Montañés, maestro de maestros | Exposición Una mirada renovada a Montañés

  • El Bellas Artes reivindica a Juan Martínez Montañés como un creador esencial en la transición del Renacimiento al Barroco. Podrá verse en Sevilla hasta el 15 de marzo

Sala central dedicada a la iconografía penitencial y de San Jerónimo. Sala central dedicada a la iconografía penitencial y de San Jerónimo.

Sala central dedicada a la iconografía penitencial y de San Jerónimo. / Juan Carlos Muñoz

Desde que logró la fama en Sevilla, la ciudad donde murió durante la epidemia de peste de 1649, Juan Martínez Montañés recibió importantes encargos que asumió de manera personal aunque en algunos casos, sobre todo en los grandes conjuntos retablísticos como San Isidoro del Campo, colaboró con autores de la talla de Juan de Mesa y Francisco de Ocampo. De dicho monasterio sevillano procede el San Juan Bautista que da la bienvenida a la muestra Montañés, maestro de maestros, que el Bellas Artes ofrece hasta el 15 de marzo de 2020 para renovar la imagen de este artista esencial en el paso del Renacimiento al Barroco. 48 esculturas y 10 pinturas quieren dar cuenta "de la novedad de sus modelos iconográficos, de lo sublime de sus imágenes devocionales y de la ambición de los grandes encargos que aceptó", según la directora de la pinacoteca, Valme Muñoz.

El 'Niño Jesús' del Sagrario, el único documentado del artista. El 'Niño Jesús' del Sagrario, el único documentado del artista.

El 'Niño Jesús' del Sagrario, el único documentado del artista. / Juan Carlos Muñoz

La muestra, una producción propia del Bellas Artes, selecciona lo más significativo de la producción de Montañés (Alcalá la Real, 1568 - Sevilla, 1649) y lo agrupa en tres secciones, la primera de las cuales concentra obras de sus conjuntos más notables, como el retablo del convento de San Leandro o el ya citado de San Jerónimo. Del monasterio de Santiponce sorprende la delicadeza del túmulo funerario que Montañés realizó para albergar los restos de sus fundadores: Don Alonso Pérez de Guzmán, creador de la Casa de Medina Sidonia, y su esposa María Alonso Coronel.

"Montañés es un autor consolidado cuando realiza el ciclo de San Jerónimo", confirma Ignacio Cano, conservador del museo, que destaca asimismo las restauraciones llevadas a cabo por el equipo del Bellas Artes. "Si queríamos renovar la percepción de la escultura de Montañés era básico que las obras estuvieran en perfecto estado de conservación, para lo cual se ha intervenido más de una veintena de ellas", continúa.

Túmulo funerario de Don Alonso Pérez de Guzmán procedente de San Isidoro. Túmulo funerario de Don Alonso Pérez de Guzmán procedente de San Isidoro.

Túmulo funerario de Don Alonso Pérez de Guzmán procedente de San Isidoro. / Juan Carlos Muñoz

Este proyecto ha permitido a los especialistas analizar también la compleja relación de Montañés con la policromía y con pintores tan relevantes como Francisco Pacheco o Baltasar Quintero, cuya autoría está presente en el Bautizo de Cristo del convento de San Leandro. Una cabeza degollada de San Juan Bautista, firmada por Gaspar Núñez Delgado, permite apreciar el modelo iconográfico que luego asumirán Montañés -con mayor serenidad y contención que su predecesor- y Juan de Mesa.

La mayoría de los préstamos de la muestra, que el presidente andaluz Juanma Moreno definió ayer en la inauguración oficial como "una de las más importantes que pueden verse este año en España", proceden de iglesias y conventos de la diócesis de Sevilla y de museos y conjuntos religiosos andaluces, con alguna excepción como el San Juan Evangelista de Montañés que cede el Museo nacional de Escultura de Valladolid.

La segunda sección de Maestro de maestros reúne destacados ejemplos de su producción imaginera. Esa excelencia la ofrece ya la primera obra documentada de Montañés, el San Cristóbal que creó entre 1597-98 por encargo del gremio de los guanteros de Sevilla y que, propiedad del Arzobispado, custodia la iglesia del Salvador. Ignacio Cano encuentra en su monumentalidad escultórica y fortaleza anatómica ecos del Hércules Farnesio, lo que pone de relieve la permeabilidad del entorno de la Catedral al arte clásico y a las corrientes castellanas en el tránsito al siglo XVII, estéticas que Montañés absorbe tras radicarse en Sevilla procedente de Granada, donde su familia se había instalado en 1580. Allí se formó con Pablo de Rojas tras haber iniciado su carrera como dorador en el taller de su padre en Alcalá la Real. Años después, en 1606, sería Juan de Mesa quien entraría como aprendiz en el taller de Montañés para abandonarlo, ya como oficial, en 1615.

La monumentalidad escultórica del 'San Cristóbal' de Montañés. La monumentalidad escultórica del 'San Cristóbal' de Montañés.

La monumentalidad escultórica del 'San Cristóbal' de Montañés.

Fueron tres los grandes pintores que retrataron a Montañés: Francisco Pacheco, su yerno Diego Velázquez y Francisco Varela. De este último la muestra incluye la efigie del escultor depositada por el Ayuntamiento de Sevilla en la colección Focus-Abengoa.

Una de las secciones más potentes está dedicada a comparar distintas versiones que el escultor jiennense realizó de San Jerónimo. El de las monjas clarisas de Llerena ilustra cómo Montañés comienza a definir el modelo hacia 1604 teniendo como antecedente el potente San Jerónimo penitente de Torrigiano (hacia 1525). Su obra cumbre es el San Jerónimo penitente que ocupa la hornacina central del retablo mayor de San Isidoro y que aquí se muestra enfrentado con otras creaciones capitales suyas: Santo Domingo de Guzmán penitente, obra de madurez policromada por Pacheco que procede del convento sevillano de Porta Coeli, y San Bruno, realizado para la cartuja sevillana con una sobriedad que se conjuga con la personalidad del impulsor del eremitismo como camino a la santidad. Ambas obras pertenecen hoy al Museo de Bellas Artes sevillano. Otras dos tallas relevantes representan a San Pedro y San Pablo y ejemplifican la colosal empresa artística que la iglesia de San Miguel de Jerez encargó a los mejores pintores y escultores.

La sobiedad clásica de 'San Francisco de Borja'. La sobiedad clásica de 'San Francisco de Borja'.

La sobiedad clásica de 'San Francisco de Borja'. / Juan Carlos Muñoz

El tercer y último ámbito ocupa la sala de temporales de la pinacoteca y es tal vez donde la espléndida museografía provoca un mayor impacto. Está dedicado a las aportaciones a la iconografía barroca sevillana que realizó Montañés, como ocurre con sus representaciones de los fundadores jesuitas. Desde el Concilio de Trento se procuró que los rostros de los santos fueran pintados y esculpidos con fidelidad, recurriéndose para ello a la realización de mascarillas funerarias. Procedentes de la iglesia de la Anunciación de Sevilla, San Ignacio de Loyola (1610) y San Francisco de Borja (1624), ambas policromadas por Francisco Pacheco, constituyen espléndidas reflexiones en madera sobre la fugacidad del tiempo y la fragilidad de la vida. Se cree que Montañés tomó como modelo del fundador de la orden jesuita la máscara funeraria que conservaba Pacheco. Estas obras maestras se contextualizan con dos pinturas del museo sevillano: la grisalla de Herrera el Viejo dedicada a San Ignacio y el retrato de San Francisco de Borja por Alonso Cano.

La Inmaculada 'la Cieguecita' sobresale en la sala de temporales. La Inmaculada 'la Cieguecita' sobresale en la sala de temporales.

La Inmaculada 'la Cieguecita' sobresale en la sala de temporales. / Juan Carlos Muñoz

La siguiente sala sobre sus aportaciones iconográficas se dedica a la infancia, donde Montañés realizó una contribución esencial hacia 1603 al crear el Niño Jesús del Sagrario, prototipo que tendrá una difusión considerable. "Es el único Niño Jesús de Montañés documentado con certeza que ha llegado hasta nosotros", corrobora Ignacio Cano, que destaca también la reciente atribución al artista de San José con el Niño de la iglesia de la Magdalena.

De otra de sus iconografías más novedosas sobresale la belleza referencial de la Inmaculada Concepción la Cieguecita que presta la Catedral y donde Montañés fijó su prototipo visual dos siglos antes de que la iglesia declarara este dogma universal. La rodean otras Inmaculadas procedentes de Santa Clara, San Andrés, San Julián y, a partir del día 10 de diciembre, la que prestará la iglesia de la Consolación de El Pedroso. Esta sección se completa con el lienzo Inmaculada con Mateo Vázquez de Leca donde Francisco Pacheco fija también la representación de la iconografía concepcionista con la Virgen sobre una luna con las puntas invertidas.

'Cristo de la Clemencia' y 'Cristo de los Desamparados', dos hitos del escultor. 'Cristo de la Clemencia' y 'Cristo de los Desamparados', dos hitos del escultor.

'Cristo de la Clemencia' y 'Cristo de los Desamparados', dos hitos del escultor. / Juan Carlos Muñoz

El recorrido expositivo se cierra de forma sobrecogedora con una espléndida reunión de Crucificados que preside el Cristo de la Clemencia que custodia la Catedral. "Es un prodigio técnico, ahuecado por dentro para que no haya movimiento, un Cristo todavía vivo que mira a quien está debajo de él, transmite serenidad y sorprende por su intenso naturalismo gracias a la policromía mate y ligera de Pacheco", asevera Ignacio Cano. Esta obra maestra convive con el mucho más barroco y posterior Cristo de los Desamparados del convento del Santo Angel y con el Crucificado procedente de Santa Clara. Este último, pintado por Baltasar Quintero, recuerda el pleito que Pacheco interpuso a Martínez Montañés en 1621 por inmiscuirse en su oficio al poner una serie de condiciones sobre la policromía. Una vehemencia que hoy no sorprende en quien, trabajando principalmente con pino de Flandes y cedro americano, fue maestro de maestros y se ganó el sobrenombre del Dios de la madera. 

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