilia con la ciudad.

El Cachorro

No es fácil que se den todos los condicionantes. Tras varios Viernes Santos castigados por la lluvia, el del año pasado se caracterizó por un mayor público que el habitual, especialmente en las primeras horas de la tarde. La crisis había dejado a muchos sevillanos sin playa. La A-49 quedaba huérfana de coches. Pero este año ha sido distinto. La Semana Santa también constituye un certero termómetro de la situación económica. No resultaba fácil el viernes sacar dinero de un cajero. Más de uno lo tuvo complicado. Hubo que tirar de tarjeta en los bares. Consecuencias de que la celebración haya coincidido con el comienzo de abril, lo que ha permitido una mayor holgura en los bolsillos, diezmados en años de carestía. La A-49 también registra un mayor movimiento de vehículos. Tiene desde el jueves su especial tramo de sevillanos para los que ver cofradías más de cuatro días supone una ardua penitencia. El sofocante y repentino calor también ha contribuido a la estampida.

La Hermandad de La O

Los brotes verdes llegan a este Viernes Santo. Lo hacen con una temperatura agradable y con un público comedido. Con unas estampas que cualquiera diría pintadas por García Ramos. Con un sosiego que permiten degustar el paso de cofradías que, excepto el Cachorro, apenas tardan más de media hora en discurrir. Con el deleite de la túnica de raso de los nazarenos de la O, a los que el cielo parece copiar el colorido cuando la tarde se desvencija en amarillos, azules y malvas. Una tarde que se hace noche en San Juan de la Palma mientras pasa la Sagrada Mortaja. Principio y fin. La cofradía que dejó de transitar por las setas lo hace ahora por delante de un templo que a todos los presentes les trae a la mente la dramática verdad barroca. Tempus fugit. El blanco silencio del domingo se ha tornado en sudarios de un Dios que duerme el sueño de tres días. El momento, con la redondez perfecta de la luna, pertenece a otro tiempo. A años de campanas enmudecidas y ruido de matracas. Del respeto a la muerte que contrasta con una época en la que Halloween no sólo se impone en la madrugada de Todos los Santos, sino que, a juzgar por las vestimentas, parece mantenerse todo el año. De cuando el luto cotizaba a lo alto. De cuando el Viernes Santo se veían muchas mantillas en señal de duelo y las vestimentas no parecían sacadas de un domingo de comunión.

La entrada de La Carretería

El viernes es la conversión definitiva de la Semana Santa. El paraíso que se atisba en Molviedro con Montserrat, en los rayos de luz que se clavan en la caoba adormecida del barco carretero o en la sinfonía persa de la Virgen de Loreto. Un oasis al que sólo le sobran horas de cansancio. Reliquia del tiempo.

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